Nelly Montalvo
¿Qué significa la nueva naturaleza? Cuando hablamos de la nueva naturaleza nos referimos a la nueva vida del Espíritu que se recibimos, al aceptar al Señor Jesucristo como Señor y Salvador de nuestra vida. Cuando reconocemos que somos pecadores y nos arrepentimos de todos nuestros pecados, y venimos a Jesús para ser limpios, entonces, por fe, a través de la sangre de Cristo, quedamos limpios de todo pecado e iniquidad. El Espíritu Santo de Dios viene a morar en nuestro cuerpo, convirtiéndolo en templo del Espíritu Santo. Es como tener dos personalidades en un solo cuerpo, la naturaleza espiritual y la naturaleza natural. La naturaleza natural es la ley de la mente que se revela contra Dios. La naturaleza espiritual es la que busca y se comunica con Dios. La naturaleza del Espíritu nos redarguye cada vez que hacemos algo que va en contra de los estatutos divinos establecidos.
odemos clarificar el punto diciendo que la naturaleza espiritual es la vida del espíritu que recibimos al ser purificados por la sangre de Cristo, obteniendo así el perdón de pecados y ser llenos del Espíritu Santo. Ahora tenemos la fuerza interior para vivir correctamente. Estas dos naturalezas siempre estarán en conflicto dentro de nosotros, porque el viejo hombre, dominado por la vieja naturaleza de pecado, todavía existe en nuestro interior. El nuevo nacimiento no destruye la naturaleza del pecado que es terrenal, sino que la somete. Por lo tanto, debe ser crucificada y sepultada con Cristo diariamente; de lo contrario, siempre va a tratar de retener todo el poder que tenía sobre nosotros antes del nuevo nacimiento.
Es de suma importancia que la naturaleza espiritual reine y domine nuestros deseos carnales, para que nuestro hombre carnal pueda someterse a la naturaleza del Espíritu. En nuestra nueva naturaleza, la simiente viva e incorruptible de Dios, nos guía y entonces comenzamos a tener deseos de vivir para servir a Dios. Nuestra naturaleza espiritual no puede ser corrompida por el pecado, y siempre está redarguyéndonos de pecado, para conducirnos al arrepentimiento. En lo natural hemos sido constituidos de la carne y del espíritu, donde la ley de la mente es de pecado, y la ley del espíritu es de vida. Para poder experimentar la paz viviendo en un estado de tranquilidad, es necesario que nuestro espíritu tenga el control de nuestro cuerpo.
El Apóstol Pablo describe, muy claramente, la lucha que se debate en nuestro interior en el libro a los Romanos: “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (Romanos 7:19-25). Encontramos en este pasaje bíblico que nuestra lucha interior es intensa, podríamos decir que es una lucha a muerte. El pecado nunca se dará por vencido y siempre estará acechándonos para tomar el control de nuestra mente, para que continuemos en nuestro pecado y perdamos nuestra alma.
La realidad es que por nuestras propias fuerzas jamás vamos a vencer los deseos de la carne. Pero la nueva naturaleza del Espíritu nos capacita para resistir al pecado, y darnos la fuerza que necesitamos para vivir una vida agradable a Dios. Una vida guiada por el Espíritu y no por los deseos de la carne. La palabra enseña que es necesario despojarnos del viejo hombre el cual está viciado por las obras de la carne: “En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, … y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4:22, 24).
El viejo hombre está viciado. La mente natural siempre está controlada por malos pensamientos, que son adulterio, fornicación, robos, homicidios y toda clase de pecados que se manifiestan en nuestra conducta. Esto hace que la corrupción vaya de peor en peor, degenerando así al cuerpo. Mientras el viejo hombre, o la vieja naturaleza, siga en control de nuestro cuerpo, no tendremos cambios positivos, ni vamos a poder experimentar la paz de Dios. Para lograr cambios tenemos que despojarnos del yo, desprendernos y renunciar a todo aquello que este asociado a la vieja manera de vivir. Tenemos que ponernos la nueva vestidura del Espíritu la cual nos da vida, amor, gozo, paz, benignidad y todos los demás frutos del Espíritu Santo. Esto lo logramos cuando permitimos que la nueva naturaleza del espíritu reine en nuestro cuerpo y en nuestra mente para que podamos someternos a Dios.
De la misma forma que diariamente cuidamos y alimentamos nuestro cuerpo natural para mantenernos saludables, tenemos que cuidar y alimentar nuestro hombre espiritual. Es necesario que alimentar nuestra naturaleza divina con ayunos, meditación, hablando con el Señor a través de oración, la lectura de las Escrituras, y servicio. La naturaleza que dominará al cuerpo será aquella que más alimentemos, aunque la naturaleza divina es superior a la carnal o natural.
Romanos 12, el Apóstol Pablo escribió acerca de la importancia de renovar nuestra mente con la Palabra. Nuestra mente tiene que ser saturada por las Sagradas Escrituras día y noche, ya que el Espíritu Santo es el único que nos puede dar la victoria contra el pecado. La palabra comienza a renovar nuestra mente, así como la forma de pensar, hablar y hacer todas las cosas conforme al Espíritu. Cuando dejamos atrás los pensamientos y las obras pecaminosas de la carne, entramos en un nuevo nivel de crecimiento. Esta nueva forma de pensar y vivir es la que nos trae liberación, paz, gozo y alegría, siempre y cuando permanezcamos en Cristo. El hombre que no camina en el Espíritu no puede experimentar la verdadera paz, aunque diga que la tiene.
Al renovar nuestra mente nuestro cuerpo se somete a la nueva vida espiritual, y obtiene la fuerza para vivir una vida victoriosa en todas las circunstancias, sometiéndose así a la voluntad de Dios. Esto no es un cambio externo solamente, sino que viene de adentro para fuera. Es un sometimiento total a la nueva naturaleza, o a la vida del Espíritu de Dios en el hombre.
Esto no significa que ya no vamos a experimentar luchas internas entre nuestras dos naturalezas, la de la carne y la del espíritu, porque el enemigo siempre estará peleando en nuestra contra. Él era el dueño de nuestra alma, pero perdió su dominio al Cristo vencerlo en la cruz del calvario. Por mucho tiempo fuimos sus esclavos, andando en las obras de la carne, haciendo todo lo que venía a nuestra mente. Ahora su misión es hacernos volver atrás para que caminemos derrotados, dándole más atención y credibilidad a las cosas negativas que nos rodean; los conflictos, criticas, pensamientos negativos, la baja estima y muchas otras cosas que pertenecen a la vieja naturaleza.
Él enemigo nos estará susurrando en el oído que no servimos, que nunca llegaremos a ningún sitio, que no le importamos a nadie, y quizás nos dejará sentir que antes estábamos mejor que ahora. Satanás es un engañador y su meta es hacernos revelar contra Dios, como hizo con Adán y Eva en el jardín del Edén: “Pero la serpiente era astuta, más que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho; la cual dijo a la mujer: ¿Conque Dios os ha dicho: no comáis de todo árbol del huerto? Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer: pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal. Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió, así como ella” (Genesis 3:1-6).
Adán y Eva, siendo los primeros seres humanos creados, tenían el dominio de todo lo creado en esta tierra. Dios les dio autoridad, sobre todo, lo único que les prohibió fue comer del árbol del bien y del mal. La serpiente, con su astucia, logró engañar a Eva y esta comió del árbol, y también le dio de comer a su esposo Adán, desobedeciendo así a Dios. Dios los echó del jardín del Edén quedando estos esclavos del pecado y bajo el dominio de Satanás: Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó Jehová del huerto de Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida” (Genesis 3:22-24).
l hombre, por su desobediencia, perdió la comunión que tenía con Dios y el dominio de todo lo creado, pasándolo todo a las manos del enemigo. Adán y Eva no pudieron entender el privilegio y el poder que habían recibido y se dejaron engañar por la serpiente. Desde entonces la misión de Satanás es hacer que la humanidad desobedezca a Dios y lo engaña con toda clase de mentiras. Por eso la palabra enseña que tenemos que someternos a Dios, resistiendo todos los ataques del maligno, para que él huya de nosotros: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7).
El diablo se resiste cuando conocemos el poder de la Palabra y de la nueva naturaleza que tenemos en Cristo. Según las Escrituras, ya no somos los mismos que éramos antes de conocer a Jesús. Ahora somos seres sobrenaturales con la simiente de Dios en nosotros. Al Creador del universo le ha placido poner de su Espíritu dentro de cada creyente. Tenemos que creer y conocer el poder sobrenatural de nuestra nueva identidad a través del sacrificio de Jesús, como nos enseña la Palabra, para poder vencer en el momento de la prueba. ¿Qué privilegios se nos han otorgado con la nueva naturaleza? Muchos, algunos de esos privilegios son:
NOS HA HECHO NUEVAS CRIATURAS. Ya no somos lo que el que éramos. Antes éramos carnales, pero ahora somos espirituales, y todo lo que envuelve a este hombre del espíritu es nuevo. Todas las cosas viejas pasaron, para dejar lugar a lo nuevo de Dios: “De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
OMOS HIJOS/AS DE DIOS. No todos pueden decir que son hijos de Dios. La humanidad completa es creación de Dios, pero los hijos de Dios son solo y exclusivamente aquellos que hemos creído y recibido al Hijo de Dios como Señor y Salvador. A través de la sangre de Cristo, por su muerte y su resurrección hemos recibido salvación y el perdón de pecados: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Juan 1:12).
HEMOS RECIBIDO EL PERDÓN A TRAVÉS DE LA SANGRE DE CRISTO.
No importa el pecado o la transgresión que hayamos cometido, Él nos ha perdonado. Ya podemos decir que somos libres de culpas: “En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia” (Efesios 1:7).
JESÚS NOS HA HECHO SANTOS. El ser santificado en Jesús nos llama a ser santos juntamente con aquellos que le recibieron: “A la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro” (1 Corintios 1:2).
HEMOS SIDO ELEGIDOS POR DIOS. Nosotros no hemos elegido a Dios, sino que Él nos eligió a nosotros desde antes de la fundación del mundo: “según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él” (Efesios 1:4)
FUIMOS ESCOGIDOS PARA SER SANTOS Y AMADOS PARA REFLEJAR SU GLORIA. Nuestras nuevas vestimentas son las que el Espíritu de Dios pone en nosotros: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia” (Colosenses 3:12).
NOS HA HECHO LIBRES. La naturaleza espiritual del nuevo hombre nos ha hecho libres. El enemigo no tiene poder sobre nosotros. Jesús nos libertó del poder de Satanás, y de todas sus ataduras. Mientras permanecemos en la Palabra, el diablo no tiene poder alguno contra nosotros: “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:31-32, 36).
OMOS COHEREDEROS CON CRISTO. “Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados” (Romanos 8:17).
HEMOS SIDO SELLADOS Y LLENOS DEL ESPÍRITU SANTO. Al instante que escuchamos el evangelio de Jesús y lo creemos de todo corazón y aceptamos lo que dice, ahí mismo Dios nos sella con el Espíritu Santo como propiedad suya: “En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa” (Efesios 1:13).
HEMOS SIDO RECONCILIADOS CON DIOS. Dios, a través de Cristo, quitó todo pecado y toda barrera que nos hacía enemigos de Dios. De ser enemigos nos hemos convertidos en amigos, en hijos/as de Dios: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación” (2 Corintios 5:18).
NOS HA HECHO CONCIUDADANOS DEL CIELO. Antes éramos extranjeros, alejados de las promesas de Dios, muertos en delitos y pecados, pero al aceptar las buenas nuevas de salvación, nos convertimos en miembros de la familia de Dios: “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios” (Efesios 2:19).
EMOS RECIBIDO SANIDAD. Jesús pagó por nuestras dolencias y enfermedades. Él llevó el castigo por el pecado que le correspondía al hombre y clavó en la cruz toda enfermedad habida y por haber. Tenemos sanidad por las llagas de Jesús: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:5).
NOS HA HECHO SACERDOTES. El sacerdote en el Antiguo Testamento era el mediador entre Dios y los hombres. Este ofrecía sacrificios y ofrendas por sus pecados y por los pecados del pueblo. Hoy día, por medio del sacrificio de Jesús, todos aquellos que creemos en el mensaje de Jesús y lo recibimos como Señor y Salvador somos sacerdotes de Dios y nuestros pecados nos han sido perdonados. Podemos entrar directamente al trono de la gracia, y no necesitamos que otras personas hagan sacrificios por nuestros pecados. Ahora, como sacerdotes, ministramos al Señor confesando nuestros pecados, dándole acción de gracias, alabanzas, adoración y publicando el mensaje de salvación a los perdidos “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable”
(1 Pedro 2:9).
AHORA TENEMOS PODER. El poder del Espíritu Santo se manifiesta a través de nosotros. Tenemos autoridad y poder para sanar enfermos, echar fuera demonios, hablar nuevas lenguas, etc., porque el Espíritu Santo está en nosotros. Este es un poder sobrenatural que viene de lo alto: “Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán” (Marcos 16:17-18).
TENEMOS VIDA ETERNA Y NO VENDREMOS A CONDENACIÓN. Recibimos la vida eterna cuando aceptamos a Jesús como Señor y Salvador. Esta vida es eterna y para siempre, comenzando desde el momento que nos entregamos a Cristo y continuando después de la partida de esta tierra, donde se entra a una vida total en el Espíritu junto a Dios y su Cristo. Mas aquellos que viven en la naturaleza natural o carnal, serán condenados eternamente y para siempre:
“De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida. De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán. Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo; y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación” (Juan 5:24-29).
Éstas son algunas de las muchas bendiciones que hemos recibido con nuestra nueva naturaleza, al aceptar a Cristo como Señor y Salvador de nuestra vida, ya que, la nueva vida está en nosotros. Ahora tenemos que caminar con esta mentalidad de lo que somos en Cristo, ya que somos nuevas criaturas y nuestro pasado quedó atrás. Antes estábamos apartados de Dios, haciendo todas las cosas que venían a nuestra mente, sin temor ni control alguno. Todo lo que deseábamos hacer lo hacíamos sin pensar si era bueno o malo, porque estábamos atados a toda pasión natural. Pero ahora, con nuestra nueva naturaleza, nos hemos convertido en Hijos/as de Dios y pertenecemos a su familia.
Antes cuando andábamos guiados por nuestra vieja naturaleza, estábamos muertos para con Dios en delitos y pecados. Pero ahora, al resucitar con Cristo, estamos sentados con Él en lugares celestiales, disfrutando de todas las bendiciones espirituales que Dios nos ha dado como hijos/as suyos. Ya no tenemos que pensar en lo que hicimos, ya que eso pertenece al pasado. Ahora somos santos. Dios nos llamó a vivir una vida en santidad, digna de aquel que nos llamó: “porque escrito está: Sed santos porque yo soy santo” (1 Pedro 1:16).
Nuestra vida ya no tiene que ser controlada por la antigua naturaleza de la carne la cual andaba esclavizada y corrompida por el pecado y toda clase de concupiscencias. Ahora estamos guiados por la naturaleza del Espíritu Santo y somos quien Dios dice que somos; templo de Dios e hijo/as de Dios que tenemos el poder sobrenatural del Espíritu Santo que estará con nosotros para siempre. Solo tenemos que permitir que la nueva vida del Espíritu renueve nuestras mentes y nos guíe, para que caminemos en poder y autoridad experimentando el gozo y la paz de Dios con una mente renovada.


