LA GLORIA DE DIOS MANIFESTADA EN JESUCRISTO

ANGEL BEA·

jESUS Y LA BIBLIA “Y aquel Verbo fue hecho carne y habitó entre nosotros; y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia de verdad” (J.1.14)

Cuando leemos el evangelio de san Juan llama poderosamente la atención las veces que aparece en él la palabra gloria. Diecisiete en total, en todas sus variantes. La primera vez en el versículo mencionado arriba. El término gloria traduce del griego doxa que, entre otras acepciones nos habla “…de la naturaleza y actos de Dios en manifestación de sí mismo; esto es, lo que Él esencialmente es y hace (…) en cualquier forma en la que se revele a sí mismo (…) y particularmente en la persona de Cristo…” (Vine, 1999. P.393)

Entonces, la gloria de Dios estaría relacionada, en principio, con el perfecto carácter y atributos divinos manifestados a través de las revelaciones que él ha dado a lo largo de la historia de la Salvación, y cuya culminación tuvo lugar en la persona del su Hijo Jesucristo.

Con esa idea que acabamos de exponer leemos en el versículo donde aparece la segunda vez el término gloria=doxa, aunque de forma más restringida: “Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él” (J.2.11)

Entonces, siguiendo la definición que hemos recogido más arriba, lo que el apóstol Juan está diciendo es que, Jesús manifestó la gloria de un atributo divino que es Su poder. Sin ese poder no hubiera hecho el milagro de la transformación del agua en vino. Luego, cuando seguimos leyendo el evangelio de Juan y llegamos al final, nos encontramos con que él había escogido siete milagros, a través de los cuales Jesús manifestó la gloria del poder de Dios. Tampoco podemos olvidar que al hacer los milagros, Jesús también reveló la gloria de su gracia expresada a través de su amor misericordioso y compasivo, ya que, a través de los milagros atendió las necesidades humanas que se le presentaban.

Pero si bien la gloria del poder de Dios se manifestó en Jesús de muchas maneras, esas obras poderosas no eran un fin en sí mismas. Si así hubiera sido, su único beneficio hubiera sido temporal y muy limitado, por mucho bien que proporcionaran y muy espectaculares que fueran. Entonces hay que tener en cuenta el propósito de los milagros de Jesús. En relación a esto mismo vemos que el apóstol Juan define los milagros de Jesús como “señales” (griego: semeion=signos: señales-milagrosas –J.20.30-31-) que nos indican que tenían el propósito de apuntar hacia algo o alguien. Por ejemplo, el milagro de la multiplicación de los panes y los peces apuntaba –como “señal”- a Jesús mismo, quien se presentó como “el verdadero pan que descendió del cielo”, en contraste con aquel maná temporal que Dios dio al pueblo de Israel por medio de Moisés en el desierto (J.6.31-35); mientras que la resurrección de Lázaro, apuntaba –también como “señal”- a que Jesús era la resurrección y la vida; declaración que el Señor había hecho previamente (J.11.25). Pero antes de que el milagro se produjera, Marta, la hermana de Lázaro tenía sus dudas; entonces, Jesús la tranquilizó y animó con estas palabras: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria=doxan de Dios?” (J.11.40). Así, pues, con la resurrección de Lázaro, Marta, su hermana María y todos los presentes fueron testigos de la manifestación de la gloria del poder de Dios en Jesucristo.

Entonces es bueno que tengamos en cuenta, que aunque los milagros del Señor fueron revelaciones de la gloria del poder y de la misericordia de Dios como “señales”=signos, ellos mismos apuntaban hacia algo más grande y de mucha más trascendencia que los beneficios que ellos produjeron y las grandes “impresiones” que causaron, tanto en los receptores como en los testigos oculares. Esto es algo que muchos no comprendieron. Por eso vemos que ante la manifestación de la gloria de Dios por medio de los milagros, mucha gente creyó en Jesús; pero sólo por el hecho de los milagros en sí, sin comprender su sentido y propósito. Su fe, por tanto, no era auténtica. De ahí que “Jesús mismo no se fiaba de ellos…” (J.2.23-25). Otros, al ver los milagros, le seguían y fueron denunciados por el Señor, porque “buscaban hacerle rey”, porque a causa del milagro comieron gratis. (J.6.15,26).

Por otra parte, Jesús denunció en varias ocasiones, con cierta tristeza, el gran interés de la gente por los milagros, sin los cuales no podían o no querían creer: “Si no viereis señales y prodigios no creeréis”; “La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada” (J.4.48; Mt.12.38-40) Mucho de lo que vemos en los evangelios, lo hemos visto a los largo de la historia de la iglesia y aún en nuestro contexto cultural (¡incluso dentro del contexto más amplio, llamado “evangélico”!) lo fácil que la gente se impresiona (¿nosotros mismos?) por milagros o supuestos milagros que se dice ocurrieron allí o aquí. Pero las grandes verdades del evangelio están muy por encima de los hechos milagrosos que pudieran acontecer, aunque estos sean auténticos (Ver, Lc.10.17-20).

Por eso, independientemente de la autenticidad de los milagros, la gloria de Dios ya se manifestó de manera todo-suficiente en y a través de la persona de Jesucristo. Es por eso que el apóstol Juan, en una mirada retrospectiva, podía ver todo el ministerio del Señor Jesús en su debida perspectiva y, habiendo sido testigo ocular de la gloria de Dios manifestada en Jesús, dijo: “Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad” (J.1.14) En su conclusión de la vida y ministerio de Jesús, Juan no puso el énfasis en la parte de la gloria del poder de Dios revelada a través de los milagros, sino en la gloria de Dios manifestada de forma completa en la persona y obra de Jesucristo. Y, el énfasis lo puso en el hecho de que estaba “lleno de gracia y de verdad”:

La gloria de su gracia=amor y de su luz=verdad. Por tanto, el poder de Dios está bien; pero el poder usado sin “gracia” y sin estar de acuerdo a la “verdad” se podría volver sumamente peligroso. Pero en Dios el poder no está disociado de su santidad: amor, justicia y verdad. Por eso lo que destaca el apóstol Juan, es su “gracia” y su “verdad” manifestadas en “plenitud” (“lleno de gracia y de verdad”).

Dos cosas que los seres humanos necesitamos más que nada ¡y desesperadamente!. La gracia que es la razón y motivación de Dios que le llevó a enviar a su Hijo Jesucristo, para rescatarnos de la condición y esclavitud del pecado y de la condenación eterna (J.3.16); la verdad, para poder ser iluminados, orientados hacia Dios y guiados en este mundo de oscuridad y tinieblas (J.8.12; 14.6) Esas palabras del apóstol Juan mencionadas más arriba, encontrarán su paralelismo al final de su evangelio, donde encontramos el propósito por el cual lo escribió el apóstol: “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro. Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (J.20.3031) Notemos que en estos dos versículos aparecen tres partes principales:

LA PRIMERA tiene que ver con las “señales”. Si él no hubiera hecho los milagros que hizo, sus palabras no hubieran tenido el “peso” que le prestaban las obras que él realizó, ante la gente que le escuchaba. Como dice el refrán: “Una cosa es predicar y otra dar trigo”. Pues, en ese sentido, Jesús hablaba/predicaba, pero “daba trigo”. Esto se puso de manifiesto muy a menudo durante el ministerio del Señor Jesús, pues unas veces hacia un milagro y luego hablaba; otras hablaba y, luego hacía el milagro (ver. Lc.5.1-11; Mc.6.34-44). La palabra de Jesús era una palabra de verdad que tenía autoridad, en todos los sentidos (Mat.7.28-29). Así que, las “señales” milagrosas no eran un fin en sí mismas.

Por eso es que, LA SEGUNDA señala hacia la importancia de su identidad. Aquel “Jesús de Nazaret” que sus paisanos y todos en general rechazaron, era “el Cristo”, el Hijo de Dios. Lo cual se puso de manifiesto no solo por los milagros que realizó, y “las palabras de gracia que salieron de su boca” (Lc.4.22) sino por medio de su resurrección. La resurrección de Cristo vindicó el carácter expiatorio y redentor de su muerte. Por tanto, hay “gloria” de Dios manifestada en las señales milagrosas de Jesús, a efectos de poder y compasión, pero una vez que resucitó, sus discípulos “descubrieron” que la “gloria de su gracia” fue mucho más abundantemente manifestada en la cruz del Calvario, ya que, está escrito que, “cuando abundó el pecado, sobreabundó la gracia…” (Ro.5.20).

En ese sentido, la muerte de Jesús fue la manifestación, no solo de la gloria de la justicia de Dios descargada sobre el inocente Cordero, pero también la más sublime manifestación de la gloria del amor de Dios. (Ro.5.8; 1ªJ.3.16; 4.10; 16; Tito.2.11; 3.4-5; Isaías.53).

Y LA TERCERA señala la forma en la cual los oidores del evangelio podemos participar de la gloria del amor, del poder de Dios y su propósito de salvación: “para que creyendo, tengáis vida en su nombre”. ¿Los milagros? Sí. Pero los milagros por sí mismos no dan vida ni liberan de las tiranías del pecado. Los milagros fueron una manifestación parcial del poder y la misericordia de Dios en la persona de su Hijo; fueron esas “señales” que apuntaban hacia Jesucristo mismo, quien nos traería una “mayor gloria” a través de su muerte redentora.

Luego, es sorprendente que “una salvación tan grande” se nos otorgue de forma gratuita, solo por la fe (“para que creyendo, tengáis vida en su nombre…”); es decir poniendo toda nuestra confianza en la persona y obra de Jesucristo y entregando nuestra vida a él. Esto nos hace pensar que si la caída, con la degeneración de la raza humana se debió a la incredulidad de nuestros primeros padres, la restauración y regeneración debió ser por medio de la fe en el medio escogido por Dios; es decir, Jesucristo. Solamente cuando uno ha dado el paso de fe, es que puede entender las palabra del apóstol Juan: “Y vimos su gloria… lleno de gracia y de verdad”.

 

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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