La Biblia nos enseña que de cada palabra ociosa que digamos o mensaje que transmitamos, hemos de dar cuentas a Dios en el día del juicio. (Mateo 12.36) De modo que es una especie de “ajustes de cuentas” ante Dios, por todo lo que dijimos sin valor, malo, dañino, hiriente, irónico, rencoroso, ofensivo, etc., en fin, por todo lo que hablemos hemos de responder un día. Ufffff, esto nos resulta bastante fuerte ¿verdad?
Me pregunto… ¿Por cuántas palabras tendré que dar cuentas yo? ¿Te harías tú también esa pregunta? Porque vamos por la vida maltratando a la primera a muchos, dando contestas de las cuales luego nos arrepentimos, pero bueno, ya está. Herimos con nuestras palabras más profundo que con una daga el corazón de muchos, y en ocasiones la expresión de… ¡Hay no lo pensé! Creemos que nos justifica y nada más lejos de ello.
La vida cristiana es un proceso de transformación paulatina que nos lleve a alcanzar la estatura de Cristo, que es la meta. No existe ni santificación, ni regeneración instantánea, aunque sí puede haber cambios profundos de forma rápida en nuestro estilo de vida, según sea la rendición que tengamos al señorío de Cristo y a su Palabra.
EL PROCESO DE PERFECCIÓN
El Espíritu ira obrando en nosotros de acuerdo con los niveles de entrega que tengamos. Por regla general, al que más se le perdono, más gratitud y amor tendrá[1], por eso el Señor Jesús lo ilustro con la mujer que le ungió sus pies con un perfume costoso y los enjugo con sus lágrimas y cabellos (Lucas 7:36-47), pero lo más importante para que esto ocurra rápidamente, es nuestra actitud de sometimiento a todo el consejo de Dios[2], de manera que, a una mayor rendición al Señor, experimentaremos una mayor transformación.
Si la vida cristiana es un nuevo nacimiento[3], lógicamente tiene que pasar por diferente proceso o etapas. Comenzamos siendo niños en Cristo[4] y según vayamos madurando, nos vamos haciendo adultos en la fe, de manera que, en cada etapa, la Palabra tiene un alimento específico para poder alcanzar la sabiduría y el discernimiento que nos llevara a la madurez espiritual[5].
De tanto perder aprendí a ganar; de tanto llorar se me dibujó la sonrisa que tengo.
Conozco tanto el piso que sólo miro el cielo. Toqué tantas veces fondo que, cada vez que bajo, ya sé que mañana subiré. Me asombro tanto como es el ser humano, que aprendí a ser yo mismo. Tuve que sentir la soledad para aprender a estar conmigo mismo y saber que soy buena compañía.
Intenté ayudar tantas veces a los demás, que aprendí a que me pidieran ayuda. Traté siempre que todo fuese perfecto y comprendí que realmente todo es tan imperfecto como debe ser (incluyéndome). Hago sólo lo que debo, de la mejor forma que puedo y los demás que hagan lo que quieran.
Romanos 9:2 «Que tengo gran tristeza y continuo dolor en mi corazón«.
Algunos predicadores extremistas han afirmado que un cristiano no puede estar triste, porque la tristeza es fruto del pecado, y obra de Satanás. Tal afirmación disparatada está totalmente desconectada de la realidad de la naturaleza humana, y de las enseñanzas bíblicas.
La tristeza, como la alegría, están relacionada con la vida emotiva de las personas. Son partes intrínseca de la naturaleza, y no operan por intervención demoníaca, ni por falta de fe, sino por sentimiento, amor o frustración. Seguir leyendo →
Esta pregunta requiere una amplia reflexión, junto a un análisis comparativo entre el sentido bíblico y apostólico, con el sentido teológico moderno. Pero vamos a contestar primero la pregunta ¿Qué ocurre cuando aceptamos a Cristo? Entonces aparece una palabra clave que explica lo que ocurre, es “conversión”.
El término “conversión”[1] tiene muchas connotaciones, pues indica transformación, mutación, cambio, evolución, mudanza, metamorfosis. En conclusión, se define teológicamente como un cambio de dirección. Es dejar atrás el pasado, para comenzar a vivir una vida nueva[2]. En el concepto militar, es dar media vuelta. Es olvidar lo que queda atrás para extenderme a lo que está adelante[3].
¿QUÉ TENGO QUE HACER PARA SER SALVO?
Esa pregunta se la hizo el carcelero de Filipo a Pablo[4], cuando Dios lo liberó de la cárcel, y la respuesta fue sencilla, “creer que el Señor Jesucristo y será salvo tú y tu casa”. Aceptar al Señor Jesús no es solamente levantar la mano y pasar al frente, como ocurre en nuestros tiempos, porque muchas veces esta acción la hacemos emocional o inconscientemente, sin entender el significado profundo de lo que es confesar a Jesús como el Señor.
La existencia del alma ha sido durante mucho tiempo un tema de debate. Mientras que los puntos de vista materialistas afirman que nuestros pensamientos e ideas son creados por el cerebro, otros argumentan que la conciencia humana trasciende nuestro mundo tangible, con evidencia interesante de nuestra existencia espiritual.
En las últimas décadas han surgido casos en los que individuos —con y sin creencias espirituales— han experimentado el más allá. En respuesta, la comunidad científica ha estado recopilando datos para dar sentido a los fenómenos inusuales y teorizar sobre la existencia de realidades que nuestros sentidos aún no pueden percibir.
La electrónica ha invadido las iglesias, principalmente en los cultos de adoración y conciertos, debido a que los instrumentos ahogan la voz del Pueblo a la hora de cantarle al Señor. Uno de los serios problemas que confrontamos en los cultos modernos es el alto volumen de los equipos de sonidos y los instrumentos (decibelios dB),, los cuales sobrepasan lo que se denomina la salud auditiva, creando dentro del culto una atmósfera de contaminación acústica que trata de producir una bendición electrónica.
Existe en lo celulares una aplicación que puede medir los niveles de decibelio[1] que deben reinar dentro de cualquier ambiente, para evitar la “contaminación acústica”. Según los parámetros científicos, el oído humano tiene la capacidad de soportar, durante un tiempo prudencial, un volumen máximo equivalente a 90 dB. según normas de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ya que el ruido fuerte es altamente perjudicial, y es uno de los factores medioambientales que provoca alteraciones físicas en las personas, después de la contaminación atmosférica[2].
Bajo la influencia de la ideología de género, y como un complemento para su apoyo, se estableció la doctrina de la “percepción”. Pero antes de analizar esta palabra como doctrina definamos su significado según la lengua castellana. Es una sensación interior que resulta de una impresión material producida en los sentidos corporales, también se puede definir como la forma en que el cerebro humano interpreta las sensaciones que recibe a través de los sentidos para formar inconsciente o consciente. Según la medicina es una psicopatología de personas que se percibe de una forma diferente, según un estímulo o un grupo de estímulos que se encuentra al alcance de sus órganos sensoriales, de manera que esto produce una distorsión de la forma de percibirse, siendo una característica que altera la realidad.
El diablo se apareció a tres cristianos evangélicos y les dijo: «Si les diera el poder de cambiar algo en el pasado, ¿qué cambiarían?» El primero de ellos, con gran fervor apostólico, respondió: «Me gustaría evitar que llevaras a Adán y Eva al pecado, para que la humanidad no se separe de Dios». El segundo, un hombre lleno de misericordia, dijo: «Evitaría que te alejaras de Dios y te condenaras para siempre» El tercero de ellos era el más sencillo y, en lugar de responder al tentador, se arrodilló, y oró: «Señor, líbrame de la tentación de lo que podría haber sido y no fue.»