Nelly Montalvo
Como mencioné anteriormente, al aceptar el sacrificio de Jesús en la cruz del calvario recibimos el poder sobrenatural de Dios. Este poder nos capacita para hacer las cosas que antes no podíamos hacer por nosotros mismos. En esta nueva naturaleza, tenemos que aprender a vernos como Jesús nos ve, teniendo una relación personal con Él, de la misma forma que Él la tuvo con el Padre: “Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar” (Juan 12:49).
Jesús hablaba y hacia sólo lo que el Padre le pedía. Su relación era única, porque Jesús pensaba lo que el Padre pensada, hablaba lo que el Padre le hablaba y hacía lo que el Padre le decía que hiciera. Jesús no decía nada de sí mismo, porque Él conocía al Padre y sabía todo lo que el Padre deseaba que Él hiciera. Así Jesús cumplió la voluntad perfecta del Padre.
Dios nos llama a imitar a Jesús. Imitándolo, podemos estar seguros que estamos cumpliendo su voluntad y podremos llevar a cabo todos sus propósitos para nuestra vida. Pablo exhortaba que lo imitaran como él imitaba a Cristo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1). Cuando imitamos a Jesús, pensamos como Dios, porque Jesús piensa lo que el Padre piensa. Para imitar a Jesús tenemos que conocerlo en una forma personal y tener una relación diaria con Él, así como Él la tuvo con el Padre. En las Escrituras encontramos su sumisión, su personalidad, sus características y todo lo referente a su vida.
La Palabra es la guía espiritual que debe guiar nuestro corazón, nuestra mente, nuestros pensamientos, y todo lo que decimos y hacemos. Así llegaremos a pensar y actuar como Jesús actúa. Nuestra vida es transformada cuando la Palabra de Dios está en nuestro corazón. Como creyentes, la paz de Dios caracterizará nuestra vida, ya que esta será el reflejo de la vida de paz de Jesús. Ya no viviremos conforme a una perspectiva humana, sino según la voluntad de Dios.
Cuando nos despojamos de nuestros criterios humanos, entonces nuestro corazón es transformado y Dios nos prepara para llevar a cabo su voluntad y ser sus representantes. Podemos ayudar a otros, ministrando conforme a lo que dice la Biblia y no con experiencias o consejos de otras personas. Muchas veces estos consejos o experiencias son buenas y nos ayudan en el momento, pero no sanan las heridas de nuestro corazón. La Palabra, es la única que sana y cambia nuestro interior, ya que el Espíritu Santo nos recuerda la Palabra cuando más la necesitamos.
Me viene a la memoria un incidente simple que pasó en mi vida. Estas cosas simples son las que reflejan cómo está nuestro corazón. Estaba en una conversación telefónica y no podía entender lo que la otra persona me decía. Le pedí que, por favor, me repitiera lo dicho, pero no lo hizo, solo permaneció en silencio por más de un minuto. A mí me pareció una eternidad ya que no sabía qué hacer. Solo por esa simpleza me molesté mucho y sentí decirle algo no muy positivo. No pensé que quizás no me había escuchado, sino que, saltando a conclusiones rápidas, quería decirle algo brusco. De repente el Espíritu Santo intervino y me hizo esta pregunta ¿Cómo actuaría Jesús en esta situación? Reaccioné al instante al sentir esa pequeña voz interna que me hablaba y por unos segundos me concentré en lo que Jesús hubiera hecho. Mientras meditaba en esto, todo aquello que sentía dentro de mí comenzó a cambiar. Me sentí avergonzada y me arrepentí de ser tan sensitiva. De repente la paz, la tranquilidad y el amor de Dios comenzaron a inundar todo mi ser. En esos momentos de gozo pude comprender que, si siempre actuara como Jesús, mi vida sería de mucha más bendición y productividad. Desde aquel momento, decidí actuar con amor como Jesús lo hubiese hecho. Además, llegué a la conclusión que en el corazón tenemos muchas áreas que tienen que ser sometidas al Espíritu Santo.
uchas veces nos molestamos por cosas insignificantes. No realizamos que con esas actitudes dañamos aquellos que están a nuestro alrededor. Tenemos que tener mucho cuidado de nuestro comportamiento diario, ya que no es lo que decimos lo que define nuestro corazón, sino lo que hacemos. Aún sin darnos cuenta podemos engañarnos a nosotros mismos, porque a Dios no lo podemos engañar. Él conoce todo de nosotros, Él conoce nuestros pensamientos, todo lo que vamos a hablar y cómo vamos a reaccionar: “Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; Has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, Y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, Y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; Alto es, no lo puedo comprender. ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba Y habitare en el extremo del mar, Aun allí me guiará tu mano, Y me asirá tu diestra. Si dijere: Ciertamente las tinieblas me encubrirán; Aun la noche resplandecerá alrededor de mí. Aun las tinieblas no encubren de ti, Y la noche resplandece como el día; Lo mismo te son las tinieblas que la luz. Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, Maravillosas son tus obras; Estoy maravillado,Y mi alma lo sabe muy bien. No fue encubierto de ti mi cuerpo, Bien que en oculto fui formado, Y entretejido en lo más profundo de la tierra. Mi embrión vieron tus ojos, Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas Que fueron luego formadas, Sin faltar una de ellas. ¡Cuán preciosos me son, oh, Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! Si los enumero, se multiplican más que la arena; Despierto, y aún estoy contigo” (Salmos 139:1-18).
Lo bello de Dios es que Él no hace acepción de personas y como te ama a ti, así ama a tu prójimo y aún a todos aquellos que puedas considerar tus enemigos. Él no hace separación de color, raza, lenguaje o nacionalidad. Él nos creó y nos ama y así nos espera que amemos a nuestros semejantes: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:39). Cuando amamos a Jesús y aprendemos a amar a nuestro prójimo siendo misericordiosos, lo estamos imitando y comenzamos a actuar en forma diferente. Nos negamos a nosotros mismos y nos entregamos a servir a nuestros semejantes, en espíritu y en verdad, sin ninguna reserva. Comenzamos a resaltar lo positivo de cada persona y no lo negativo, reflejando el gozo y la paz de Dios.
En conclusión, cuando imitamos a Jesús pensamos como Él piensa. Cuando pensamos como Él piensa, hablamos como Él habla. Cuando hablamos como Él habla, actuamos como Él actúa. Cuando actuamos como Él actúa, nuestro carácter se transforma y lo podemos imitar en toda área. Entonces seremos vasos de gloria para su uso, y gozar de su paz.
Tenemos que dedicar tiempo para estudiar su palabra, e imitarlo en todos sus caminos. Entonces podremos decir como dijo el Apóstol Pablo: “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo” (1 Corintios 11:1). Entonces, sentiremos su paz la cual inundará nuestra vida: “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz” (Juan 16:33).


