AÑO 73 D. C. LA ÚLTIMA NOCHE EN MASADA: ENTRE TRISTEZAS, LLANTOS Y DESPEDIDAS, TUVIERON QUE ELEGIR ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

El aire en la cima de la montaña es irrespirable, una mezcla tóxica de madera carbonizada, betún ardiendo y el sudor frío del miedo colectivo. Ari, un sicario de manos encallecidas que ha luchado contra Roma desde las calles de Jerusalén hasta este último refugio, está de pie cerca del borde occidental. Su rostro está tiznado de hollín; sus ojos, enrojecidos por el humo y la fatiga, miran hacia abajo.

Allí, cientos de metros más abajo, el desierto de Judea no está oscuro. Está iluminado por miles de hogueras romanas. Los ocho campamentos de la Décima Legión forman un anillo de fuego perfecto alrededor de la montaña, una gargantilla de luz que asfixia cualquier esperanza de escape. El sonido distante de los martillos romanos golpeando el hierro sube con el viento: están reparando el gran ariete para el asalto final del amanecer.

A pocos metros de Ari, la gran barrera de madera y tierra que habían construido desesperadamente durante días es ahora un montón de brasas anaranjadas que palpitan en la oscuridad. La rampa de asedio romana, esa montaña artificial construida con sangre de esclavos judíos, llega hasta sus pies, como una lengua de tierra lista para lamer los últimos restos de la resistencia. Ari se da la vuelta. Camina hacia el centro del complejo, hacia la zona de la sinagoga y los almacenes. No hay gritos, ni llantos histéricos. El silencio es más aterrador. Casi mil personas —hombres armados, mujeres con bebés al pecho, ancianos que apenas pueden caminar— se han congregado.

En el centro de todos ellos, iluminado por antorchas parpadeantes, está Eleazar ben Ya’ir. No parece un comandante militar esta noche; parece un profeta del fin del mundo. Su túnica está rasgada, pero su postura es rígida como el granito. Eleazar levanta la voz. No grita, pero su tono atraviesa el viento aullante.  —El Dios de nuestros padres nos ha abandonado —dice Eleazar. Su voz es áspera, cargada de una tristeza infinita—. El fuego que preparamos para los romanos se volvió contra nosotros por el aliento divino. Es Su voluntad que perezcamos.

Un murmullo recorre la multitud. Ari busca entre las caras y encuentra a la suya: Miriam, su esposa. Ella sostiene a su hijo de cinco años, Daniel, que duerme apoyado en su hombro, ajeno a que es su última noche en la tierra. Miriam mira a Ari. En sus ojos no hay reproche, solo un terror mudo y profundo. Eleazar continúa, señalando hacia las hogueras romanas abajo. ​—Mañana al amanecer, subirán. Sabéis lo que harán. Vuestros hijos no morirán rápidamente. Serán juguetes para sus auxiliares. Vuestras esposas e hijas serán arrastradas a los lupanares de Cesarea y Roma. Y vosotros, los hombres, si tenéis suerte, moriréis en la arena para diversión de la plebe. Si no tenéis suerte, viviréis encadenados, construyendo sus templos paganos hasta que vuestros huesos se rompan.

Ari aprieta el mango de su sica (daga) hasta que los nudillos se le ponen blancos. La imagen de Miriam y Daniel en manos de los legionarios de Silva le provoca una náusea física más fuerte que el miedo a la muerte. —Pero todavía tenemos una libertad —dice Eleazar, su voz ahora tiembla con una terrible resolución—. La libertad de elegir cómo termina esto. La libertad de negarles su triunfo. Eleazar saca su propia daga y la levanta bajo la luz de la antorcha. El metal brilla. —¡Muramos como hombres libres! ¡Que nuestros cuerpos sean el único trofeo que encuentren! Dejaremos los almacenes de comida intactos, para que el mundo sepa que no morimos de hambre, sino porque preferimos la muerte a la esclavitud.

El silencio se rompe. Algunos hombres lloran abiertamente. Otros asienten con una determinación sombría. Ari camina hacia su familia. Miriam ve la daga en su mano y entiende. Una lágrima solitaria rueda por su mejilla sucia de polvo. Ella despierta suavemente al pequeño Daniel. El niño se frota los ojos, confundido por la oscuridad y el olor a quemado.

—¿Papá? —pregunta el niño—. ¿Ya se fueron los romanos? Ari se arrodilla. El corazón se le rompe en mil pedazos, un dolor más agudo que cualquier espada romana. Acaricia el pelo de su hijo.

—No, Daniel —susurra Ari con voz estrangulada—. Pero nosotros nos vamos a ir a un lugar donde no pueden alcanzarnos. Ari mira a Miriam. Se toman de la mano por última vez. A su alrededor, otras familias se abrazan en despedidas desgarradoras. Los primeros sollozos ahogados comienzan a oírse mientras los hombres, con lágrimas en los ojos, levantan sus armas no contra los romanos, sino contra lo que más aman, eligiendo el horror de la muerte propia sobre el horror de la vida romana. La noche es larga, y el trabajo por hacer es terrible. Abajo, los centinelas romanos observan las luces parpadeantes en la cima, preguntándose qué estarán planeando esos tercos rebeldes para el amanecer.

Nota: el protagonista Ari es nuestro personaje de ficción que se despide de su familia en un evento histórico probablemente acontecido entre el 73 on74 d. C. En la imagen se recrea al personaje Ari despidiéndose de su familia, antes de quitarles la vida; atrás lo espera su compañero verdugo, para quitarle la vida.

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