Mario E. Fumero
Es inusual, según algunos científicos, la frecuencia de los terremotos que vienen ocurriendo en diferentes partes del planeta, especialmente cuando se producen en lugares donde históricamente estos fenómenos han sido menos frecuentes. La tierra tiembla en distintos lugares y, ante esta realidad, surge una pregunta inevitable: ¿qué mensaje nos transmiten estos fenómenos telúricos?
Podemos afirmar que el planeta se encuentra permanentemente expuesto a la actividad sísmica, y en algunos lugares estos fenómenos han provocado temor y preocupación entre la población.
Recientemente hemos visto cómo, en diferentes países de América Latina, los movimientos sísmicos han causado muerte y destrucción. También en las costas de Honduras y en el vecino país de El Salvador se han registrado temblores, aunque de menor intensidad. Asimismo, en España se han reportado movimientos sísmicos en la región de Granada. Todo esto nos lleva a reflexionar sobre la naturaleza de estos fenómenos.
La pregunta que deseo abordar es: ¿por qué tiembla la tierra? Frente a esta realidad podemos encontrar dos perspectivas. La primera es la científica, que explica los terremotos, principalmente mediante el movimiento y la interacción de las placas tectónicas, así como por la liberación repentina de energía acumulada en las fallas geológicas. La segunda perspectiva es la bíblica, que considera los terremotos dentro del conjunto de señales mencionadas por las Escrituras en relación con los últimos tiempos.
En Mateo 24:6-7, Jesús advirtió cuáles serían algunas de las señales asociadas con los últimos tiempos: “Oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares”. Es importante observar que Jesús menciona guerras, pestes, hambres y terremotos como parte de un panorama general. Sin embargo, el mismo pasaje advierte que estas cosas, por sí solas, no significan que el fin haya llegado, pues Jesús comienza diciendo: “pero aún no es el fin”. Por eso debemos evitar interpretar cada terremoto como una prueba definitiva de que la segunda venida está inmediatamente próxima, pero sí que vamos al Nuevo Orden Mundial.
También encontramos repetidamente el fenómeno del “terremotos” en el libro de Apocalipsis. Aparece en Apocalipsis 6:12; 8:5; 11:13; 11:19 y 16:18. En este último pasaje se describe un acontecimiento extraordinario: “Hubo un gran terremoto, cual no lo hubo jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra”. Apocalipsis 16:18. La reiteración de este fenómeno dentro de las visiones de Apocalipsis muestra la importancia que tiene el terremoto dentro de su lenguaje profético. Sin embargo, debemos distinguir entre los terremotos ordinarios que ocurren actualmente y aquellos acontecimientos extraordinarios descritos específicamente dentro de las visiones apocalípticas.
En diferentes momentos de la Biblia se registra que, cuando Dios se manifiesta de manera extraordinaria, la tierra tiembla. Esto ocurrió en el monte Sinaí, cuando Dios se manifestó ante Israel (Éxodo 19:18), y también se produjo un terremoto asociado con la muerte de Jesucristo (Mateo 27:51-54). Estos acontecimientos muestran que, dentro del lenguaje bíblico, que el movimiento de la tierra muestra manifestaciones extraordinarias del poder de Dios.
¿Podría todo esto ser una voz de alerta para que tomemos en serio las profecías bíblicas? ¿Podría ser una llamada a estar preparados? Son preguntas que cada persona debe considerar. En estos tiempos de inestabilidad política, económica y climática, debemos estar preparados para enfrentar diferentes contingencias. El otro día contemplaba desde lejos la capital de Tegucigalpa y observaba sus grandes edificios. Entonces me hice una pregunta: ¿qué ocurriría si Honduras experimentara un sismo de magnitud siete? ¿Están todos nuestros edificios preparados para resistir un fenómeno de esa magnitud? ¿Qué ocurriría en las zonas construidas sobre laderas y terrenos vulnerables?
La vulnerabilidad de Tegucigalpa no depende únicamente de la posibilidad de un terremoto. La combinación de pendientes pronunciadas, construcciones en zonas de riesgo, deficiencias de infraestructura y posibles deslizamientos puede aumentar considerablemente los daños provocados por un fenómeno natural. Sea probable o no que suframos un gran terremoto en la capital, lo prudente es tomar las precauciones necesarias y prepararnos para enfrentar cualquier fenómeno sísmico o climático. La prevención no significa vivir atemorizados, sino actuar responsablemente.
Desde la perspectiva cristiana, además, estos acontecimientos deben llevarnos a mantenernos vigilantes. Jesús mismo dijo:“Así también vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios” Lucas 21:31. Por eso, más que intentar establecer fechas o interpretar cada terremoto como una señal definitiva, debemos prestar atención al llamado bíblico a la vigilancia, la responsabilidad y la esperanza. Vivimos en un mundo sujeto a fenómenos naturales que pueden producir grandes calamidades, y la fe cristiana nos invita a estar preparados, no solamente para enfrentar una emergencia terrenal, sino también para vivir con la mirada puesta en la promesa de Cristo. La tierra puede temblar, pero nuestra responsabilidad no debe hacerlo: debemos estar preparados, actuar con prudencia y mantener firme nuestra esperanza en Dios.
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