AUTORIDAD Y SUMISIÓN (4)

Por FRANK A. VIOLA . Traducido al Castellano por José Antonio Septién

sumision-2     Hemos visto que no hay respaldo Bíblico para la enseñanza moderna de la “cobertura”.  Sin embargo, la Escritura tiene algo que decir acerca de la autoridad y la sumisión.  Debe notarse, sin embargo, que la Biblia gasta mucha más tinta en decirnos cómo amarnos unos a otros que en enseñarnos acerca del liderazgo y la autoridad.

La experiencia me ha mostrado que cuando los aspectos fundamentales del amor y el servicio se practican plenamente en una iglesia, los asuntos de la autoridad y la sumisión se expresan por sí mismos. (A este respecto, los que enfatizan indebidamente estos temas ¡están significativamente más interesados en hacerse a sí mismos una figura de autoridad que en servir a sus hermanos!).

Aunque la Biblia no dice mucho acerca de la autoridad y la sumisión, los temas están presentes. Están relacionados con llevar el  ministerio, ejercerlo y agradar a Cristo –la cabeza de toda autoridad.

Cuando discutimos estos temas haremos bien en emplear el vocabulario de la Escritura. Usar términos no bíblicos como el de “cobertura” solamente oscurece el asunto.   Hace que nuestra conversación sea  vaga –y nuestros pensamientos confusos. Si utilizamos el vocabulario del NT, seremos en verdad capaces de atravesar la jungla enredada de la tradición humana que ha envuelto en una nube los  temas de la autoridad y la sumisión.

El Rastro Trágico de los Movimientos Anteriores

Voy a decirlo sin rodeos, ¡lo que algunos llaman hoy “autoridad espiritual” es en su mayor parte un verdadero disparate!  El movimiento discipulado/pastoreo de los años setenta es un ejemplo clásico de las tragedias indecibles que pueden ocurrir cuando se hacen aplicaciones falaces e insensatas de la autoridad. Este movimiento estaba corrompido con toda clase de mezcla espiritual, y se degradó en formas extremas de control y manipulación.

El error más grande de este movimiento estaba basado en la falsa pretensión de que sumisión equivale a obediencia incondicional. Igualmente errónea era la enseñanza de que Dios reviste a ciertas personas de una autoridad incuestionable sobre los demás.

Sin duda, los líderes que dieron origen a este movimiento eran hombres talentosos que tenían nobles motivos.  No imaginaron la dirección que éste tomaría en el futuro, y la mayoría de ellos se han disculpado desde entonces por haber participado en él. Aun así, incontables vidas fueron destruidas como resultado.

En muchos sectores del movimiento, el abuso espiritual se racionalizó con el cliché tan a menudo repetido de que Dios obra para bien a pesar de los actores en el reparto. Se creía que Dios haría responsables a cada uno de los “pastores” por las decisiones equivocadas.  Las “ovejas” no tenían responsabilidad en tanto que obedecieran (ciegamente) a sus pastores.

Trágicamente, el movimiento elaboró nuevos yugos de control que fueron tallados y se les dio forma para adaptarse a la casta clerical.  Estos nuevos yugos sofocaron el sacerdocio de los creyentes y mostraron la misma forma de dominio de las almas que caracteriza a las sectas.  Los así llamados “pastores” se transformaron en sustitutos de Dios para otros Cristianos,  tomando control sobre los detalles más íntimos de sus vidas. Todo esto se hizo en  nombre de la  “responsabilidad  Bíblica de dar cuentas”.

En el período subsiguiente, el movimiento dejó una estela de Cristianos abatidos y devastados. Estos creyentes continúan desconfiando hasta hoy de cualquier apariencia de liderazgo.  (Algunos sufrieron  destinos más crueles).  Como resultado, los que fueron azotados por los clérigos del movimiento desarrollaron una aversión hacia palabras tales como “autoridad”, “sumisión” y la “responsabilidad de dar cuentas”.  Todavía siguen luchando por desechar las imágenes distorsionadas de Dios que fueron grabadas en sus mentes después de haber pasado por esta experiencia “pastoral”.

El tema de la autoridad, por consiguiente, representa para muchos una historia muy sensible con una enorme carga.  Tanto es así que cuando apenas se menciona terminología de liderazgo, se encienden luces de alerta y se iza la bandera roja de la persecución.

Treinta años después,  el tema de la autoridad espiritual continúa siendo inflamable y emocionalmente insufrible. A pesar de la manera tan divergente en que abordamos el tema en este capítulo, estamos  pisando los bordes de un peligroso campo minado.

Hay que tener presente que las enseñanzas erróneas nunca brotan del simple uso de palabras Bíblicas.  Más bien, provienen de la poca consideración que por lo general se tiene por lo que éstas significaron para sus oyentes originales.  Palabras como “autoridad” y “sujeción” han sido ya por tanto tiempo degradadas que es necesario que se las “redima” de las falsas connotaciones que se les han  agregado.

La salvaguarda contra la falsa enseñanza no consiste en desechar estos términos Bíblicos, sino en sobreponerse al combate y rehabilitarlos de acuerdo a su significado original.  Para decirlo de otro modo, debemos aprender no solamente a hablar donde la Biblia habla, sino hablar como la Biblia habla.

La Noción de Sujeción del NT

La palabra Griega que se traduce más a menudo como “someter” en el NT es el vocablo Hupotáso. Una mejor traducción de este término  es “sujeción”. De acuerdo al uso más común del  NT, la sujeción es una actitud voluntaria de ceder, cooperar y permitir que otros nos amonesten y aconsejen.

La sujeción Bíblica no tiene nada que ver con  control o poder jerárquico.  Es simplemente una actitud de apertura, como la que manifiestan los niños, dando nuestro consentimiento a los demás en la medida en que ellos reflejan la mente de Cristo.

La sujeción Bíblica existe y es preciosa. Pero debe comenzar con lo que Dios desea y con lo que el NT asume:  Es decir, que nosotros, individual y corporativamente, estamos sujetos a Cristo Jesús; que nos sujetamos unos a otros, en el lugar donde nos reunimos; y que nos sujetamos a aquellos obreros probados y dignos de confianza que sirven al Cuerpo de Cristo de una manera sacrificada.

Quiero acentuar “probados y dignos de confianza” porque abundan los falsos apóstoles y profetas. Es responsabilidad de la hermandad local examinar a los que afirman ser obreros de Dios (1 Tes. 1:5; 2 Tes. 3:10; Ap. 2:2).  Por esta razón, la Biblia nos exhorta a sujetarnos a los líderes espirituales a causa de su noble carácter y servicio espiritual ( 1 Cor. 16:10-11, 15-18; Fil. 2:29-30; 1 Tes. 5:12-13; 1 Tim. 5:17; Heb. 13:17).

Quizás el texto más luminoso que debemos considerar en toda esta discusión es Efesios 5:21, que dice,

Someteos  UNOS A OTROS en el temor de Cristo.

El apóstol Pedro se hace eco del mismo pensamiento, cuando dice:

Y todos, revestíos de humildad LOS UNOS PARA CON LOS OTROS; porque: Dios resiste a los arrogantes y da gracia a los humildes. (1 Ped. 5:5)

La Biblia no enseña una “cobertura protectora”.  Más bien, enseña la sujeción mutua.  La sujeción mutua se basa en la noción del NT  de que a todos los creyentes les han sido dados dones. Como tales, todos ellos pueden expresar a Cristo. Por lo tanto, debemos estar sujetos unos a otros.

La sujeción mutua está cimentada de igual forma en la revelación del Cuerpo de Cristo. Es decir,  la autoridad Divina ha sido conferida a todo el Cuerpo y no sólo a una sección particular de él. (Mat. 18:15-20; 16:16-19; Efe. 1:19-23).  En la eclesiología de Dios, la ekklesía es una sociedad teocrática y participativa en la que la autoridad Divina está diseminada entre todos los que poseen el Espíritu.

Dios no ha delegado Su autoridad a algún individuo o segmento de la iglesia.  Por el contrario, Su autoridad reside en toda la comunidad.  Cuando los miembros de la comunidad creyente desempeñan sus ministerios, la autoridad espiritual se dispensa a través de los dones que han recibido del Espíritu.

En el fondo, la sujeción mutua demanda que nos demos cuenta de que somos miembros de algo más grande que nosotros mismos –un Cuerpo.  También exige que reconozcamos que somos inadecuados en nosotros mismos para cumplir el propósito más alto de Dios.

La sujeción mutua descansa en la afirmación humilde, y sin embargo realista, de que necesitamos la aportación de los demás hermanos. Admite que no podemos ser buenos Cristianos por nosotros mismos. De esta manera, la sujeción mutua es indispensable para estructurar una vida Cristiana normal.

Entender la sujeción mutua significa lo siguiente: Quiere decir que estás  abierto al Señor para que te corrija por medio de cualquier creyente, que estás abierto para ser reprendido y castigado (por el Señor) sin que importe quién lleve el látigo. Expresa que permites a los demás que hablen a tu vida.

La Idea de Autoridad de Dios

La otra cara de la moneda de la sujeción es la autoridad.  La autoridad es el privilegio dado por Dios para realizar una acción particular.  La palabra del NT que está más cerca de nuestra palabra “autoridad” es exousía.  Exousía se deriva de la palabra éxestin, que significa una acción posible y legítima que puede ser llevada a cabo sin obstáculo.

La autoridad (exousía) tiene que ver con la interpretación y comunicación del poder.  Más específicamente, la autoridad es el derecho de realizar una acción particular. La Escritura enseña que Dios es la fuente única de toda autoridad (Rom. 13.1), y esta autoridad ha sido conferida a Su Hijo (Mat. 28:18; Juan 3:30-36; 17:2).

Sólo Jesucristo tiene autoridad.  El Señor Jesús claramente dijo, “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y sobre la tierra”. Al mismo tiempo, Dios ha delegado Su autoridad a los hombres y mujeres de este mundo para propósitos específicos.

Por ejemplo, en el orden natural, Dios ha instituido diversas esferas en las que Su autoridad debe ejercerse (Efe. 5:22-6:18; Col. 3:18-25).  Ha establecido ciertas “autoridades oficiales” con el propósito de que guarden el orden bajo el sol.  A los oficiales gubernamentales, como a los reyes, magistrados y jueces, se les ha dado esta autoridad (Juan 19:10,11; Rom. 13:1 ss.; 1 Tim. 2:2; 1 Ped. 2:13-14).

La autoridad oficial es autoridad conferida a un oficio estático. Funciona sin que para ello importen las acciones de la persona que lo ocupa.  La autoridad oficial es autoridad posicional y fija. Mientras la persona ocupa el cargo, tiene autoridad.

Cuando alguien ejerce las funciones de la autoridad, el recipiente llega a ser “una autoridad” por su propio derecho. Es por esta razón que se exhorta a los Cristianos a que se sujeten a los líderes gubernamentales –sin que para ello cuente su carácter (Rom. 13:1ss.; 1 Ped. 2:13-19).

Nuestro Señor Jesús, así como Pablo, mostraron espíritu de sujeción cuando comparecieron ante la autoridad oficial (Mat. 26:63-64; Hech. 23:2-5).  De manera similar, nosotros debemos sujetarnos siempre a esta autoridad. La anarquía y el desprecio por la autoridad son signos de la naturaleza pecadora (2 Ped. 2:10; Judas 8).  Al mismo tiempo, la sujeción y la obediencia son dos cosas muy diferentes, y es un error fatal confundirlas.

Sujeción Contra Obediencia

¿En qué difiere la sujeción de la obediencia?  La sujeción es una actitud. La obediencia es una acción.  La sujeción es absoluta. La obediencia es relativa.  La sujeción es incondicional. La obediencia es condicional. La sujeción es un asunto interior. La obediencia es un asunto exterior.

Dios nos convoca a tener un espíritu de humilde sujeción hacia los que ha colocado en autoridad sobre nosotros en el orden natural.  Sin embargo,  no podemos obedecerles si nos mandan hacer lo que viola Su voluntad, porque la autoridad de Dios es más alta que cualquiera autoridad terrenal.

No obstante, uno puede desobedecer al tiempo que se somete.  Se puede desobedecer a una autoridad terrenal y mantener un espíritu de humilde sujeción. Se puede desobedecer al tiempo que se mantiene una actitud de respeto y reverencia, distinto al espíritu de rebelión, injuria y subversión ( 1 Tim. 2:1-2; 2 Ped. 2:10; Judas 8).

La desobediencia de las parteras Hebreas (Éxo. 1:17), los tres jóvenes Hebreos (Dan. 3:17-18), Daniel (Dan. 6:8-10), y los apóstoles (Hech. 4:18-20; 5:27-29) ejemplifican el principio de estar sujeto a una autoridad oficial al tiempo que se le desobedece cuando  ésta choca con la voluntad de Dios.

Es cierto que que Dios ha dado autoridad (exousía) a los creyentes para ejercer ciertos derechos. Entre ellos está la autoridad de ser hechos hijos de Dios (Jn. 1:12), poseer propiedades (Hech. 5:4), decidir casarse o permanecer célibes (1 Cor. 7:37), decidir qué comer o beber (1 Cor. 8:9), sanar las enfermedades (Mar. 3:15), expulsar demonios (Mat. 10:1; Mar. 6:7; Luc. 9:1; 10:19), edificar a la iglesia ( 2 Cor. 10:8; 13:10), recibir bendiciones especiales asociadas con ciertos ministerios (1 Cor. 9:4-18; 2 Tes. 3:8-9), gobernar naciones y comer del árbol de la vida en el reino futuro (Ap. 2:26; 22:14).

¡Pero en ninguna parte la Biblia enseña que Dios ha dado autoridad (exousía) a los creyentes sobre otros creyentes!  Recordemos la palabra de nuestro Señor en Mateo 20:25-26 y Lucas 22:25-26 donde condenó las formas de autoridad tipo exousía entre Sus seguidores.  Este hecho debe darnos pausa para una seria reflexión.

Por lo tanto, sugerir que los líderes en la iglesia deben ejercer la misma clase de autoridad que los dignatarios representa lógicamente un salto y una generalización excesiva.  Una vez más, el  NT nunca vincula la exousía a los líderes de la iglesia, ni establece que algunos creyentes tienen exousía sobre otros creyentes.

Sin duda, el AT describe a los profetas, sacerdotes, reyes y jueces como autoridades oficiales. Esto se debe a que estos “oficios” eran sombras de los ministerios autoritativos de Jesucristo mismo. Cristo es el verdadero Profeta, Sacerdote, Rey y Juez. Pero en el NT nunca encontramos que se describa o represente a algún líder como una autoridad oficial. Esto incluye a los sobreveedores locales, así como a los obreros extra locales.

Para ser franco, la noción de que los Cristianos tienen autoridad sobre otros Cristianos es un ejemplo de exégesis forzada y, como tal, es Bíblicamente insostenible.  Cuando los líderes de la iglesia ejercen el mismo tipo de autoridad que desempeñan los oficiales gubernamentales, ¡se vuelven usurpadores!

Cierto es que la autoridad funciona en la iglesia, pero la autoridad que opera en la ekklesía es notablemente diferente de la que se ejerce en el orden natural.  Esto tiene sentido ya que la iglesia no es una organización humana, sino un organismo espiritual.  La autoridad que opera en la iglesia no es oficial.  Es autoridad orgánica.

Autoridad Divina Contra Autoridad Oficial

¿Qué es la autoridad orgánica? Es la  autoridad que está basada en la vida espiritual.  La autoridad orgánica es autoridad comunicada.  Es decir, cuando una persona comunica la vida de Dios a través de palabra u obra, tiene la ayuda y el respaldo del Señor mismo.

Todos los Cristianos, en virtud del hecho de que poseen la vida del Espíritu, poseen una medida de autoridad orgánica. Es por esta razón que el NT nos ordena que nos sometamos unos a otros en el temor de Cristo. Pero los que han madurado más en la vida espiritual tienden a expresar el pensamiento de Dios de una manera más firme que los carnales y los inmaduros (Heb. 5:14).

La autoridad orgánica tiene su fuente en la dirección inmediata de Cristo y no en un oficio estático.  La autoridad orgánica no es intrínseca a una persona o a una posición.  No reside en el hombre mismo o en el cargo que ocupa (como ocurre con la autoridad oficial).

En cambio, la autoridad orgánica reside fuera del individuo. Esto es así porque ésta pertenece a Cristo.  Solamente cuando Cristo dirige a una persona a la palabra o a la acción, esa persona ejerce autoridad. Para decirlo de otro modo, una persona tiene el derecho a ser oída y obedecida sólo cuando refleja la mente del Señor. La autoridad orgánica, por consiguiente, es comunicada y derivada.

La naturaleza comunicativa de la autoridad orgánica puede entenderse en el marco de la metáfora del Cuerpo que Pablo traza para la iglesia.  Cuando la Cabeza (que es la fuente de toda autoridad) le indica a la mano que se mueva, la mano posee la autoridad de la Cabeza.  La mano, no obstante, no tiene autoridad de sí misma.  Deriva su autoridad sólo cuando actúa de acuerdo con la comunicación de la Cabeza.  En la medida en que la mano representa la voluntad de la Cabeza, en esa medida la mano es una autoridad.

Nótese que el movimiento de la cabeza física en relación al cuerpo físico, es orgánico. Está basado en lo humano como un organismo viviente que posee vida natural. El mismo principio es verdadero con respecto  a la Cabeza espiritual y al Cuerpo espiritual. Los creyentes ejercen autoridad espiritual solamente cuando en sus palabras y hechos representan a Cristo.

Por consiguiente, la autoridad orgánica es flexible y fluida y no estática.  La autoridad orgánica es transmitida y está fundada en la madurez espiritual y el servicio.  Por lo tanto, no es una posesión irrevocable.

Esto explica por qué Pedro y Jacobo, así como Pablo y Bernabé, fluctuaban con respecto a la medida de influencia espiritual que ejercían (Hech. 1:15; 2:14; 12:17,25; 13:2,7, 13ss.; 15:2,7,13,22). Ya que la autoridad Divina no es oficial, sino derivada, los creyentes no asumen, heredan, confieren ni sustituyen la autoridad de Dios.  Únicamente la representan. Esta es una distinción categórica. El no poder (o no querer) entenderla ha conducido a una confusión y abuso indecibles entre el pueblo de Dios.

Cuando discutimos la autoridad espiritual, el énfasis siempre debe de estar en la función y el servicio y no en una noción mística de “espiritualidad”. Demandar autoridad basándose en la propia espiritualidad es prácticamente lo mismo que hacerse a sí mismo una autoridad oficial, porque el reclamo de “espiritualidad” constituye un oficio velado.

Si alguien es verdaderamente espiritual, su espiritualidad se manifestará en la manera en que vive, sirve y escucha al Señor.  La espiritualidad puede discernirse sólo a partir de esto último y no por los reclamos promocionales de la persona que la asume.  De esta manera, mantener el enfoque en el servicio y la función ayuda a proteger a las iglesias que siguen el modelo del NT para que no recaigan en el culto a la personalidad.

Una Comparación Provechosa

Separemos algunas de las distinciones entre autoridad oficial y autoridad orgánica.

  1. Las autoridades oficiales deben ser obedecidas siempre y cuando lo que declaren no viole la voluntad de una autoridad más alta. (Hech. 5:29). El NT aconseja a los hijos que obedezcan a sus padres (Efe. 6:11; Col. 3:20), a los ciudadanos que obedezcan a las autoridades gubernamentales (Tito 3:1), y a los empleados  que obedezcan a quienes los emplearon. (Efe. 6:5; Col. 3:22).

Por contraste, los que ejercen autoridad orgánica nunca demandan que se les obedezca.  Antes bien, buscarán persuadir a los demás a que obedezcan la voluntad de Dios.  Por esta razón Hebreos 13:17 nos convoca a que permitamos que nuestros líderes nos persuadan (peitho).

Las cartas de Pablo arrojan más luz  sobre este tema. Todas ellas resuenan con súplicas y peticiones y están llenas del lenguaje de la persuasión. (Sobre esto abundaremos  más adelante).

  1. Las autoridades oficiales son totalmente responsables si conducen a los que están bajo su mando a prácticas erróneas. En Números 18 aprendemos que el peso de la iniquidad cayó sobre los hombros de los sacerdotes. Ellos eran las autoridades oficiales en Israel.

Por el contrario, la autoridad orgánica nunca anula la responsabilidad de los demás.  En la iglesia, los creyentes son totalmente responsables de sus propias acciones -aun cuando decidan obedecer el consejo de otro.

Es por esta razón que la Escritura manda repetidamente que se pruebe el fruto de los demás.  Asimismo, enseña que el engaño trae el juicio Divino (Mat. 7:15-27; 16:11-12; 24:4-5; 1 Cor. 14:29; Gál. 1:6-9;  2:4; Fil. 3:2-19; 1 Tes. 5:21; 1 Tim. 2:14; 1 Jn. 3:4-10; 4:1-6).  El NT nunca enseña que si un Cristiano obedece a otra persona, ya no es responsable de sus acciones.

  1. Las autoridades oficiales pueden ser menos maduras, menos espirituales y menos justas que aquellos sobre los que tienen autoridad. La autoridad orgánica, sin embargo, está directamente vinculada a la madurez espiritual, y no puede separarse de ella.

A menudo decimos a nuestros niños, “obedezcan a sus ancianos” porque los que son más viejos (en la vida natural) tienden a ser más maduros en su consejo. Por esta razón, merecen nuestro respeto y sujeción (1 Ped. 5:5a).  Sucede lo mismo en el reino espiritual.

Los que han crecido más en la vida espiritual poseen una medida mayor de autoridad orgánica. (Una persona no puede ejercer autoridad espiritual a menos que ella misma esté bajo la autoridad de Dios).  Un espíritu de servicio y docilidad como de niño son signos seguros de una mayor madurez espiritual.  Consideremos los siguientes textos que nos exhortan a que tengamos en estima a los que muestran ambas características:

Os exhorto hermanos (ya conocéis a los de la casa de Estéfanas, que fueron los primeros convertidos de Acaya, y que se han dedicado al servicio de los santos), que también VOSOTROS ESTÉIS EN SUJECIÓN A LOS QUE SON COMO ELLOS, Y A TODO EL QUE AYUDA EN LA OBRA Y TRABAJA. Y me regocijo por la venida de Estéfanas, de Fortunato y de Acaico, pues ellos han suplido lo que faltaba de vuestra parte.  Porque ellos han recreado mi espíritu y el vuestro.  POR LO TANTO, RECONOCED A TALES PERSONAS.  (1 Cor. 16:15-18 BA)

Recibidlo, pues [a Epafrodito] en el Señor con todo gozo, Y TENED EN ALTA ESTIMA A LOS QUE SON COMO ÉL; PORQUE ESTUVO AL BORDE DE LA MUERTE POR LA OBRA DE CRISTO, ARRIESGANDO SU VIDA… (Fil. 2:29-30ª  BA).

Y os instamos, hermanos, a que RESPETÉIS A LOS QUE TRABAJAN ENTRE VOSOTROS EN EL SEÑOR Y OS AMONESTAN; Y QUE LOS TENGÁIS SOBREABUNDANTEMENTE EN AMOROSA ESTIMA A CAUSA DE SU OBRA. . . (1 Tes. 5:12-13)

Los ancianos que dirigen bien SEAN TENIDOS POR DIGNOS DE DOBLE HONOR, ESPECIALMENTE LOS QUE TRABAJAN ARDUAMENTE EN LA PALABRA Y EN LA ENSEÑANZA… No admitas acusación contra un anciano a no ser que haya dos o tres testigos. (1 Tim. 5:17, 19 RVA)

Acordaos de los que os dirigen, QUIENES OS HABLARON LA PALABRA DE DIOS; CONSIDERAD CUÁL HAYA SIDO EL RESULTADOD E SU CONDUCTA, E IMITAD SU FE.  (Heb. 13:7)

Dejaos persuadir por los que os dirigen, Y SOMETEOS A ELLOS; PORQUE ELLOS VELAN POR VUESTRAS ALMAS, COMO QUIENES HAN DE DAR CUENTA. para que hagan esto con gozo, y no quejándose; porque esto no os es provechoso (Heb. 13:17)

 

Igualmente, jóvenes, ESTAD SUJETOS A LOS ANCIANOS. . . (1 Ped. 5:5)

Resulta claro que el NT exhorta a la iglesia a que de la debida importancia a los que trabajan incansablemente en el servicio espiritual.  Tal estima es espontánea e instintiva.  Jamás se  debe absolutizar o formalizar.

El criterio del NT para el modelo de los roles siempre es funcional, y no formal.  Aunque debemos valorar el servicio de los que ponen sus vidas por nosotros, es un grave error diferenciarlos formalmente del resto de la comunidad de los creyentes.  (¡Es aquí donde falla la enseñanza de la “cobertura”!)

En efecto, el honor que un creyente recibe de la iglesia siempre es merecido; nunca se demanda o se hace valer.  Los que son verdaderamente espirituales no reclaman tener autoridad espiritual sobre los demás, ni se jactan de su labor espiritual y madurez.  De hecho, la gente que hace tales reclamos revela su inmadurez.  La persona que declara que es “el hombre que Dios ha ungido con fuerza y poder para la hora presente” –o elogios similares- prueba una cosa: ¡que no tiene autoridad!

Por el contrario, los que reciben estima en la iglesia son los que han probado que son siervos dignos de confianza –no en mera retórica, sino en realidad (2 Cor. 8:22; 1 Tes. 1:5; 2 Tes. 3:10).  El reconocimiento ganado y la confianza que el Cuerpo les tiene es la única señal segura de la propia autoridad espiritual.

  1. Las autoridades oficiales poseen autoridad hasta que son removidas de su oficio delegado. Mientras están en el cargo, su autoridad funciona, sin que para ello importe si han tomado decisiones sabias o injustas. Por ejemplo, mientras el rey Saúl se sentó en el trono de Israel, retuvo su autoridad, ¡aun después de que el Espíritu de Dios se había apartado de él (1 Sam. 16:14;24:4-6)!

La autoridad orgánica, por otra parte, opera solamente cuando Cristo está siendo expresado.  De este modo, si un creyente exhorta a la iglesia para que ésta haga algo que no refleja la autoridad de la Cabeza (aún si viola o no una ley prescrita por Dios), no hay autoridad que lo respalde.  Sólo Jesucristo tiene autoridad, y solamente lo que fluye de Su vida tiene autoridad.

  1. Las autoridades oficiales siempre están establecidas en forma de jerarquía. La autoridad orgánica nunca está relacionada con la jerarquía (Mat. 20:25-28; Luc. 22:25-27).  De hecho, siempre se distorsiona y se termina abusando de la autoridad orgánica cuando se la asocia con algún tipo de jerarquía.  Como hemos visto, la imaginería jerarquía está ausente de la Escritura, porque virtualmente siempre hace daño al pueblo de Dios.

En resumen, la autoridad orgánica no fluye de arriba hacia abajo.  Tampoco funciona de manera jerárquica como una cadena de mando.  Al mismo tiempo, la autoridad orgánica tampoco funciona de abajo hacia arriba. Es decir, no fluye de la iglesia a la persona.  Si aún una iglesia decide dar autoridad a una persona para una tarea específica, la tal persona no tendrá autoridad si no refleja la mente de Cristo.

La autoridad orgánica funciona de adentro hacia fuera.  Cuando el Cristo que habita en el creyente dirige a alguien en particular o a una iglesia a hablar o actuar, ¡están respaldados por la autoridad de la Cabeza!  Ésta es la única autoridad que existe en el universo.  Jesucristo, representado por el Espíritu que mora en el interior de los Suyos, es el manantial exclusivo,  fundamento y fuente de toda autoridad.  ¡Y no hay cobertura sobre Su Cabeza!

El resultado final es que los problemas de liderazgo en la iglesia moderna se derivan de una aplicación vergonzosamente superficial de las estructuras de autoridad oficial a las relaciones espirituales.  Esta aplicación errónea está basada en una mentalidad de autoridad al estilo “una-talla-para-todos”. Pero es un error atroz trasplantar el modelo de la autoridad oficial a la asamblea Cristiana –o a cualquiera otra esfera de relación orgánica (como el matrimonio).

La Sujeción Mutua Siempre Está Enmarcada en el Amor

Cada vez que un creyente expresa autoridad orgánica en la iglesia, haremos bien en reconocerla.  Rebelarse contra esta autoridad es rebelarse contra Cristo, porque no hay autoridad sin Jesucristo como Su autor.  Por consiguiente, rechazar las palabras de alguien cuando éstas expresan el pensamiento de Dios es rechazar Su autoridad.

La sujeción que está cimentada en nuestra sumisión a Dios, también está enmarcada en el amor.  El amor siempre está abierto para aprender y escuchar lo que los demás tienen que decir.  Al mismo tiempo, el amor está dispuesto a amonestar a los que flaquean.

El amor rechaza la espiritualidad autónoma del tipo “estrella solitaria” o “hazlo por ti mismo”, pero valora la interdependencia del Cuerpo. El amor reconoce que por ser miembros los unos de los otros y porque poseemos el mismo linaje, nuestras acciones tienen un profundo efecto sobre los demás.  El amor reprueba el Cristianismo individualista y privatizado, pero afirma la necesidad que tiene de los otros miembros de Cristo.

El amor es a veces dulce, amable y agradable. Sin embargo, cuando enfrenta los horrores del pecado, puede ser penetrante, combativo e inflexible.  El amor es paciente, respetuoso y gentil. Nunca es estridente, degradante o dictatorial.  El amor repudia los reclamos ostentosos y engreídos de autoridad. En cambio, está marcado profundamente con humildad y mansedumbre.

El amor no es fláccido o sentimental, sino profundamente perceptivo y  perspicaz.  El amor siempre ofrece sus recursos para ayudar a los demás, nunca manipula o impone su propia voluntad.  El amor nunca fuerza, demanda  u obliga.

El amor nos impele a aceptar la responsabilidad de ser los “guardas de nuestro hermano”, pero nos prohíbe que nos convirtamos en entrometidos impertinentes en sus vidas.  En efecto, somos llamados a representar la voluntad del Espíritu Santo los unos a los otros. Sin embargo, ¡nunca somos llamados a sustituir Su Persona o reemplazar Su obra!

La sujeción mutua no es una licencia para investigar los asuntos íntimos de nuestros hermanos ¡para “asegurarse” de que están caminando rectamente!  La Biblia jamás nos da libertad para examinar a nuestros hermanos acerca de sus inversiones financieras, cómo hacen el amor a su pareja, u otras áreas de intimidad.

Esta clase de investigación innecesaria -que se practica a guisa de la “responsabilidad que tenemos de dar cuentas”- forma parte de las cosas de que están hechas las sectas autoritarias. Esta manera de pensar finalmente convertirá a cualquier comunidad de creyentes en una olla de presión de inconformidad. (Por supuesto, si un creyente desea voluntariamente confiar a alguien más estos asuntos personales, eso ya es otra cosa.  Pero se trata de una decisión, y no de una obligación).

Nunca debemos perder de vista el hecho de que la Biblia concede un alto valor a la libertad Cristiana individual, y a la privacidad (Rom. 14:1-12; Gál. 5:1; Col. 2:16; Stg. 4:11-12).  Por consiguiente, el respeto por estas virtudes debe ser alto entre los creyentes.  A menos que exista una buena razón para sospechar que un hermano o hermana está en pecado serio, es profundamente anticristiano husmear y entrometerse en sus asuntos familiares.

El NT nos advierte que no debemos “entrometernos en todo”. . . “hablando las cosas que no se deben” (1 Tim. 5:13; 1 Ped. 4:15).  Por la misma razón, si un creyente está espiritualmente en aprietos -luchando con algún “pecado grave”, el amor demanda que  busque y reciba ayuda de la iglesia.

En resumen, ya que la sujeción mutua siempre se expresa en amor, ésta genera una cultura de seguridad y salvaguarda espiritual. La sujeción mutua no es control, sino ayuda.  Nunca debe congelarse en un sistema estático o formal.  No es oficial, legal o mecánica. Más bien es funcional, espontánea y orgánica. Cada vez que se la transforma en una institución humana surge amenazador el peligro -¡no importa el nombre que se le ponga! Como Cristianos, tenemos un instinto espiritual que nos permite someternos a la autoridad espiritual. Cuando nos sujetamos a ella, la iglesia siempre se beneficia.

Cada vez que invitamos a que otros entren a nuestra vida, dejamos abierta la puerta para que el Señor nos anime, motive y proteja.  Es por esta razón que el libro de los Proverbios repetidamente acentúa que en “la multitud de consejeros hay seguridad” (Prov. 11:14; 15:22; 24:6).  El amor, pues, es el paraguas Divino que nos proporciona protección espiritual. Gracias a Dios que no es tan estrecha como los corazones de algunos que están a su alcance.  A fin de cuentas, solamente el amor tiene una “cobertura” de poder (Prov. 10:12; 17:9; 1 Ped. 4:8).

El Costo de la Sujeción Mutua

La sujeción mutua es radicalmente diferente de la subordinación unilateral a las estructuras autoritarias. Al mismo tiempo, ésta no debe confundirse con el igualitarismo altamente individualista, moralmente relativo y tolerante que distingue al pensamiento postmoderno.

La sujeción mutua es costosa.  Enfrentémoslo. ¡A nuestros egos no les gusta sujetarse a nadie!  Como criaturas caídas, queremos hacer lo que a nuestros propios ojos es correcto -sin la interferencia de los demás.

La inclinación a rechazar la autoridad orgánica está profundamente arraigada en nuestra naturaleza Adámica (Rom. 3:10-18).  Recibir corrección, admonición y censura de otros mortales constituye una cruz difícil de llevar (Prov. 15:10; 17: 10; 27:5-6; 28:23). Es por esta razón que la sumisión mutua sirve como antídoto a nuestra carne rebelde y a nuestra anárquica cultura.

Ejercer autoridad espiritual es igualmente doloroso. A menos que uno sea un “monstruo controlador”, la tarea de amonestar a los demás es difícil y riesgosa. La Escritura nos dice que un hermano que se ofende ¡es más difícil de ganar que una ciudad amurallada (Prov. 18:19)!  De aquí que la  dificultad de corregir a los demás, junto con el temor a la confrontación, hace muy penoso para nuestra carne obedecer al Señor en áreas donde debemos expresar Su autoridad.

Es mucho más fácil dejar pasar las cosas. Es mucho más sencillo orar por nuestros hermanos equivocados. Es mucho más difícil confrontarlos amorosamente.

Todo esto subraya el hecho asombroso de que el amor debe gobernar nuestra relación con los demás, porque que si amamos a los hermanos,  nos sujetaremos a su consejo y amonestación. Asimismo, el amor nos constriñe a acercarnos a nuestros hermanos débiles en un espíritu de mansedumbre cuando necesitan nuestra ayuda (Gál. 6:1; Stg. 5:19-20).  En el fondo, el camino del amor es siempre el camino de la cruz.

La Importancia de Conocer a Dios Como Comunidad

Ya que la sujeción mutua está enmarcada en el amor, tiene sus raíces en la misma naturaleza de la Deidad.  Por naturaleza, Dios es Comunidad.  El Dios único está hecho de una Comunidad de tres Personas que eternamente comparten sus vidas una con  la otra. (A esta verdad se la conoce históricamente como la Trinidad).

Dentro de la Deidad, el Padre se derrama a Sí mismo en el Hijo. A su vez, el Hijo se da a Sí mismo sin reservas al Padre. El Espíritu, como Mediador, derrama uno en otro su mutuo amor. Dentro de esta danza Divina de amor, no existe jerarquía.  Hay solamente comunión, sujeción y amor mutuos. (Juan 14:28 y 1 Cor. 11:3 no contradicen este principio, porque tienen a la vista la sujeción voluntaria del Hijo al Padre como la parte que le corresponde en esta relación de mutua sujeción).

El mutuo compartir que ocurre constantemente en la Deidad es la piedra angular del amor. De hecho, es la razón misma por la que Juan pudo decir que “Dios es amor” ( 1 Jn. 4:8).  Si Dios no fuera Comunidad, no podría haber habido nadie a quien Él amara antes de la creación, porque el hecho de que amar requiere la presencia de dos o más personas.

La iglesia, es la comunidad del Rey. Como tal, está llamada a reflejar la relación recíproca de amor que se produce dentro de la Deidad. No hay jerarquía en la Deidad. Tampoco la hay en la ekklesía.  Dentro de sus muros solamente hay sujeción mutua gobernada por un mutuo amor. Esto es así porque la iglesia vive por la vida Divina –la misma vida que existe en la Deidad (Juan 6:57; 17: 20-26; 2 Pe. 1:4).

El NT es muy explícito cuando usa el tema de la familia para aplicarlo a la iglesia.  La iglesia es una amplia familia. Una comunidad que cara a cara comparte sus cargas uno con el otro, confiesa mutuamente sus pecados y conversa uno a otro sobre sus decisiones pendientes. Dentro del entorno familiar de la iglesia, la sujeción mutua crea unidad. Construye el amor. Provee estabilidad. Fomenta el crecimiento y da un significado más rico a la vida Cristiana.

Para decirlo de otro modo, la vida Cristiana nunca significó otra cosa que una relación permanente vivida cara a cara en comunidad. Ni puede ser vivida como es debido en cualquier otro ambiente. La ekklesía –la comunidad del Rey –es el hábitat natural del Cristiano.

Por contraste, en las jerarquías, la sujeción y la responsabilidad de dar cuentas son punitivas y legalistas.  Éstas producen temor, dominación y control –todo esto era ajeno a la iglesia primitiva.

De esta manera, la sujeción mutua es un antiséptico contra el Nicolaismo (clericalismo) de mano dura. La sujeción mutua enfatiza poder a favor de y poder entre, en vez del poder sobre. Estimula la conciencia de que a todos se ha asignado poder, en vez de a unos pocos.  Pone el acento en el valor de las relaciones en vez de los programas, la vinculación en  vez de la separación, la conexión en vez de aislamiento, el organismo en vez de la organización, la participación en vez de la pasividad, la integración en vez de la fragmentación, la solidaridad en vez del individualismo, el espíritu de servicio en vez de la dominación, la interdependencia en vez de la independencia, y la riqueza interior en vez de la inseguridad.

Nuestra cultura estimula la confianza en uno mismo, el individualismo y la independencia, pero estas cosas son incompatibles con la ecología de la iglesia del NT.  Ya que Dios es Comunidad, Sus hijos fueron diseñados para ser comunidad.  Nuestra nueva naturaleza (por medio de la regeneración) nos llama a esto.

Nosotros los Cristianos no somos seres aislados. Como el Dios Triuno, nosotros fuimos creados como una especie comunitaria (Ef. 4:24; Col. 3:10). Desarrollamos relaciones significativas con los demás.  La doctrina moderna de la “cobertura” oscurece esta luminosa visión, pero el principio de la sujeción mutua la pone en un marcado relieve.

En palabras sencillas, la naturaleza Trinitaria de Dios es fuente y modelo para toda comunidad humana.  Y es dentro de la relación amorosa de la Deidad que el principio de la sujeción mutua encuentra su verdadero valor.

La sujeción mutua, por consiguiente, no es un concepto humano.  Surge de la naturaleza comunitaria e interactiva del Dios eterno.  Y es esta misma naturaleza que la ekklesía es llamada a llevar.  De esta manera, la sujeción mutua nos capacita para contemplar el rostro de Cristo en la misma trama y urdimbre de la vida de la iglesia.

Tomando prestadas las palabras de John Howard Yoder, el concepto de autoridad y sumisión presentado en este capítulo puede resumirse de esta manera:  “Otorga más autoridad a la iglesia que la que Roma da, confía más al Espíritu Santo que el Pentecostalismo, tiene más respeto por el individuo que el Humanismo, hace de los estándares morales algo más obligatorio que el Puritanismo, y está más abierta a cualquier situación dada que la ‘Nueva Moralidad’”.

 

 

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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