Mario E. Fumero
No hay mayor peligro para la iglesia de hoy día que el desencadenamiento de la «avaricia, la cual es idolatría» (Colosenses 3:5). Cuando este mal se adueña de los lideres que gobiernan la iglesia, la conducirán a un desastre espiritual y social. No podemos negar que «el poder del dinero» mueve gobiernos, manipula la política, tuerce la verdad y la justicia, y extermina la pureza del evangelio. El Apóstol Pablo al describir la condición dominante en los últimos tiempos afirma en 2 de Timoteo 3:1-5: «También debes saber esto: que en los últimos días se presentarán tiempos difíciles. Porque habrá hombres amantes de sí mismos y del dinero. Serán vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, envanecidos y amantes de los placeres más que de Dios. Tendrán apariencia de piedad, pero negarán su eficacia. A éstos evita”.
Notemos que los hombres serán «Amantes de sí mismo y del dinero», ratificando una condición moral predominante, y enfatizando en otros pasajes el peligro que hay en el amor al dinero: «Porque los que desean enriquecerse caen en tentación y trampa, y en muchas pasiones insensatas y dañinas que hunden a los hombres en ruina y perdición. Porque el amor al dinero es raíz de todos los males; el cual codiciando algunos, fueron descarriados de la fe y se traspasaron a sí mismos con muchos dolores.» (1 Timoteo 6).
¿Y cuantos lideres religiosos están causando escándalos por su ambición desesperada en desear enriquecerse? El convertir el templo de Dios en un mercado que proporciona ganancias deshonestas a individuos no es algo nuevo, ni una condición imperante en nuestro tiempo. También los judíos en la época de Jesús hicieron lo mismo, pues habían instalado. ventas de ovejas, palomas y otros animales, para facilitar a los peregrinos que venían al templo sus sacrificios y ofrendas. Colocaron los puestos de venta en los mismos atrios del Santo Templo. Jesús, al ver su casa de oración convertida en un mercado, se indignó y en una acción poco común en él, los desalojó con un látigo mientras exclamaba su rechazo a la profanación del templo de su Padre: «Entró Jesús en el templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo. Volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas, y les dijo: –Escrito está: Mi casa será llamada casa de oración, pero vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. (Mateo 21:12-13).
Él les enseño a sus discípulos a depender más en la confianza de Dios que en la posesión de los bienes materiales. Fue por eso por lo que en varias ocasiones los envío a predicar ordenándole que fuesen sin nada: «Y les dijo: –No toméis nada para el camino, ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero; ni tengáis dos túnicas.» (Lucas 9:3). «No llevéis bolsa, ni alforjas, ni calzado; ni saludéis a nadie por el camino”. (Lucas 10:4). Pero cuando fue necesario, no solo lo envió con todo, sino que hasta les mandó que se compraran una espada: » Y les dijo a ellos: –Cuando os envié sin bolsa, sin alforja y sin calzado, ¿os faltó algo? Ellos dijeron: –Nada. Entonces les dijo: –Pues ahora, el que tiene bolsa, tómela; y también la alforja. Y el que no tiene espada, venda su manto y compre una». (Lucas 22:35-36).
También por dinero los soldados que cuidaban la tumba fueron sobornados, para que dijeran una mentira que negara la verdad sobre la resurrección de Jesús: «Ellos se reunieron en consejo con los ancianos, y tomando mucho dinero se lo dieron a los soldados, diciendo: «Decid: ´Sus discípulos vinieron de noche y lo robaron mientras nosotros dormíamos.» (Mateo 28:12-13). A través de la Palabra vemos como la pobreza era una cualidad dominante en aquellos que servían a Dios. Pedro no tenía oro ni plata, pero podía ofrecerle al enfermo «poder de Dios» para sanidad. Simón, el mago, quiso comprar el don de Dios ofreciéndole un soborno a los apóstoles, pero este fue fuertemente reprendido por su intención de tratar de comprar la bendición de Dios: «Cuando Simón vio que por medio de la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, diciendo: –Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo imponga las manos reciba el Espíritu Santo. Entonces Pedro le dijo: –¡Tu dinero perezca contigo, porque has pensado obtener por dinero el don de Dios! (Hechos 8:18-20).
Y Judas, por interés vendió a su maestro por 30 monedas porque se sentía frustrado en sus ambiciones humanas, pues vio como Jesús en vez de entrar a Jerusalén a reinar, lo hizo para sanar a los enfermos e identificarse con los marginados sociales. El espíritu de materialismo, imperante hoy día, era también un mal en la misma época de Jesús, pero en una dimensión menos generalizada. Hoy hasta hemos hecho una teología que justifica la riqueza y la ambición, y para colmo, afirmamos que el tener es una forma de medir la espiritualidad, ya que se vale por lo que se tiene, más que por lo que se vive. No podemos negar el peligro existente en torno al «poder del dinero» dentro de la vida de la iglesia en estos tiempos en que domina un materialismo practico generalizado.
Nuestra realidad es peor que aquella que enfrentó la iglesia primitiva. Quizás las formas de exteriorizar la ambición han cambiado, pero el espíritu y el fondo siguen siendo los mismos, por lo cual el mercantilismo religioso en torno al amor del dinero sigue imperando y en una proporción más generalizada. Vemos como desde un púlpito se enfatiza el dar sin practicarse una transparencia en el fin para el cual consignamos esos fondos. Vemos como ciertos «siervos» en poco tiempo hacen una fortuna de forma fantástica, por no decir dudosa. Nos asombra el gran negocio que se monta en torno a la música, conciertos, objetos, etc., de los cuales muchos incluso montan una industria para su propio beneficio, sin pagar impuestos, ni empleados, ni prestaciones sociales. Esto ha ido más allá de lo lógico, y hace que algunos le pongan precio a su ministerio o servicio religioso, ofreciéndose a cantar, predicar o enseñar si le dan cierta cantidad de dinero, y lo hospedan en hoteles de cinco estrellas etc.… cosa muy común dentro de nuestro circulo evangélico actualmente.
Estos famosos cantantes o evangelistas que se cotizan a altos precios llegan a obtener entradas que sobrepasan los limites normales de ingresos, y sin pagar impuestos, ni diezmo, pues muchos de ellos no se sujetan a una iglesia y se constituyen en organizaciones de las cuales son cabeza y dueño. Vemos con asombro como se imponen en estudios, música, escritos y videos evangelísticos los «derechos de autor», y por ello se llevan a juicios a otros hermanos que hicieron plagio, y esto antes jueces del mundo, violentando las ordenanzas de la Biblia que dice: «¿Cómo se atreve alguno de vosotros, teniendo un asunto contra otro, a ir a juicio delante de los injustos y no, más bien, delante de los santos? ¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar pleitos tan pequeños? ¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¡Cuánto más las cosas de esta vida! Por tanto, en caso de haber pleitos con respecto a las cosas de esta vida, a los que para la iglesia son de poca estima, ¿a éstos ponéis para juzgar? Para avergonzaros lo digo. Pues, ¿qué? ¿No hay entre vosotros ni un solo sabio que pueda juzgar entre sus hermanos? (1 Corintios 6:1-5)
El plagio y la imitación para hacer dinero es común dentro de los círculos evangélicos, creándose una competencia mercantil descarada. Esto forja un culto en torno a las personas, por lo cual se convierten en seres espectaculares, y muchos los llegan incluso a adorar. Se hace una réplica tan exacta del estilo materialista del sistema dominante del mundo, que muchos conciertos cristianos siguen los mismos parámetros de estos, salvo por la letra de las canciones. Luces, gritos, humo, ropas extravagantes, alto costo de las entradas, representantes de venta, restricciones para entrar a estos con grabadora o cámaras de video etc., y después del mismo ¿Qué? Se venden camisetas, postes, cassettes, insignias exaltando más al grupo que a Jesús. Estos invierten $5,000 dólares para obtener $25,000 y si por casualidad no obtienen estas ganancias, no vuelven más, pero si les va bien, se corre la voz, y allá van los otros cantantes «a buscar como ordeñar la vaca hasta hacerle sangrar la ubre.»
Este principio de «INVERTIR PARA GANAR» domina como patrón de referencia en muchas misiones e iglesias. El afán por alcanzar a poder numérico y económico ha desencadenado una forma de predicar en donde el tener opaca al ser, y adaptando la Biblia a nuestros intereses materialistas. Tenemos el ejemplo de la música, es un medio por el cual algunos se han hecho ricos en poco tiempo, y esto los ha llevado a formar una enseñanza sobre la misma por lo que se afirma que es la parte más importante en el culto a Dios, ignorándose la Palabra de Dios como esencia de la vida cristiana.
Al respecto David Wilkerson escribe: [1] «Una vez escuché a un ministro profetizar que pronto vendrá el día en que los cultos de las iglesias serán de alabanza en un noventa por ciento. Pero si eso llega a ocurrir, e incluso si esa alabanza es de corazón, eso deja solamente un diez por ciento para lo demás, donde supongo, estaría incluida la predicación de la Palabra de Dios. Pero ¿acaso no nos debilitaremos espiritualmente si aclamamos y alabamos, pero no comemos el pan de Dios?» Lentamente vamos poniéndole un precio a todo. El ministerio se vuelve burocrático, empresarial, mercantilista. La iglesia se transforma en un mercado de bienes e intereses, resurgiendo el espíritu medieval del catolicismo romano, y terminamos diciéndole a la gente «¿Qué trae, hermano?». Pensamos en buenos edificios, buenos equipos, un gran coro, un buen salario, hoteles de lujo etc., y olvidamos un buen servicio, un compartir con el necesitado, una profunda visión misionera, una búsqueda del marginado y necesitado social de nuestro alrededor etc. ¿Qué es lo que más domina en nosotros el ser o el tener? ¿Qué enfatizamos más, el gozo o el servicio, la riqueza o la pobreza, la posesión o la entrega, la convicción y la emoción? Reflexionemos ¿Qué hacemos por los ancianos, drogadictos, enfermos del SIDA y niños abandonados? No podemos concluir el presente articulo sin aclarar que la corrupción imperante entre muchos evangelistas y músicos se debe al incorrecto proceder de algunos pastores o lideres de iglesia, pues estos algunas veces han invitado ministerios a compartir y no les ha provisto del sustento, enviándolos con las manos vacías. Otros han pedido ofrendas para estos que las han cortado, dándole tan solo una parte de esta. También algunos pastores han aceptado los precios fijados por estos «famosos» y no se han preocupado por investigar si han madurado en la fe, si están sujetos a una iglesia de acuerdo con las demandas bíblicas para que no sean neófitos. Si hay corrupción en el evangelio, si el mercantilismo ha dominado en nuestros tiempos y si hay crisis de valores en el reino de Dios, los únicos culpables seremos nosotros, y nadie más, pues el tolerar estos fenómenos nos lleva lentamente a «leudar la masa».
[1] Del libro «TENEMOS HAMBRE DE CRISTO» Editorial Vida, 1992, página 14.


