Uno de los postulados de la reforma protestante fue regresar a la iglesia a su origen fundamentado en las sagradas escrituras. Es por eso que proclamaron los cuatro solos: 1) Solo las Escrituras 2) Jesús 3) solo la fe, 4 Solo la Gracia).
Volver a la Iglesia antigua según sola Scriptura no es inventar una fe nueva ni empezar desde cero. Eso sería una restauración, no una reforma. Y en eso, los Reformadores fueron muy claros: no estaban introduciendo doctrinas novedosas, sino recuperando lo que la Iglesia había confesado antes de sus corrupciones, Simplemente estamos restaurando el origen del cristianismo.
Cuando alguien rechaza a los Padres de la Iglesia por completo, termina afirmando —aunque no lo diga— que la fe que hoy sostiene no fue compartida por la Iglesia primitiva. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿quién sostuvo esa fe? ¿Siglos después de la Reforma? Ese es un problema serio.
Los Padres no fueron infalibles, pero fueron la Iglesia que existió antes, la que luchó contra las herejías, defendió la doctrina apostólica y confesó la fe cristiana frente al error. Leerlos no es someter la Escritura a la tradición, sino ver cómo la Iglesia interpretó la Escritura mientras combatía falsas doctrinas.
Los Reformadores los citaron precisamente por eso: porque no estaban empezando una fe nueva, sino afirmando que su enseñanza no era una ruptura, sino continuidad, Una restauración de los valores que se habían perdido u olvidado. Por lo tanto, seguimos una fe recibida, no improvisada.
Roma afirma ser la Iglesia primitiva; en eso discrepamos. Pero si nuestra fe tampoco se parece a la de la Iglesia antigua, entonces debemos preguntarnos honestamente si es realmente “la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Jud. 1:3), Y confrontar nuestras creencias con las sagradas escrituras.
La Reforma no fue un salto al vacío, sino un regreso a las fuentes Que dieron origen a nuestras creencias, la palabra revelada la cual es la base y el fundamento de nuestro ser y hacer como iglesia.


