Muchas heridas en el alma fueron provocadas por personas importantes en nuestra vida, tal dolor suele convertirse en una espina que no nos deja estar en paz, ni con los demás ni con nosotros mismos. Es entonces que es imposible perdonar en nuestras fuerzas, sino es con la ayuda de Dios.
No está en tus manos perdonar al ofensor, por voluntad propia, no está en nuestras manos cuando en el corazón se asentó el rencor, la ira y la amargura. También el alimentar los pensamientos de venganza y revivir el dolor no permite que escuchemos a Dios, quien quiere que perdonemos.
El amor no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; 1 Corintios 13:5. Guardar rencor, hace que no podamos perdonar. Al no tener la capacidad renunciar al dolor y la venganza debemos entregarle esas emociones a Dios y reconocer que sin su ayuda no podemos dar ese paso de fe. Pues así es, darle a Dios la libertad de obrar en nuestro corazón falto de perdón es fe, porque creemos que Él sí puede hacer lo que nosotros no y además le devolvemos el control de nuestra vida y renunciamos a tomar venganza.
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