Alejandro Peláez
Dios revela su sabiduría a través de procesos simples y naturales. Así como en la vida familiar el crecimiento del hijo está marcado por distintas etapas de alimentación, en el Reino de Dios la madurez espiritual se manifiesta por el tipo de alimento que el creyente puede recibir. La leche y el alimento sólido no compiten; responden a momentos distintos del desarrollo.
La paternidad espiritual tiene sentido mientras hay inmadurez. Su función no es perpetuar la dependencia, sino acompañar al creyente hasta que alcanza la madurez necesaria para vivir una fe responsable y estable. El propósito de toda paternidad espiritual es llevar al hijo a Cristo, no retenerlo en una relación de necesidad permanente. Las Escrituras lo afirma con claridad: “Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces” (1 Corintios 3:2, RV1909).
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