Absalón, hijo del rey David, permitió que el deseo de poder creciera en su corazón hasta eclipsar la obediencia. Con astucia ganó el favor del pueblo, se proclamó rey en Hebrón y levantó un ejército contra su propio padre, obligando a David a huir de Jerusalén. Lo que comenzó como ambición terminó convirtiéndose en guerra.
El enfrentamiento ocurrió en el bosque de Efraín. Allí, la naturaleza misma se volvió escenario del juicio. Mientras Absalón huía montado en su mula, su largo cabello —símbolo de su orgullo y de su imagen— quedó atrapado en las ramas de un gran árbol. Absalón quedó suspendido, sin caer y sin avanzar, vulnerable y silencioso, mientras la batalla seguía a su alrededor. No era ya un rey en ascenso, sino un hijo perdido.
Joab, jefe del ejército de David, desobedeció la orden del rey de preservar la vida de Absalón y puso fin a la rebelión. El cuerpo de Absalón fue enterrado sin honra, cubierto por un montón de piedras, y así terminó el camino del que quiso el trono antes de tiempo. Cuando la noticia llegó a David, el rey no celebró la victoria ni aseguró su dominio. Subió a la cámara más alta del palacio y lloró amargamente. No lloró por un enemigo vencido, sino por un hijo amado. El reino fue restaurado, pero el corazón del padre quedó herido para siempre. “¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera haber muerto yo en lugar de ti!”. — 2 Samuel 18:33


