TEGUCIGALPA: UNA CIUDAD VULNERABLE A SER DESTRUIDA

Mario E. Fumero

No podemos negar que Tegucigalpa es una ciudad que presenta una gran vulnerabilidad ante los fenómenos naturales, principalmente los deslizamientos de tierra y a los movimientos sísmicos. Su accidentada topografía, caracterizada por montañas, cerros, laderas y profundas pendientes, constituye un factor de riesgo para miles de viviendas construidas en lugares que no siempre reúnen las condiciones adecuadas de seguridad.

Hace varios años, científicos japoneses realizaron estudios sobre las zonas vulnerables de la capital hondureña, identificando sectores expuestos a diferentes amenazas naturales. Estos estudios deberían servirnos de advertencia sobre la necesidad de establecer controles más rigurosos en el desarrollo urbano y en la construcción de nuevas colonias.

La historia nos recuerda que Tegucigalpa fue una importante zona minera durante la época colonial española. La explotación de minerales dejó huellas en su territorio, aunque sería necesario determinar mediante estudios técnicos hasta qué punto las antiguas excavaciones representan actualmente un peligro para determinadas construcciones.

En los últimos años hemos presenciado cómo las lluvias intensas han provocado deslizamientos, derrumbes y daños en diferentes sectores de la capital. En ocasiones, basta una simple tormenta para que algunas laderas se vuelvan inestables, y pongan en peligro las viviendas situadas sobre ellas o en sus partes inferiores.

Basta contemplar el panorama de Tegucigalpa desde cualquiera de sus puntos elevados para comprender la magnitud del problema. Observamos colonias enteras construidas sobre pendientes pronunciadas, con viviendas levantadas unas encima de otras, sin que existan suficientes obras de estabilización, drenaje y protección. ¿Qué ocurriría si una de esas grandes laderas sufriera un deslizamiento de enormes proporciones? Las construcciones situadas en las partes inferiores podrían resultar gravemente afectadas, desencadenándose una tragedia humana de consecuencias difíciles de calcular.

Pero existe otro peligro que no debemos ignorar: los terremotos. Aunque Honduras no experimenta la misma actividad sísmica que otros países de Centroamérica, nuestro territorio no está exento de movimientos telúricos. Hace poco, mientras contemplaba el panorama de nuestra capital y reflexionaba sobre los terremotos que ocurren en diferentes partes del mundo, me hice una pregunta inquietante: ¿Qué sucedería si Tegucigalpa fuera sacudida por un terremoto de magnitud 6 o superior? No quiero imaginar las consecuencias que podría tener un fenómeno de esa naturaleza en aquellas zonas donde existen viviendas construidas sobre terrenos inestables, laderas pronunciadas o suelos que no ofrecen suficiente seguridad.

Debemos recordar que la magnitud de un terremoto no determina por sí sola la gravedad del desastre. También influyen la profundidad del sismo, su distancia respecto de la ciudad, las condiciones geológicas y la calidad de las construcciones. Entonces surge otras preguntas que merecen respuestas:

¿Están preparados nuestros edificios para resistir un movimiento sísmico de gran intensidad? ¿Se realizaron estudios adecuados del suelo antes de construirlos? ¿Se respetaron las normas de construcción antisísmica? ¿Existen inspecciones periódicas que permitan conocer el estado de las estructuras más antiguas? ¿Se han identificado las colonias donde un terremoto podría desencadenar deslizamientos de tierra? ¿Contamos con planes efectivos de evacuación, albergues y atención de emergencias?

La experiencia internacional demuestra que los terremotos pueden causar enormes daños cuando afectan ciudades densamente pobladas, especialmente donde existen construcciones vulnerables y deficiencias en la planificación urbana. Tegucigalpa ha crecido de manera acelerada y, en muchos sectores, desordenada. Las necesidades de vivienda han llevado a numerosas familias a establecerse en terrenos que presentan condiciones de riesgo y la pobreza obliga muchas veces a construir donde se puede, y no donde se debe. Esta realidad debería preocupar profundamente a las autoridades municipales y nacionales. Una población preparada puede reducir considerablemente las consecuencias de un desastre.

Desde una perspectiva bíblica, los terremotos también nos recuerdan las advertencias de Jesucristo acerca de los acontecimientos que caracterizarían tiempos de grandes dificultades. En Mateo 24:7, Jesús declaró: «Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares». Estas palabras nos recuerdan la fragilidad de la existencia humana y nuestra necesidad de estar preparados espiritualmente. La enseñanza bíblica debe llevarnos a la reflexión, pero también a la responsabilidad. La fe en Dios no elimina nuestra obligación de prevenir los peligros como nos enseña Proverbios 22:3 que declara: «El avisado ve el mal y se esconde; mas los simples pasan y reciben el daño».

Por eso, mi preocupación no es anunciar que Tegucigalpa será destruida, sino advertir que una ciudad vulnerable, sin suficiente prevención y planificación, puede sufrir consecuencias devastadoras cuando ocurre un fenómeno natural de gran intensidad.

marioeduardofumero@gmail.com

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