Mario E. Fumero
Cuando contemplamos el panorama mundial y observamos la realidad de muchas de nuestras iglesias, no puedo evitar sentir una profunda preocupación y tristeza. Vivimos tiempos difíciles, marcados por conflictos internacionales, incertidumbre económica, encarecimiento de los productos básicos y crecientes necesidades sociales. Sin embargo, pareciera que muchas congregaciones no han comprendido plenamente la gravedad de los desafíos que enfrentamos.
El mundo atraviesa una etapa de inestabilidad que podría agravarse y afectar especialmente a las familias más vulnerables. La posibilidad de nuevas crisis económicas y alimentarias debería llevarnos a reflexionar seriamente sobre nuestra manera de administrar los recursos.
La Biblia nos advierte acerca de tiempos difíciles, guerras, hambres y otras calamidades. Jesucristo declaró en Mateo 24:7 que habría conflictos entre naciones, hambres y terremotos en diferentes lugares. Asimismo, Apocalipsis 6:5-8 presenta imágenes proféticas relacionadas con la escasez, la muerte y el sufrimiento humano. Aunque debemos ser prudentes al interpretar estas profecías y no afirmar que conocemos exactamente cuándo se cumplirán, sus advertencias nos recuerdan la fragilidad de nuestra existencia y la necesidad de estar preparados.
Por eso considero que ha llegado el momento de que nuestras iglesias adopten una verdadera cultura de austeridad, responsabilidad y solidaridad cristiana. ¿ESTAMOS ADMINISTRANDO CORRECTAMENTE LOS RECURSOS DE LA IGLESIA? Cuando observo cómo algunas congregaciones invierten grandes cantidades de dinero en actividades, celebraciones, conciertos, decoraciones y eventos especiales como el de las navidades, que son de origen pagano, me pregunto si estamos estableciendo correctamente nuestras prioridades. La convivencia, la alabanza y las actividades congregacionales tienen su lugar dentro de la vida cristiana, pero debemos preguntarnos si es razonable destinar recursos excesivos a lo superficial mientras existen necesidades humanas urgentes que permanecen desatendidas. A nuestro alrededor hay jóvenes atrapados en las drogas que necesitan ingresar a un centro de rehabilitación, pero carecen de recursos económicos para recibir ayuda, hay familias que no tienen suficientes alimentos para llevar a su mesa y existen enfermos que enfrentan dificultades para comprar sus medicamentos. También encontramos ancianos abandonados, viudas desamparadas, huérfanos y personas que necesitan apoyo material y espiritual. Frente a esta realidad, debemos preguntarnos: ¿Es correcto gastar grandes cantidades de dinero en adornos navideños, espectáculos y celebraciones mientras nuestros hermanos y vecinos padecen necesidades fundamentales? ¿Podemos justificar gastos innecesarios cuando existen personas que no tienen qué comer? ¿Estamos utilizando las ofrendas para cumplir la misión de Jesucristo o para satisfacer nuestros deseos de grandeza y reconocimiento? Estas preguntas no buscan condenar las celebraciones, sino despertar nuestra conciencia acerca del verdadero propósito de la Iglesia.
¿CUÁL ES LA VERDADERA RELIGIÓN SEGÚN SANTIAGO 1:27? La Palabra de Dios establece claramente una de las responsabilidades fundamentales del cristianismo es «La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo» (Santiago 1:27). Este pasaje nos recuerda que la verdadera espiritualidad no consiste solamente en asistir a los cultos, cantar alabanzas o participar en actividades religiosas., sino que fe también debe manifestarse mediante acciones concretas de amor, misericordia y solidaridad. Una iglesia puede tener un hermoso templo, excelentes equipos de sonido y grandes celebraciones, pero si permanece indiferente ante el sufrimiento de los necesitados, debe examinar seriamente sus prioridades pues Jesucristo enseñó: «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis» (Mateo 25:35). El Señor no presentó el servicio al necesitado como una actividad secundaria, sino como una expresión fundamental del amor cristiano. No podemos afirmar que amamos a Dios mientras ignoramos el sufrimiento de quienes necesitan nuestra ayuda.
EL EJEMPLO DE LA IGLESIA PRIMITIVA ES EVIDENTE: Cuando estudiamos el libro de los Hechos, descubrimos que los primeros cristianos tenían una profunda conciencia de solidaridad. La Escritura declara: «Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno» (Hechos 2:44-45). Este relato no significa que todas las congregaciones deban organizarse económicamente de la misma manera, sino que nos muestra el espíritu de generosidad y desprendimiento que caracterizaba a la Iglesia primitiva. Los creyentes comprendían que sus bienes también podían convertirse en instrumentos para aliviar el sufrimiento de los demás Y NO DERROCHAR RECURSOS EN CELEBRACIONES VACIAS DE CONTENIDOS BIBLICOS COMO SON LAS NAVIDADES. Hoy necesitamos recuperar ese mismo espíritu en lugar de segui9r los esquemas mercantiles del mundo.


