LA SALVACIÓN Y LAS BUENAS OBRAS (I)

Ángel Bea

Muchas discusiones han tenido lugar en torno al tema de si la salvación se gana por medio de las obras o es por medio de la fe solamente. Sobre todo desde el tiempo de la llamada Reforma Protestante. El contexto en el cual se vivía, así como la enseñanza que se daba a los fieles era que el cristiano tenía que hacer méritos para alcanzar su salvación. La consecuencia lógica era que las personas se esforzaban por haber el bien, más por el interés de lo que recibirían que por el amor a Dios y al prójimo. E incluso se llegó a pensar y creer que la salvación era algo que podía comprarse con dinero. Finalmente, los reformadores, guiados por lo que enseñaban las Sagradas Escrituras, establecieron “las cinco solas”: “Sola Escritura” “Sola gracia”; “Solo Cristo”; “Sola fe” y: “A Dios solo sea la gloria”. 

La Biblia nos enseña que nada de lo que nosotros podamos hacer podrá pagar, añadir o quitar a la realidad de nuestra salvación que, en todo caso, es por gracia y sobre la base de la misericordia de Dios. La salvación no se compra ni se puede ganar en base a las buenas obras; pero la salvación se evidencia y se confirma con las mismas obras.

Tomemos, por ejemplo, la carta del Apóstol Pablo a Tito. Cuando el Apóstol Pablo habla de la salvación, él se refiere a ella en tiempo pasado. Él dice que Dios “Nos salvó” (Tito, 3.4-5). La salvación, entonces, es un hecho que ya se realizó cuando se manifestó “la gracia y la bondad de Dios para con los hombres” y que tuvo su cumplimiento con la muerte de Jesucristo en la cruz. Ese es el hecho histórico y objetivo (Gál.4.4-5; Tito 2.11,4); el otro aspecto tiene que ver con el tiempo en el cual nosotros le confesamos como Señor y Salvador y nos entregamos a él. En ese “momento” recibimos el cumplimiento de la promesa divina que dice: 

“El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no   

vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida”. (J.5.24)

Así que, en el Nuevo Testamento nuestra salvación siempre se contempla como algo que ocurrió en el pasado, con la muerte y la resurrección de Jesús como un hecho seguro e inamovible. Algo que creemos y aceptamos por fe. No obstante, la salvación plena tendrá lugar en el futuro, con la manifestación gloriosa de nuestro Señor Jesucristo. De ahí que Pablo también dijera: 

“Porque en esperanza fuimos salvos…” (Rom.8.24-25). El “fuimos” hace referencia al pasado, mientras que la “esperanza” hace referencia al futuro. Dicha esperanza es “viva”, “bienaventurada”, “gloriosa” e “imperecedera” (Col.1.27; Tito, 2.13; 1ªPd.1.3-4) 

Notemos que el apóstol Pablo escribió: “Nos salvó…”; no dice, “nos salvará” sino “nos salvó”. Pero añade, además: “No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia…” (Tito, 3.5). La afirmación paulina no puede ser más clara. No se trataba tanto de nuestras obras meritorias las que nos hicieron merecedores de la salvación divina, sino que Dios actuó movido por su misericordia. Que Dios tuviera misericordia de nosotros, habla de nuestra condición de oscuridad espiritual, corrupción moral y ética, en un estado lamentable de perdición. (Tito, 3.3). 

Entonces, tiene todo sentido que Dios fuera “movido a misericordia” actuando a nuestro favor, para salvarnos. Es necesario insistir en ello: No fueron nuestras “buenas obras”. El precio de nuestra salvación es demasiado grande para que nosotros pudiéramos pagarlo. Así que la salvación fue y es un regalo de Dios hacia nosotros, pecadores perdidos.

Cuando después de años de práctica de religión yo estaba buscando ese “algo” que diera paz a mi vida sin encontrarlo, luego lo conocí a través del Señor Jesús. Entonces fui a contárselo al párroco de mi barrio. Él me riñó y me dijo que eso no podía decirse: “Eso es soberbia. Nadie puede decir que ya es salvo. Solo Dios lo determinará el día del Juicio Final; ¡Y dependerá de nuestro comportamiento!”. No hubo manera de convencerle de que el tiempo del verbo usado en el Nuevo Testamento era el presente: “Tiene vida eterna». No en futuro: «Tendrá vida eterna» 

La idea que él tenía de la salvación era que se ganaba por medio de nuestras obras meritorias. Pero esa era la idea que yo también había aprendido y tenido desde pequeño: Una salvación ganada por medio de las obras. Una salvación que dependía de mí y de mi comportamiento. Una salvación que se me daba como “premio” a mi “buen hacer. Pero en ese tipo de vida religiosa uno nunca está satisfecho; nunca encuentra la paz para su alma. Y si acaso llega a creérselo eso sí que es soberbia, dado que pasa por encima de lo establecido por Dios mismo. (Ef.2.8-9). Por tanto, al “nos salvó” de Pablo, el Apóstol Juan, de forma consecuente declaraba estas palabras a los que ya habían creído y estaban andando en fe: 

“Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna…” (1ªJ.5.13). 

Los apóstoles no estaban diciendo nada contrario a lo enseñado por el Señor Jesús. Como ya dijimos más arriba. Jesús dijo: “El que oye mi palabra y cree al que me envió tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, porque ha pasado de muerte a vida” (J.5.24). 

Por tanto, bendita, firme, segura y gloriosa esperanza la del cristiano, que tiene su origen en Dios mismo, está motivada por el amor de Dios y fue llevada a cabo por el poder de Dios mediante su Hijo, el Señor Jesús (Heb.6.18-20; 1ªP.1-3-5). 

Acerca de unidoscontralaapostasia

Este es un espacio para compartir temas relacionados con la apostasia en la cual la Iglesia del Señor esta cayendo estrepitosamente y queremos que los interesados en unirse a este esfuerzo lo manifiesten y asi poder intercambiar por medio de esa pagina temas relación con las tendencias apostatas existentes en nuestro mundo cristiano.
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