Mario E. Fumero
No podemos negar que la telefonía móvil nos ha ayudado a acortar distancias; sin embargo, al mismo tiempo ha destruido muchas otras cosas. Entre ellas destaca la manipulación psicológica de niños y adolescentes, la cual los lleva de forma compulsiva a una adicción que, en ocasiones, produce violencia y agresividad hacia sus progenitores e incluso hacia sus profesores en los centros educativos, y algunos recurren a la inteligencia artificial (IA) para resolver problemas sin ejercitar su propia lógica o discernimiento.
La telefonía móvil, que acorta distancias, también daña las relaciones interpersonales, y crea un grave conflicto de adicción, principalmente en los menores de edad. Es por ello por lo en Australia y varios países europeos están legislando para exigir a las redes sociales, así como a padres y maestros, que restrinjan el uso de celulares en los menores. Esto se debe a que su uso desmedido está ocasionando severos problemas, no solo en la concentración escolar, sino también en el desarrollo de adicciones compulsivas que se manifiestan mediante reacciones violentas.
Respecto a la propuesta de prohibir el uso de celulares en los centros educativos, considero que es una medida apropiada, la cual debe ser regulada según la edad del menor y contemplar ciertos factores relativos a su seguridad. Por ejemplo, el estudiante que acude a la escuela con un celular puede avisar a sus padres ante cualquier inconveniente; no obstante, lo ideal sería que antes de ingresar a clase el dispositivo sea custodiado por la institución y no se le devuelva hasta que finalice la jornada escolar.
Asimismo, es necesario emprender una campaña para concienciar a los padres de no entregar celulares a sus hijos antes de los 12 años de forma permanente. Una vez que lo tengan, los padres deben supervisar el uso de este en las redes sociales y buscar la manera de bloquear aplicaciones o juegos que puedan terminar conduciendo al menor a una situación de adicción o a interacciones digitales con desconocidos que, bajo identidades falsas, pueden perturbar su desarrollo mental.
Pero el uso del celular no solo debe restringirse en los centros educativos, sino también en las iglesias. He observado a personas que en medio de un culto están enviando mensajes y, con el pretexto de que leen la Biblia en el teléfono, mantienen abierta la puerta a la distracción, lo que perturba su concentración en la enseñanza bíblica y en la adoración. Por fortuna, en algunos hogares los padres ya han adoptado la política de que, al momento de comer, tanto adultos como niños depositan sus celulares en una caja para poder conversar en la mesa.
La telefonía móvil y las tabletas prácticamente han desplazado al teléfono fijo, al telégrafo, están arrinconando a los periódicos impresos, los radios portátiles, las cámaras fotográficas, la comunicación cara a cara y la lectura de libros, entre muchos otros daños sociales que ocasiona.
A esto hay que añadir a lo anterior que se ha comprobado científicamente que el uso excesivo del celular y las tabletas causa diversos problemas físicos, tales como tensión cervical, tendinitis en los pulgares, fatiga visual y miopía. Además, su uso antes de dormir altera el sueño, provocando insomnio. A nivel psicológico, se ha demostrado que genera una dependencia compulsiva que desencadena agresividad cuando se intenta prohibir o regular su uso en menores, provocando además ansiedad (nomofobia), estrés y una menor capacidad de atención. Por todo ello, restringirlo en los centros educativos resulta una medida sumamente sabia.
En mi trabajo de rehabilitación con jóvenes adictos a sustancias narcóticas, al compararlos con quienes padecen adicción al celular o a las redes sociales, puedo afirmar, sin lugar a duda, que la adicción a las tecnologías móviles es mucho más difícil de tratar que la adicción a sustancias ilegales. Cabe señalar que algunos celulares cuentan con la opción de medir el tiempo de uso diario; por lo tanto, cualquier permanencia superior a dos horas diarias en redes sociales o juegos representa un alto riesgo de convertirnos en adicto tecnológico.


