EL ORIGEN DE LOS PROFETAS –I-

(NOTA: Este articulo lo encontré años atrás y lo traigo a la luz pública, pero no se quien es su autor, pero lo tengo desde hace 6 años. Lo revise y le añadí aclaraciones al pie de página. Su contenido es bien profundo. Su estudio requiere el uso de la Biblia pues despeja errores en relación a las modernas ondas proféticas que hoy nos invaden.  M.F)

I. La función profética

a. El profeta normativo

La primera persona a la cual la Biblia llama profeta (heb. naµb_éÆ) es Abraham (Gen. 20.7; cf. Sal. 105.15), pero la profecía adquirió su forma normativa en la vida y persona de Moisés, cuyo ministerio sirvió de pauta a todos los profetas posteriores (Det. 18.15–19; 34.10) Todos los rasgos que caracterizaban a los verdaderos profetas de Dios según la tradición clásica de la profecía testamentaria se hallaban ya en Moisés.

Moisés recibió un llamamiento específico y personal de parte de Dios, quien necesariamente toma la iniciativa cuando se trata de profetas verdaderos (Ex. 3.1–4.17; cf. Is. 6; Jer. 1.4–19; Ez. 1–3; Os. 1.2; Am. 7.14–15; Jon. 1.1), pues sólo los profetas falsos se atreven a arrogarse el cargo por su cuenta (Jer. 14.14; 23.21). Como se deduce de las referencias anteriores, la introducción del profeta a la presencia de Dios constituía tanto la finalidad como el efecto de la vocación divina; he ahí el “secreto” o el “consejo” del Señor (1 R. 22.19; Jer. 23.22; Am. 3.7). El profeta se presentaba ante los hombres como aquel que había estado primeramente en la presencia de Dios (1 R. 17.1; 18.15).

El discernimiento profético frente a la historia arranca del ministerio de Moisés. Cuando Isaías llevó a cabo su tremenda campaña contra la idolatría, uno de sus más poderosos argumentos—que sólo Jehová es autor de la profecía y que, en el mejor de los casos, los ídolos no pueden hacer mas que interpretar acontecimientos ya consumados (p. ej. 45.20–22)—tiene su origen en el ministerio de Moisés y en el éxodo. Cuando Dios envió a Moisés a Egipto, su siervo ya estaba en posesión de la clave que servía para la interpretación de los magnos acontecimientos prontos a cumplirse. La historia se hizo revelación divina porque, detrás de la situación histórica se hallaba un hombre, preparado de antemano, capaz de interpretarla. Moisés no tuvo que esforzarse por descubrir el significado de los acontecimientos según se desenvolvían, o después de su consumación, puesto que lo sabía de antemano por las comunicaciones verbales de Dios. Se puede decir lo mismo de todos los profetas. Entre todas las naciones de la antigüedad, sólo Israel comprendió el significado de la historia, debiendo su discernimiento a los profetas, como estos, por obra del Señor de la historia, se lo debían a Moisés.

De igual modo, la preocupación ética y social de los profetas halla sus raíces en la obra de Moisés, pues, aun antes de su llamado ya se había interesado en el bienestar social de su pueblo (Ex. 2.11ss; cf. vv. 17), y después, en su función de legislador profético, bosquejó el código más humanitario y filantrópico de la antigüedad, que al hacer provisión para los desvalidos (Dt. 24.19–22, etc.) se erigió en enemigo de los opresores (p. ej. Lv. 19.9ss).

Muchos de los profetas se enfrentaron a sus reyes, desempeñaron un papel activo en la política de la nación, semejante al de un estadista. He aquí otra función profética que halla su prototipo en Moisés, quien fue legislador de la nación, a tal punto que se le llama “rey” (Dt. 33.5). Es interesante notar que los dos primeros reyes de Israel fueron profetas, pero esta combinación de cargos no se consolidó. El gobierno mosaico-teocrático se prolongó mediante la asociación del rey ungido con el profeta ungido.

Hallamos también en Moisés esa combinación de proclamación y predicción que caracteriza a todos los profetas. Trataremos este punto con más detalle al considerar los rasgos generales de la profecía. Hacemos esta mención pasajera para demostrar que Moisés estableció también la norma en esto, a saber, que con el fin de aclarar la situación del momento a menudo el profeta emprende la tarea de presentarla dentro de la perspectiva de acontecimientos aun futuros, y precisamente esta trabazón entre proclamación y predicción que lo que distingue al profeta del mero pronosticador. Incluso cuando Moisés dio a conocer su gran profecía acerca del Profeta Venidero (Dt. 18.15ss), sus palabras tenían que ver con los problemas sumamente apremiantes derivados de la actitud del pueblo de Dios frente a las prácticas y atractivos de los cultos paganos.

En el ministerio de Moisés distinguimos dos características que habían de destacarse en los profetas que le sucederían. Muchos profetas se valieron de símbolos para subrayar su mensaje (p. ej. Jer. 19.1ss; Ez. 4.1ss). Moisés se valió del símbolo de las manos levantadas (Ex. 17.8ss) y de la serpiente también levantada (Nm. 21.8), amén del intrincado simbolismo cúltico[1] que entregó a la nación. Finalmente aparece en su obra el aspecto intercesor del cometido profético. Se presentaba “por el pueblo delante de Dios” (Ex. 18.19; Nm. 27.5) y en una ocasión notable, se colocó literalmente “en la brecha” como hombre de oración (Ex. 32.30ss; Dt. 9.18ss; cf. 1 R. 13.6; 2 R. 19.4; Jer. 7.16; 11.14).

b. Los títulos de los profetas

Se usan dos designaciones de carácter general para señalar a los profetas: la primera, “hombre de Dios”, los describe según su manifestación frente a sus semejantes. Este título se aplicó primero a Moisés (Dt. 33.1), y se usó continuamente hasta el fin de la monarquía (p. ej. 1 S. 2.27; 9.6; 1 R. 13.1, etc.). Tenía como fin distinguir a los profetas de los demás hombres, como se destaca en la declaración de la sunanita: “Yo entiendo que éste que siempre pasa por nuestra casa, es varón santo de Dios” (2 R. 4.9). El otro título general era el de “mi, tu, su, siervo”. Aparentemente otros hombres no solían dirigirse a los profetas como “siervos de Dios”, pero Dios mismo los describía frecuentemente como “mis siervos”, lo que daba lugar al uso también de “sus siervos”, y “tus siervos” (p. ej. 2 R. 17.13, 23; 21.10; 24.2; Esd. 9.11; Jer. 7.25). Se expresa así la relación entre el profeta y Dios, fue Moisés quien primeramente llevo este título (p. ej. Jos. 1.1–2).

Tres voces hebreas designaban al profeta: naµb_éÆ<, roµ<eh, y h\oµeh. La traducción invariable de la primera es “profeta”; la segunda, que es, en su forma, participio activo del verbo “ver”, se traduce “vidente”; el tercer término, también participio activo de otro verbo “ver”, no tiene, por desgracia, un equivalente exacto en castellano, pero se traduce “profeta” (p. ej. Is. 30.10) o “vidente” (p. ej. 1 Cr. 29.29).

Se ha discutido mucho sobre la derivación de naµb_éÆ<. Parece ser que hemos de optar por una raíz arcádica[2], y la elección está entre el profeta como el que es llamado, o el que llama a los hombres en nombre de Dios. Tanto el sentido pasivo como el activo describen admirablemente el carácter y la función del profeta según se hallan en el AT. Se ha mencionado poco la posibilidad de que el profeta sea el que invoca a Dios en oración, pero no deja de ser, también, un rasgo característico del profeta, incluso desde el principio (Gn. 20.7).

La relación entre los términos naµb_éÆ, roµ<eh y h\oµeh entre sí se ha discutido ampliamente. Aparentemente versículos como 1 Cr. 29.29, que parecen emplear las voces con mucha precisión (a Gad se lo describe como h\oµeh en el heb.), sugerirían que deberíamos buscar los matices exactos que corresponden a cada término. Sin embargo, el examen del uso veterotestamentario[3] en general no apoya esta matización precisa de los términos. El uso de las palabras varía según dos períodos, señalados por 1 Sam. 9.9: primeramente, se destaca el período temprano cuando naµb_éÆ< y roµ<eh se distinguían; pero hemos de considerar también el período posterior—en que vivió el autor de 1 Sam. 9.9—cuando naµb_éÆ< vino a ser sinónimo de roµ<eh, con o sin connotaciones que reflejan el significado primitivo. El documento fuente para el período primitivo es 1 Sam. 9–10, y tratándose de él, no parece difícil comprender el significado de los dos términos: naµb_éÆ< (profeta) viene a ser miembro de una sociedad que se entrega a manifestaciones extáticas colectivas y contagiosas (1 S. 10.5–6, 10–13; 19.20–24), mientras que el roµ<eh (vidente) obra aparte, y se presenta como una persona mucho más importante y destacada. El título se emplea diez veces, de las cuales seis se refieren a Samuel (1 S. 9.11, 18–19; 1 Cr. 9.22; 26.28; 29.29) . Este profeta ilustra las funciones del roµ<eh por excelencia.

Pasando al período tardío, sin embargo—el señalado por 1 Sam. 9.9—, no podemos hacer distinciones tan precisas. Es notable que h\oµeh se menciona siempre en relación con el rey en todo Crónicas (excepción hecha de 2 Cr. 29.30), pero la interesante sugerencia de que ocupaba el cargo oficial de vidente residente en el palacio no se ajusta a los testimonios. Aun en Crónicas funciona a menudo igual que el naµb_éÆ< (p. ej. 2 Cr. 19.2; 33.18), y en general aparece como el historiador de la corte, cometido que también corresponde al naµb_éÆ< y al roµ<eh, (2 Cr. 9.29; 12.15; cf. 1 Cr. 29.29).

c. Predecir y pregonar

Con demasiada frecuencia, en los estudios que se han tributado alabanzas un tanto superficiales a la unicidad del fenómeno profético en Israel para luego, contradictoriamente, someterlo a juicio y a las críticas, restando importancia a su carácter único, y buscando explicaciones puramente racionalistas de las pruebas. De hecho, no tenemos más que una sola fuente de información que ilumine la persona y función del profeta veterotestamentario, o sea el AT mismo, que debe tratarse como documento original de primordial importancia.

En primer término, el profeta era portavoz de la palabra de Dios. Aunque a veces se entregaba a funciones distintas, tales como los intrincados actos simbólicos de Ezequiel, ellos constituían medios secundarios que servían para hacer llegar la palabra divina a sus coetáneos. Esta palabra no se presentaba, por así decirlo, como mera opinión, como si Dios deseara que los hombres se enterasen del punto de vista divino antes de formular sus propias decisiones; constituía más bien la convicción del profeta de que la proclamación de la palabra de Dios era capaz de cambiar radicalmente la situación total. Un ejemplo se halla en Is. 28–29, que describe en primer lugar los esfuerzos del pueblo por hallar una solución satisfactoria al apremiante problema del oportunismo poético y, como consecuencia, el de rechazar la palabra de Dios. La situación se desenvuelve en los cap(s). 30 en adelante, resultando que no se trata ya de buscar un equilibrio de potencias políticas entre Judá, por una parte, y Asiria y Egipto, por otra, sino de la relación espiritual entre Juda, Asiria, y Egipto, por una parte, y la palabra de Dios por otra. La palabra llega a ser factor activo que se agrega a la situación, impulsándola en la dirección indicada por la palabra hablada (Is. 40.8; 55.11; ).

Al mismo tiempo los profetas se referían a la situación en primer término por medio de amonestaciones y palabras de aliento relativas al porvenir, de modo que casi todos los profetas se presentan en primer lugar como vaticinadores (p. ej. Am. 1.2). Discernimos tres motivos primordiales que justifican las predicciones: es a todas luces necesario que las personas tengan alguna idea del porvenir si han de ejercer su responsabilidad moral en el momento de actuar en el presente. Esta consideración inmediatamente eleva la predicción veterotestamentaria por encima del mero pronóstico que quiere satisfacer la curiosidad carnal. Los llamados al arrepentimiento (p. ej. Is. 30.6–9) y las exhortaciones a la santidad práctica (p. ej. Is. 2.5) surgen por igual de una palabra profética; la visión que revela la ira venidera motiva el llamado a buscar la misericordia de Dios ahora; la perspectiva de la bienaventuranza futura presta Fuerza a la exhortación de andar desde ya en la luz.

Segundo, las predicciones surgen del hecho de que los profetas hablan en el nombre del Santo que gobierna la historia. Hemos notado anteriormente que los profetas fueron llamados sobre todo al conocimiento de Dios, y de ahí su discernimiento en cuanto a lo que él había de hacer mientras guiaba el acaecer de la historia según los inmutables principios de su naturaleza santa. Como profetas, pues, poseían la información básica de los caminos de Dios, puesto que Dios había declarado su nombre para siempre por medio de Moisés y por la lección del éxodo (Ex. 3.15). Los profetas estaban informados en cuanto a los secretos del Señor (Am. 3.7).

Tercero, al parecer la predicción forma parte integrante del concepto de la función profética, como vemos en Dt. 18.9ss.: Israel estaba para entrar en la tierra de Canaán, y en ese momento recibió aviso no sólo de las abominaciones culticas que hallaría allí, tales como la inmolación de criaturas humanas, sino también a las practicas religiosos de los cananeos, como la adivinación. Hallarían agoreros que pretendían por diversos medios levantar el velo que esconde el porvenir. Frente a ellos el israelita había de prestar oído al profeta que el Señor levantaría de entre sus hermanos, y al hablar este en nombre del Señor había de ser juzgado precisamente por la exactitud de sus predicciones (v. 22). He aquí un dato que ofrece una clara demostración de que Israel esperaba predicciones de sus profetas, y de que el vaticinio pertenece a la misma esencia de la función profética.

Hemos de notar que los dones telepáticos y clarividentes de los profetas abarcaban conocimientos extraordinariamente detallados. Eliseo tenía fama de poder saber lo que se decía en secreto en lugares alejados (2 R. 6.12), y dio pruebas de la exactitud de tal opinión en cuanto a sus poderes. Ezequiel adquirió justificada fama por su conocimiento detallado de lo que acontecía en Jerusalén, estando él en Babilonia (Ez. 8–11). Es inútil procurar evadir las implicaciones de estos testimonios bíblicos, pues las notables potencias psíquicas de los profetas eran notorias. Por ello no conduce a nada poner en tela de juicio su conocimiento anticipado de nombres personales como en 1 R. 13.2; Is. 44.28 (cf. Hch. 9.12). Puesto que no hay incertidumbre en cuanto al texto original en estos pasajes, todo se reduce a si aceptamos o no las pruebas del AT en cuanto a la naturaleza de la profecía. El hecho de que existan esas predicciones tan detalladas concuerda perfectamente con el cuadro general de la profecía bíblica, y deberíamos recordar que no es legítimo plantear el problema en función de nuestro conocimiento del tiempo transcurrido entre predicción y cumplimiento preguntándonos cómo podía conocer el profeta el nombre de una persona que no nació sino centenares de años después de su propia época. No se dice nada de “centenares de años” en los contextos de referencia, que es algo que nosotros añadimos a la luz de conocimientos posteriores. Hemos de plantear el problema en términos más sencillos, preguntándonos si, a juzgar por lo que sabemos de los profetas del AT, hay algo que haga imposible su conocimiento anticipado de nombres personales. A la luz del AT no cabe más que una respuesta negativa.


[1] – En relación al culto.

[2] – Perteneciente o relativo a la arcadia, provincia de grecia, o a los árcades

[3] – Del lat. vetus, -ĕris ‘viejo’ y testamentario. Referente al A.T.

CONTINUARA——

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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