Mario E. Fumero
Vivimos en un mundo lleno de sensacionalismo, amarillismo, espectáculos y manipulaciones generalizadas en todos los ámbitos de la sociedad. No podemos negar que el espíritu dominante en el mundo de hoy también se ha infiltrado dentro de las iglesias, llevando a ésta a salirse del camino recto trazado por la Palabra, para entrar en terrenos peligrosos en cuanto a la formación de la vida de los cristianos.
Las experiencias espirituales, sin duda alguna, llevan a expresiones emotivas, pues somos seres vivos, libres y expresivos. No estamos exentos de emociones, pero ¿deben éstas ser causas de radicalismos enfáticos? La historia de la evolución del cristianismo nos revela que siempre que una verdad ha florecido, se han producido cambios profundos en la vida de la iglesia, la cual enfatizó este mover de Dios muchas veces a dimensiones anormales, forjándose incluso movimientos, sectas y denominaciones que mutilaron el cuerpo de Cristo.
En el siglo XVIII ciertos avivamientos en los Estados Unidos hicieron exaltar el hecho escatológico de la inminente segunda venida de Cristo. Ocurrió lo mismo que en los Hechos de Los Apóstoles; al considerar que Jesús venía pronto, muchos vendieron sus bienes, y los traían a los pies de los apóstoles. Algunos de estos «visionarios» se convirtieron en críticos con las iglesias existentes, que no aceptaron este énfasis. Otros se desviaron, y cayeron en doctrinas de error. Así nacieron los Testigos de Jehová, mormones y otros grupos más que no tuvieron peso histórico.
A principio del siglo XIX en los Estados del Este de los Estados Unidos, comenzó un fuerte mover del Espíritu Santo, el cual dio origen al resurgimiento de un pentecostés. Iglesias de la línea de Santidad experimentaron una visitación de Dios en la cual resurgió la experiencia del bautismo del Espíritu Santo relatado en Hechos 2. Desde ese momento aparecieron tres fenómenos constantes en las iglesias involucradas en este avivamiento, basados en Marco 16:15 al 18; Las lenguas, el énfasis a los milagros y el poder sobre «si tomáramos cosa mortífera no nos haría daño».
Surgieron ciertos grupos que traían serpientes venenosas a los cultos, las ponían en una caja, y para demostrar la fe en el poder del Evangelio, las tomaban en las manos, alegando que «tomarán serpientes en las manos, y no les hará daño...» (Marcos 16:18). Esto produjo varios accidentes mortales en muchos creyentes. Por otro lado, ciertos grupos de iglesias enfatizaron las lenguas a un grado tal que las mismas formaban parte esencial del culto general. Todos hablaban en lenguas, a veces interrumpían al predicador, enfatizando que:«. había que hablar en nuevas lenguas,» (Marcos 16:17). Éstas dominaban sobre todo el quehacer de la congregación, ignorándose las regulaciones de 1 Corintios capítulo 14.
A partir del 1940 el énfasis a los milagros tomó fuerza. Aparecieron famosos hombres de Dios que con señales y prodigios hicieron grandes milagros. Nació, de forma arrazante, el «ministerio» de sanidad divina, y grandes siervos de Dios comenzaron a ganar a miles a través de campañas evangelísticas. Es bueno destacar que anteriormente, con el avivamiento de pentecostés, este tipo de ministerio se proliferó, pero tomó fuerza a partir de la segunda guerra mundial. T. L Osbom, Oral Roberts, Catherin Kulman, y otros evangelistas causaron sensación. El poder del Espíritu se hizo manifiesto a través de señales y prodigios. Junto a este énfasis, debemos destacar que alternativamente al hecho de sanidad, aparecieron aberraciones doctrinales que radicalizaron esta enseñanza. Una de ellas era la afirmación de que «toda enfermedad era causada por demonios» y que «donde hay enfermedad, hay pecado».
En esta misma década (60) la iglesia católica se lanza a celebrar su Concilio Vaticano II, para reformar y modernizar su decadente estructura. El Papa Juan XXIII produce cambios drásticos en la liturgia y el quehacer del catolicismo, dándose lugar a movimientos catecúmenas que volvieron a la lectura de la Biblia. En la década del 70, y partiendo de los acuerdos del Concilio Vaticano II, aparecen en iglesias católicas de los Estados Unidos grupos carismáticos. El movimiento carismático, o la visitación del Espíritu Santo a grupos tradicionales, se generaliza a otras iglesias de corte litúrgica: luteranos, episcopales, metodistas, presbiterianos etc…
Entre las décadas del 60 al 70 aparecen, de forma más fuerte, un énfasis de restauración espiritual en iglesias tradicionales que experimentaron una visitación del Espíritu Santo, dando lugar al cántico nuevo, acompañado de expresiones eufóricas, caídas, danzas, júbilo etc., pero todo entremezclado con el mover del Espíritu. Por otro lado, surge la corriente sobre el «Discipulado Cristiano», que toma fuerza en el Oeste de los Estados Unidos y se extiende de forma impactante a Argentina, a principio de la década del 70. Éste trata de restaurar la sujeción en paternidad, definiendo claramente el factor «formación» y «sujeción» en la vida de los nuevos convertidos. En un principio esta idea del discipulado floreció en movimientos tradicionales y carismáticos, trayendo una mayor apertura interdenominacional, pero el énfasis extremo a la autoridad vertical radicalizó la sujeción, la cual explotó más allá de lo normal, cayendo en la «dictadura de los santos», pues se pasó de una paternidad, a un paternalismo espiritual, manipulante y estático.
Entrando a la década de los 80, los énfasis aparecidos en el mover del Espíritu de las iglesias tradicionales, comenzaron a matizarse de forma separada. Unas iglesias radicalizaron el mover de la danza, otras perfeccionaron y desarrollaron una dinámica de adoración y alabanza tendiente a ofrecerle al Señor lo mejor, creándose una nueva metodología de ritmos y cánticos que revolucionó la adoración, sin embargo con el grave riesgo de anular, en muchos casos, la espontaneidad del pueblo, para dar lugar a un «show» que a su vez forja una élite de cantantes que muchas veces no se sujetan a iglesias, y manipulan desde el púlpito, todo el quehacer de la adoración. Hay que añadir el radicalismo en que muchas veces caen los que entran en este mover de adoración, condenando y rechazando las estructuras de los cánticos antiguos. Creo que un mover de Dios dentro de una nueva dimensión, no debe anular lo anterior, sino mejorarlo, ampliarlo y enriquecerlo.
Muchas veces llevamos a los creyentes a una «revolución»[1] en vez de forjar en ellos una renovación del entendimiento. También surgen grupos que se radicalizan en la liberación de demonios, llegándose a acciones tan ilógicas como el cazar demonios y meterlos en una caja para llevarlos fuera de la ciudad, o dialogar con ellos para investigar sus nombres o confirmar aspectos doctrinales referente a los demonios. Debemos notar que dentro de este énfasis aparecen enseñanzas que afirman que un cristiano puede tener demonios, y, por lo tanto, deben ser liberados. Esta enseñanza se difundió desde el principio del avivamiento del 1900, pero la misma cobró fuerza en la década del 60. El clímax del énfasis demoníaco se cristaliza en la década del 80 y en el 90 es cuando se desarrolla toda una teología demonológica[2] que da origen a los principios de la «guerra espiritual».
Actualmente vemos un auge tremendo a las caídas, borracheras, gritos, saltos, liberaciones etc., que son el fruto de un mover del Espíritu, pero que después se implanta, ya no como un mover de Dios, sino como una rutina en la vida de la iglesia, desvirtuándose por el abuso que hacen los hombres. Creo que donde quiera que haya una manifestación espiritual, todo esto puede ocurrir, y mucho más, pero no debemos tomar «la parte, como un todo», para formar doctrinas de acciones, que, aunque obedecen a una visitación del Espíritu, no deben ser explotadas de forma emotiva.
Recientemente se habla del «avivamiento de Toronto». Éste consiste en una mezcla de todo; risas, gritos y chillidos con actitudes que a veces rozan con lo primitivo y animalesco, produciéndose sonidos y articulaciones incoherentes. Ondas vendrán y pasarán, y detrás de todo esto hay una sincera manifestación del Espíritu Santo que no supimos canalizar hacia el propósito sublime del Señor. ¿Cuál creen ustedes que sea el deseo de Dios en estos tiempos finales de nuestra civilización? Es que la iglesia crezca, sea fuerte y saludable en santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Nada que nos aparte de la visión misionera y de calidad espiritual, debe ocupar la supremacía dentro del mover de Dios. Las emociones, cuando se explotan, se convierten en un medio frustrante, y nos puede llevar a la apostasía de los últimos tiempos. Debemos dejar al Espíritu moverse, canalizando la naturaleza humana hacia el fin Divino. Esa es la gran misión de los ministros de hoy. Fortalecer el crecimiento en la Palabra y capacitar a la iglesia para un futuro sobrio, donde la decadencia social será mayor, debe ser la prioridad número uno en la vida del cuerpo. No debemos impedir las emociones, pero si frenarlas cuando se quieran convertir en un estereotipo de conducta. Hay que estar expectante a todo a las reacciones emotivas que aparezcan, y detener aquello que se salga de lo normal. Es necesario mantenernos en el camino, sin desviarnos. Cuando una manifestación se aparezca, debemos saber que es parte de un todo, y que, por lo tanto, no debe ser explotada más allá de lo lógico y necesario, evitando así crear un camino que nos aparten de las verdades y experiencias recibidas del Señor.
[1] -REVOLUCION: Se entiende como un cambio violento. Ésta destruye lo que hay, para forjar todo nuevo. Mientras que “renovación” es un proceso de cambio lento, que respeta lo que hay.
[2] – Ver el libro “DEMONOLOGIA” Mario e. Fumero, editorial Unlit, 1996.


