Alejandro Peláez
Uno de los principios más claros del modelo apostólico bíblico es ignorar el hecho de que la iglesia comienza en nuestra familia: la casa del pastor es su primera iglesia. Cuando este principio se pierde, no solo se afecta la familia, sino que se traslada el desorden al cuerpo congregacional. La Escritura no separa familia e iglesia; por el contrario, presenta a la familia como la estructura primaria del gobierno espiritual. Allí se modela la sujeción, el amor, la autoridad, el servicio y el carácter cristiano. “Si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe” (1 Timoteo 5:8)
Cuando el pastor descuida su casa emocional, espiritual o funcionalmente por causa del ministerio, el ministerio se vuelve contradictorio. Surge el daño silencioso a la esposa que se ve forzada a asumir funciones que no le corresponden o bien se retrae, o bien gobierna sin orden. Los hijos del pastor que crecen sin límites claros, sin disciplina amorosa y sin ejemplo coherente, ellos serán la próxima generación con heridas y distorsiones que en muchos casos los alejarán del temor a Dios. Confundirán ministerio con ausencia, rechazaran la autoridad espiritual, y si siguen tal vez replican el desorden en la iglesia. Lo que no se resuelve en casa se manifiesta en la iglesia. Es importante señalar que el pastor debe actuar en el hogar más como padre que como pastor, y no imponerles a sus hijos la religión como forma de castigo o disciplina. También debe educar la iglesia y hacerles ver que sus hijos son iguales a los de las demás familias que forman la congregación, porque un pastor no pare pastorcitos, ya que el pastoreado no es una herencia, sino un llamamiento.
Esto ha dado lugar a desviaciones contemporáneas. La Escritura honra el servicio de la mujer en el Reino (Priscila, Febe, Lidia), pero nunca promueve un liderazgo independiente del orden familiar. “No permito a la mujer enseñar ni ejercer dominio sobre el hombre” (1 Timoteo 2:12) Este texto no niega el don, sino corrige el desorden del dominio. Es triste ver esposos que predican autoridad, pero no lideran su casa; esposas que ministran la Palabra sin caminar en acuerdo espiritual con sus maridos. “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” (Amós 3:3). Ministerios construidos sobre modelos culturales y cuando es la cultura la que define la iglesia y no es la Palabra, surgen modelos que reemplazan el orden de Dios, por la autoafirmación del llamado “empoderamiento” el cual altera el orden, apareciendo la falta de sujeción, y confunden la igualdad eliminándose la importancia de los roles tanto en la familia, como en la congregación.
“No os conforméis a este siglo” (Romanos 12:2) Esto envuelve el restaurar el orden. No es retroceder, sino obedecer. El orden bíblico no oprime; protege. Donde hay orden la esposa florece con seguridad, los hijos crecen con identidad, la iglesia camina con claridad. “Dios no es Dios de confusión, sino de paz” (1 Corintios 14:33). Restaurar la casa como primera iglesia, sana matrimonios pastorales, restaura autoridad legítima y detiene la reproducción del desorden.
La crisis que hoy vemos en muchas congregaciones responde mayormente al abandono del altar familiar. Dios no puede respaldar públicamente lo que no gobierna privadamente. “Yo y mi casa serviremos a Jehová” (Josué 24:15) Es tiempo de volver al diseño original. Es tiempo de restaurar la casa. Es tiempo de afirmar el orden que da vida.
Y como conclusión de este capítulo, debemos de afirmar que el pastor que no puede tener en orden su casa difícilmente podrá tener orden en la iglesia del Señor, como lo enseña el apóstol Pablo al escribirle a su hijo Timoteo al cual le dice: “pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” 1 Timoteo 3:5. No podemos obviar que como líderes religiosos somos figuras públicas y que indudablemente tenemos a nuestro alrededor una gran nube de testigos, como afirma Hebreos 12:1, y por lo tanto tenemos que ser ejemplo a aquellos que pastoreamos e incluso un modelo a seguir dentro del esquema del discipulado cristiano, como dice 1 de Timoteo 4:12 “Ninguno tenga en poco tu juventud, sino sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza” porque indudablemente nadie puede dar lo que no tiene y está establecido que por sus frutos nos conocerán.


