EL PELIGRO DE LA EXCELENCIA

Mario E. Fumero

Tomado del libro «TIEMPOS PELIBROSOS» EN 1987

            Los términos “excelencia”, “el mejor”, “lo profesional”, “lo máximo”, “el apóstol” han dominado las técnicas de publicidad. No podemos negar que todos los seres llevamos un condicionante que tiende a ser explotado por aquellos que aplican la mercadotecnia a la hora de ofrecer sus productos. Este condicionante es el «egoísmo», el cual genera el deseo de tener, llegando muchas veces a conducirnos a actitudes carnales de deseos vanagloriosos o envidiosos.

          Con la influencia del existencialismo[1], el individualismo y el materialismo práctico, se han desencadenado parámetros egocéntricos para medir el éxito o el fracaso, el bienestar o la miseria, el valer o no valer. Muchos libros, con trasfondo bíblico, han sido los difusores de estos nuevos conceptos “del tener y el saber para ser”, ignorando el vivir y el amar, sobre el poseer o conocer. La matización de la excelencia nos ha llevado a una desesperación carnal por buscar el reconocimiento y el éxito a través del esfuerzo humano, dando lugar a una exaltación del “ego” que genera más orgullo, soberbia y jactancia humana.

          Pero veamos en qué elementos podemos fundamentar la excelencia humana. Algunos tratan de apoyarse en ese concepto tomando las palabras de San Pablo cuando dice: «Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que, impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra” (Romanos 13:7). Pero no debemos confundir los términos “excelencia humana”[2] con “honra”, que equivale a respeto, dar honor a los que se comportan correctamente, con toda humildad, de acuerdo a los postulados de nuestro Señor: Los ancianos que dirigen bien sean tenidos por dignos de doble honor, especialmente los que trabajan arduamente en la palabra y en la enseñanza» (1 Timoteo 5:17).A la hora de analizar la excelencia, debemos aclarar que no es lo mismo proclamar la excelencia del quehacer, que la excelencia del ser[3].

          EXCELENCIA DEL QUEHACER: Este concepto envuelve la importancia de esforzarnos por hacer todo lo que el Señor demanda de nosotros lo mejor posible, y aquí sí debemos ser excelentes. La excelencia del trabajo en el Señor nos lleva a luchar por hacer las cosas lo mejor que podamos, pero debemos evitar el perfeccionismo, que algunas veces nos lleva a la desesperación, al sentirnos incapaces de hacer algo porque tememos no hacerlo perfecto. Cuando vamos a hacer algo, la demanda bíblica es que: «Todo lo que hagáis, hacedlo de buen ánimo como para el Señor y no para los hombres,» (Colosenses 3:23). Vale más hacer algo no perfecto, pero hacerlo, que no hacer nada por esperar la perfección y excelencia. Como hijos de Dios debemos ser responsables, constantes y esforzarnos en todo lo que se nos encomiende. La improvisación y la mediocridad no debe dominarnos, sino el esfuerzo, que todo se haga lo mejor posible, pensando que lo hacemos para su gloria: «Por tanto, ya sea que comáis o bebáis, o que hagáis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31). La perfección de Dios debe manifestarse en nosotros. Es por ello por lo que la capacitación para mejorar lo que hagamos debe estar presente, pero este esfuerzo no debe estar alentado por el deseo de competencia, por buscar una posición humana prominente, o el elogio de las personas, en tal caso pasamos de la excelencia en el quehacer, a la excelencia en el ser.

          LA EXCELENCIA EN EL SER: ¿Cómo definiríamos ésta? El creerme importante, exaltarme, considerarme necesario e imprescindible en la obra. La búsqueda del reconocimiento mediante el esfuerzo y la vanagloria es un absurdo. ¿Qué es vanagloria? La misma palabra lo dice «Gloria vana». Pablo lo expresa así:» Tampoco buscamos gloria de parte de los hombres, ni de vosotros, ni de otros; aunque podríamos haberos sido carga como apóstoles de Cristo» (1 Tesalonicenses 2:6).

«Así que nadie se gloríe en los hombres; pues todo es vuestro» (1 Corintios 3:21) » para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor” (1 Corintios 1:31, ver 2 Corintios 10:17).

          Algunos se apoyan en otros textos para defender la exaltación de los hombres, pues San Pablo dijo en una ocasión: «Porque si me glorío un poco más de nuestra autoridad, la cual el Señor nos ha dado para edificación y no para vuestra destrucción, no seré avergonzado;» (2 Corintios 10:8). «Otra vez digo: que nadie me tome por loco. Pero si no, recibidme, aunque sea como a loco, para que me gloríe siquiera un poquito» (2 Corintios 11:16).

          Sin embargo, los pocos textos en donde Pablo usa el término «gloriarse», no pueden dar cabida a la exaltación del hombre como siervo, ni a ningún otro principio de grandeza, sino que la expresión en estos pasajes obedece a una defensa de su ministerio frente a las acusaciones y calumnias hechas por algunos obreros fraudulentos y falsos apóstoles, que trataban de menoscabar su autoridad entre algunos de sus propios hijos en la iglesia de los corintios: «¿Por qué? ¿Por qué no os amo? Dios lo sabe. Pero seguiré haciendo lo que hago, para quitarles la ocasión a aquellos que la desean, con el fin de que en lo que se jactan se encuentren en las mismas condiciones que nosotros. Porque los tales son falsos apóstoles, obreros fraudulentos disfrazados como apóstoles de Cristo.  Y no es de maravillarse, porque Satanás mismo se disfraza como ángel de luz.  Así que, no es gran cosa que también sus ministros se disfracen como ministros de justificación, cuyo fin será conforme a sus obras» (2 Corintios 11:11-15).

          Más tarde el apóstol reconoce su necedad al gloriarse y defenderse a sí mismo, y lo confiesa cuando concluye su epístola: «¡Me he hecho necio! ¡Vosotros me obligasteis! Pues más bien, yo debería ser recomendado por vosotros; porque en nada he sido menos que los apóstoles eminentes, aunque nada soy» (2 Corintios 12:11). Notemos que exclama «NADA SOY» y ¿Qué somos nosotros para creernos algo?: «Porque: Toda carne es como la hierba, y toda su gloria es como la flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; pero la palabra del Señor permanece para siempre. Esta es la palabra del evangelio que os ha sido anunciada» (1 Pedro 1:24-25). En todo caso, si de algo nos debemos de gloriar, debería ser en nuestras tribulaciones y debilidades, (Romanos 5:3, Gálatas 6:14) pues toda exaltación y excelencia es vanidad. Eso sí, debemos buscar ser excelentes e íntegros delante de los ojos de Jehová, y no preocuparnos de la alabanza o excelencia que viene de los hombres, la cual nace de la adulación e hipocresía humana, porque hoy te alaban, y mañana te crucifican.

          Primero: Atenta contra los principios de humildad y sencillez proclamados por Jesús, y nos hacen tener un concepto errado de nosotros mismos, confiando mucho en nuestra suficiencia y no en el poder que emana del Señor. No somos nada, tan sólo instrumentos en las manos del Señor.

          Segundo: Porque la excelencia nos lleva a la jactancia y ésta desencadena el espíritu de competencia y no de servicio. Esto despierta envidia y contienda en las relaciones personales que nos lleva a la aflicción: «Asimismo, yo he visto que todo trabajo y toda obra excelente son resultado de la rivalidad del hombre contra su prójimo. También esto es vanidad y aflicción de espíritu” (Eclesiastés 4:4).

          Tercero: Nos lleva a un esfuerzo humano que nos obliga a dar muchas veces más de lo que podemos. Lleva al afán, la ansiedad y al cansancio, haciendo la vida del siervo de Dios una farsa en su forma de predicar y en su estilo de vida. No hay nada que menoscabe más el poder de la Palabra que aquellos que con su vida causen escándalos.

          Cuidado con los matices incorrectos. Tratemos de hacer lo mejor para el Señor, pero sin buscar en ello el reconocimiento humano. Hagámoslo todo; “no como sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino de corazón sincero, temiendo a Dios” Esforcémonos por hacer las cosas lo más excelente posible, pero sin caer en metas demasiado altas, y que nazcan del deseo de grandeza. Hagamos lo que podamos con lo que tengamos, el resto lo hará el Señor a su tiempo.

          No quiero terminar este capítulo sin antes hacer referencia a ese concepto errado, pero muy difundido de que: “Somos hijos de un rey”, y debemos vivir como reyes, vistiendo y comiendo como tales. Esta idea es muy materialista e imperialista, y nos coloca en una órbita de acción que nos aleja diametralmente de la verdad del Evangelio. El ser hijo de un rey no debe anular el ser siervos de Dios. Es cierto que reinaremos, y aun juzgaremos a los ángeles (1 Corintios 6:3), pero esto será cuando se cumpla la dispensación del cumplimiento de los tiempos (Efesios 1:10). La mayoría de los textos bíblicos nos hacen ver que mientras ese día llegue, nosotros debemos vivir conforme, y sin ambiciones materiales, como siervos que tienen la piedad como la mayor ganancia (1 Timoteo 6:6-10) y dispuestos a imitar el ejemplo del Maestro y de los apóstoles, que, aunque no tuvieron nada, lo poseyeron todo. Debemos comer y vestir para vivir, y no vivir para comer y vestir, y aceptar la sencillez como una virtud en nuestra existencia, la cual hoy más que nunca debemos predicar. Que falta nos hace el poder tener un seminario practico de humildad, cómo el que tuvo Jesús con sus discípulos, cuando les enseñó a ser siervos, lavándoles los pies a los doce. (Juan 13:5).


[1] -EXISTENCIALISMO: Es una corriente filosófica cuyo último gran precursor fue Sartre, y la cual tiene como objetivo analizar y describir la existencia concreta considerando el acto de una libertad que se afirma a sí misma, definiendo la personalidad como ser. Toda la analítica se forja en la realidad de existir. Tiende al secularismo y al sincretismo.

[2] -EXCELENCIA: Se dice de una persona que ha desarrollado una calidad o bondad superior a los demás o que se distingue por su esfuerzo y alto rendimiento. Sobresaliente.

HONRAR:  Dar honor, distinguir, favorecer ennoblecer.

HONOR: Cualidad moral que nos lleva a cumplir el deber.

(Diccionario Enciclopédico Universo de la lengua española)

[3] -Cuando hablamos aquí de la excelencia en el ser no me refiero a esa excelencia que nos lleva a tratar de ser mejor cada día para la gloria de Dios, y la cual es positiva, sino a la excelencia del ser en el sentido posesivo y vanaglorioso, como veremos posteriormente.

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