METAMORFOSIS

CAPÍTULO  -III-

(Tomado del libro de Mario E. Fumero “LOS CAMINOS DEL AMOR”)

              Sería absurdo pensar, o decir, que en un momento de la vida recibimos “Toda la plenitud del amor” con el simple hecho de aceptar a Jesús como salvador personal; ya que el amor, por ser más alto que los cielos, y más profundo que el mar (Ef. 3.17-19), no puede ser recibido, ni siquiera entendido, con una sola experiencia y en un solo momento de la vida. Además de esto, debemos de saber que por muchas experiencias que tengamos, en la naturaleza humana hay muchas características, o tendencias pecaminosas, que entorpecen la manifestación del amor pleno, pues, en nuestros miembros existen las huellas del pecado, las cuales no se cura fácilmente. Podemos ser libres del pecado por la sangre de Cristo, pero tendremos que luchar contra las tendencias pecaminosas de nuestros miembros, el cual es esclavos del pecado (Romanos 7:14) y mediante la renovación de nuestro entendimiento (Romanos 12:2) tiene que ser sometido a la obediencia de Jesucristo (2 Corintios 10:5). Un ejemplo vivo lo encontramos en Pedro, el cual después de 3 años de andar con Jesús, y a pesar de las enseñanzas recibidas sobre el amor, el perdón y la humildad, el día que fueron a detener a Jesús, sacó la espada e hirió a un soldado, cortándole la oreja; por lo que Jesús lo reprendió duramente diciendo: “Mete tu espada en la vaina, porque todos los que tomen espada, a espada morirán” (Mateo 26:51-52; Juan. 18:10). Implantar un amor tan perfecto en una naturaleza tan imperfecta y deteriorada por el pecado, requiere tiempo y una profunda metamorfosis que, de forma paulatina, nos vaya edificando (Efesios 4:16).

  1. I) LOS DEFECTOS QUE IMPIDEN LA EXPRESIÓN DEL

Hay muchos defectos en nuestra naturaleza y personalidad que entorpecen la perfección en el amor, como el orgullo, la soberbia, el capricho, el rencor, el celo, la vanidad, la ambición, etc., los cuales no se pueden eliminar súbitamente, así como por arte de magia. El ser humano, creado por Dios, tiene que entender cuál es su condición y superar y rectificar por sí mismo sus defectos, bajo la dirección del Espíritu Santo. La Biblia no nos presenta a los grandes hombres de Dios -como Abraham, Moisés, David, Pedro, Pablo, etc.- en forma de superhombres, sin errores en su naturaleza y perfectos en todo el sentido de la palabra; más bien encontramos al hombre de Dios en sus luchas y debilidades, en una continua batalla, para superar sus defectos, de los cuales Dios, y el mismo hombre, son conscientes.

Es un hecho que no somos máquinas, o un robot inteligente, que cuando no andan defectuoso, se les cambia un transistor o un circuito integrado o chip, y ya funcionan perfectamente. Si fuésemos máquinas, androides o títeres, no habría problema para que Dios nos “perfeccionara” en un instante. Pero somos semejante al Altísimo, tenemos su imagen, y por más que el Señor desee hacernos perfectos en toda buena obra, necesita para ello, nuestra disposición y una actitud de paulatina transformación, por medio del conocimiento de su voluntad, que producen cada día una renovación, que como metamorfosis forja en nosotros la imagen del Señor (Colosenses 1:9; 3:10; Efesios 3.19).

 

Para crecer en Amor tenemos que crecer en conocimiento y Espíritu. Un ejemplo de ello lo tenemos en la vida misma. Cuando uno nace no sabe qué es Amor… pero está ahí, dentro de nosotros. Al crecer y entender quiénes nos cuidan, nos aman y nos nutren, empezamos a amar, limitando el amor a nuestros padres o a quienes nos crían a este tipo de amor le denominamos “filio”[1]. Según vamos creciendo, el amor se va extendiendo a más personas, hasta que por último, se entrega a otros desconocidos, pero que ahora se convierte en el más importante de nuestra vida: la esposa o el esposo. Como fruto de ese amor vienen los hijos y así, el amor se pasa de uno a otro, hasta la muerte.

Tenemos que comprender que para alcanzar la plenitud del amor no es suficiente la experiencia personal, ni aún la del Espíritu Santo con sus carismas, pues ambas vienen en un momento, aún sin mucho conocimiento. Es necesaria la reeducación de los defectos humanos por medio del Espíritu para superarnos en un amor que vaya mas alla del a AMOR FILIO, estableciendo por lo tanto, una serie de etapas en la vida. Estas etapas, que también pudieran ser varias “metamorfosis”, nos van llevando hacia una mayor unidad entre unos y otros, así pues, según crecemos en amor, se nos hace más fácil convivir juntos, y entender y soportar a los demás seres humanos, con sus defectos y errores.

Así que comenzamos a amar a los seres que nos aman, nos sirven o tienen vínculo familiar con nosotros, esto se denomina AMOR FILIO, después vamos extendiendo este a las personas que nos rodean y nos estiman, es el amor a nuestros hermanos. Con el tiempo, sentimos amor por aquel desconocido, herido o necesitado que encontramos en el camino; naciendo así el amor al prójimo, el cual emana del  AMOR AGAPE[2], y por último alcanzamos la expresión máxima del amor, cuando podemos amar aun a los que nos hacen daño, a nuestros enemigos, naciendo así lo que podemos definir la expresión máxima del amor de Dios en nosotros. ¿Cuál es el amor más grande? El de aquel que está dispuesto a dar su vida por otros (Juan 15:13).

  1. II) EL AMOR COMO ETAPAS DE CRECIMIENTO

Es importante, para alcanzar la unidad de la fe, obtener profundidad en el conocimiento y la práctica del amor, para que este soporte, amortigüe y frene los diferentes caracteres humanos. Al formar parte de un grupo, no perdemos nunca nuestra personalidad; es por ello que para poder subsistir unánimes y juntos en armonía, como manda la Biblia (Hechos 2:46), en medio de tantas emociones e ideas diferentes, se necesita una negación total del ego, “yo”, para después dejar fluir el amor de Dios a través de nosotros y proyectarlo hacia los demás. Quizá sea el “Y O” el mayor obstáculo que tenemos para que el amor se perfeccione, ya que en todo choque o fricción, el “YO” herido reacciona negativamente contra el prójimo, originándose la contienda. Si este “yo”  no estuviera latente, el amor podría controlar la situación y canalizar los problemas hacia la voluntad de Dios, expresada en su Palabra.

Veamos ahora las etapas, o metamorfosis, de las formas más fáciles de entender ciertas manifestaciones del amor, básicas en toda la vida cristiana. Clasifiquemos este proceso de la forma siguiente:

PRIMERA ETAPA

EL AMOR QUE PRODUCE EL NUEVO NACIMIENTO“: Con éste recibimos la primera porción del amor, que, como una semilla, germinará a través del crecimiento en Cristo. Recibir a Cristo es recibir el amor encarnado, pues sin entender ni comprender, la experiencia de la salvación nos da gozo, paz, alegría y sobre todo, un tremendo deseo de compartir con otros el amor de la Jesús. Este primer amor del cual habla Juan en Apocalipsis, es el que nace con la experiencia redentora (Ap. 2:4) y es una reacción emotiva que mueve al convertido a una actitud fervorosa y entrega absoluta a su Señorio, donde a veces, en su deseo de compartir eso que siente, cae en el error de “molestar a otros”. Este arranque en los caminos del amor choca con actitudes muchas veces incorrectas e impulsivas que nacen de una naturaleza viciada por el pecado y defectos de carácter, los cuales antes ignoraba, y que impiden su victoria sobre el mal, iniciándose entonces una etapa de lucha entre su carne, con sus tendencias pecaminosas, y su espíritu, bajo la influencia del Espíritu de Dios que lo quiere llevar a una vida superior. Entonces se produce una confrontación entre las dos naturalezas: la carnal y la espiritual.

Los frutos de la carne que son ira, enojo, malicia, blasfemia, avaricia, etc. (Colocenses 3:5-8), los cuales quieren dominar a los frutos del Espíritu, que son amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, etc. (Galatas 5:22-23), ocurriendo, por un tiempo indefinido, esta crisis de luchas entre estas dos naturalezas opuestas que están en nosotros. Es por ello que San Pablo describe claramente este hecho como la lucha contra nuestros miembros, en los cuales mora la tendencia al mal, ya que no hacemos el bien que queremos, sino el mal que no queremos; o sea, los defectos y las tendencias pecaminosas que han formado en nuestro carácter malas ideas y costumbres, y lo cual persiste a través de largo tiempo, aún después de convertido (Romanos 7:14-21). A esto le llama San Pedro “la vana manera de vivir que recibimos de nuestros padres” (1 Pedro 1:18).  Es por ello que muchas veces, en nuestro fervor de darle a otros el amor que tenemos, cometemos errores de conducta, producto no por la falta de amor, sino por la incapacidad de canalizar ese amor por los caminos correctos, según nos lo enseña la Palabra de Dios. He visto hermanos llenos de amor, que cuando sus amigos rechazan el mensaje de esperanza, se frustran, e incluso, se enojan con los que no recibieron su mensaje, olvidando que el amor todo lo soporta.

Debemos vencer esta fuerza carnal de malas ideas y costumbres, y superarlas, obteniendo una vida dominada por el Espíritu, él cual puede ayudarnos en nuestras debilidades humanas (Romanos 8). Según aprendemos a vivir en el Espíritu, más fácil y más grande se va haciendo el camino del amor. Es necesario, para alcanzar este dominio del Espíritu, una mayor renunciación al “yo” y una mayor exaltación del “Señorío de Cristo” en nosotros.

SEGUNDA ETAPA

En la segunda etapa o metamorfosis, descubrimos que a través de la plenitud del Espíritu Santo “recibimos un bautismo de amor con la venida del Espíritu Santo al corazón“. Dice la palabra de Dios que cuando somos bautizados, “El Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Romanos. 5:5). Somos conscientes, entonces, que el Espíritu imparte carismas o dones, mencionados en la primera epístola a los Corintios, capítulo doce, pero que la norma que regula esos dones es el AMOR, el cual Pablo define como el don por excelencia (1 Corintios 12:31 y capítulo 13). Cuando andamos en el Espíritu, andamos también en amor (Efesios. 5:2) porque Dios es Amor (1 Juan. 4:8). Un ejemplo que nos puede ayudar a comprender esto está en el hecho que yo tenga un amigo llamado Antonio y éste, a su vez es médico, así que ambos son una misma cosa, cuando yo ando con Antonio, también ando con el médico; así pues, andar en el Espíritu es andar con Dios, y andar con Dios es andar en amor, porque “Dios es amor”, por lo tanto, el que no vive en amor, no conoce a Dios, porque éste se manifiesta por el Espíritu en Amor.

Hay muchos que siendo bautizados en el Espíritu Santo alegan necesitar más amor, pero ¡NO!, el amor ya está dentro de nosotros junto con la presencia del Espíritu cuando nos convertimos, sólo tenemos que dejarlo fluir, para ello debemos negarnos a nosotros mismos para dejar a Dios operar con “todos sus dones”, de los cuales el amor es el más importante. En otro capítulo hablaremos más de este tipo de amor, pero por ahora concluyo estableciendo el siguiente concepto:

“Una vida llena del Espíritu Santo, es una vida llena de amor, porque andar en el Espíritu es andar inundado del Amor como DON INEFABLE.

Sin embargo, muchas veces, aun con la plenitud del Espíritu, nos cuesta trabajo expresarle el amor a algunas personas, pues ciertas fricciones, o contiendas, crean en nuestro “yo” frustraciones que apagan el mismo, ya que por “multiplicarse la maldad, el amor de muchos se enfría” (Mateo 24:12). Es entonces cuando el Espíritu queda bloqueado por nuestros sentimientos y razonamientos, creándose reacciones de desprecio, despecho, rechazo, aborrecimiento a ciertas personas que con su conducta o palabras han herido nuestro orgullo o “ego”, apareciendo el fenómeno de  la “limitación en Amor” que, poco a poco, contrista al espíritu, y  sin darnos cuenta de ello, decaemos y nos estancamos en nuestro crecimiento espiritual. Es entonces, cuando cuesta trabajo actuar en amor, razón por la cual tenemos que entrar en la tercera etapa.

TERCERA ETAPA 

El amar es un mandamiento imperioso y obligatorio para el cristiano“. Esta forma de amor podría catalogarse como amor a la fuerza o por obediencia, pues somos conscientes que nos cuesta trabajo AMAR a aquellos que nos caen mal, o nos hacen daño, considerándoles a veces nuestros enemigos. El Espíritu nos revela que cuando hay enemistad hacia los hermanos andamos mal, y la Palabra confirma que nuestra conducta está fuera del orden divino; pero debido a nuestra naturaleza viciada le damos más importancia a nuestros caprichos y sentimientos, que a la voz del Espíritu y del conocimiento. Al cerrarnos en esta actitud negativa, pues en realidad no sentimos amor, caemos en una de estas dos alternativas: o nos volvemos egocéntricos, contristando al Espíritu y caemos en carnalidad y niñería espiritual (1 Corintios 3:3) o nos sobreponemos a nuestros propios deseos y obedecemos al mandamiento de Dios, dando amor aunque nos cueste trabajo y esfuerzo.

Cuando amamos por obediencia, actuamos en una forma forzada, ya que hacemos, no lo que queremos, sino lo que el Señor nos manda, pues si Él es Señor de nuestras vidas y Él es el que manda, queramos o no, tenemos que amar y perdonar a nuestros enemigos hasta setenta veces siete, y no hay por dónde escapar (Mateo 18:22).

En cada etapa del amor encontramos experiencias diferentes. Cuando encontramos a Jesús, sentimos gozo y un gran deseo de compartirlo con nuestros amigos y familiares. Cuando el Señor nos bautiza en su Espíritu Santo sentimos el ardiente deseo de compartir esas experiencias, y la necesidad de la unidad entre los que forman el cuerpo de Cristo se hace mayor. Pero cuando amamos porque es un mandamiento y una obligación impuesta por el Señor, encontramos que al principio esto nos cuesta un trabajo tremendo, pues es tan humillante y tan poco expresivo, que antes de hacerlo hay una fuerte lucha entre el “yo”, que se niega a dar amor al que nos trata mal o nos hace algo negativo, y el Espíritu, que nos lleva a la obediencia de la ley de Jesús; mas si logramos hacerlo, encontramos, como por arte de magia, un camino más rápido y directo a la perfección, porque la perfección en el amor es la base para la perfección en Jesús (1 Juan 4.12). Amar a los que no queremos, cuesta trabajo, pero es la forma más hermosa de demostrar nuestro amor a Cristo Jesús, y revelar el amor “AGAPE”,  que nace más de una entrega, que de un compromiso.

Sé que es difícil esto, y algunos dirán: “Pero la biblia dice que el amor sea sin fingimiento” (Romanos 12:9) y es cierto, pero en esta cita se habla del amor en familia, o sea, en la iglesia, pues si tenemos algo contra alguien, debemos confesarlo; pero este amor a los enemigos se sale de la iglesia y se proyecta al mundo. Dar amor al que nos hace mal es un acto de obediencia a Dios y aunque no exista “amor en nosotros mismos”, Dios nos dará, por su Espíritu, la fuerza para ejercer ese amor, y  una vez que actuemos en obediencia, sentiremos el poder de Dios.

En mi propia vida he tratado y dado amor a personas que me han hecho mal, o han hablado mal de mí, o me han caído muy pesadas al principio; lo hice porque así lo manda el Señor, contra mis propios deseos y después descubrí que,  sin quererlo, los amaba tanto que empecé a ver en ellos, ya no los defectos, pues todos los tenemos, sino las virtudes escondidas, que por el prejuicio y el odio no podía descubrir; y algunos de esos, que traté de muy mala gana, se convirtieron en fuente de bendición para diferentes etapas de mi vida. He aprendido la lección; muchas veces tenemos que comenzar a amar en el Espíritu, porque éste quiere amar a todos, aunque la carne sufra; para después terminar amando en la carne, esto es, el placer de nuestra aceptación personal. Es el amor una virtud del Espíritu, que no tiene barrera, y se perfecciona por medio de la obediencia a la Palabra, que es la voluntad de Dios para todos sus hijos.

Y para concluir, quiero usar las palabras del mismo Maestro cuando dijo: “Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis?, ¿no hacen también lo mismo los publicanos?, y si saludáis a vuestro hermano solamente, ¿qué hacéis de más?, ¿no hacen también así los pecadores?…” (Mateo 5:46-48). Este es el Amor que nos engrandece, el que se da a los que no queremos, a los que no son de nuestra familia, a los que rechazamos u odiamos. Cuando podemos vencer nuestro propio capricho para dejar a nuestro espíritu obedecer el mandato del Señor, eclipsando y crucificando nuestro “yo” para exaltar su SEÑORÍO en nosotros, entonces alcanzamos esta maravillosa dimensión que excede a todo conocimiento. Amar porque Jesús así lo ordena, porque “todo lo que yo haga tendrá su recompensa, si lo hago para el Señor, y cuanto más trabajo nos cueste amar, más glorificaremos a Dios con nuestras vidas”.

CONCLUSIÓN:       

Hay otras etapas o formas de amor, pero describiremos algunas más en otros capítulos. Quiero aclarar que no hay fin para los caminos del amor, ya que éste es tan profundo que rebasa los límites humanos; por lo cual, no podríamos expresar en toda la vida, las experiencias y el conocimiento del AMOR DE DIOS manifiesto a cada paso de nuestra propia existencia.

He traído solamente los tres aspectos del amor que debemos tener como base para el inicio de una carrera que no terminará en la tierra, porque este amor, sólo podrá ser alcanzado, en su plenitud total, cuando seamos glorificados y reinemos con Jesús en los cielos por toda la eternidad. Hemos puesto en un gran edificio, tres ladrillos, cuya altura es incomprensible, los demás ladrillos los pondrá el Señor cuando vayamos creciendo en el Espíritu y obediencia a su Palabra.

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[1] -Philia phylos (del griego φιλíα), Phil- (Philo-) es un antiguo término griego para referirse al amorfraterno, incluyendo amistad y afecto
[2]Agápē (en griegoἀγάπη)? es el término griego para describir un tipo de amor incondicional y reflexivo, en el que el amante tiene en cuenta sólo el bien del ser amado. el “Agapē”, o amor espiritual y “storgé”, es un amor que implica compromiso.

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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