¿ESTRUCTURA O ANARQUISMO?

Mario E. Fumero

Tomado del libro «TIEMPOS PELIBROSOS» EN 1987

     Desde el momento que Dios inició su proceso creativo, siguió un plan muy bien estructurado para llevar a cabo su propósito divino. Él era consciente del pro y contra de cada norma o estructura, por lo que fue proveyendo para cada situación una solución y un cambio de actuación, modificando con ello las estructuras de acuerdo con la necesidad. Pero ¿qué es una estructura? Es una base mínima de organización que regula la relación entre dos o más personas, según la necesidad del lugar, tiempo o labor para la cual se crea. Pensar en una relación de grupo, sin ningún esquema de estructura funcional y de gobierno, es absurdo, a menos que hayamos alcanzado tal grado de perfección, que funcionemos «programada mente», como ordenadores (computadora), esto es lo que en sí promueve la doctrina anarquista,[1] «una sociedad perfecta, sin gobierno, donde cada uno sea su propio rey».

Al pensar en las estructuras, y en la vida de la Iglesia, se debate dentro de mí una lucha, ya que reconozco que como cuerpo de Cristo, hemos heredado unas estructuras bíblicas para el correcto funcionamiento de la obra de Dios en la tierra, pero existe otro peligro, que queriendo ayudar tanto a la obra de Dios, forjemos además de las estructuras bíblicas, otras extrabíblicas que con el tiempo se convierten en dogmas que opriman la libertad y el mover del Espíritu y la autonomía de la Iglesia local. ¿Cómo podemos enfocar el complejo dilema de las estructuras? No creo en la «independencia», ya que este concepto, al igual que él de la «libertad», son relativos. 

No existe una libertad absoluta, pues ésta termina cuando el derecho de otro comienza. Además, el ser libre no nos da el derecho a hacer «lo que me dé la gana», como dice la palabra:   «Actuad como libres, y no como los que hacen de la libertad un pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios». (1 Pedro 2:16). De igual forma, la independencia, es un concepto utópico, pues en realidad dependemos de los padres, de la familia, del trabajo, del que nos provee los víveres, de los recursos tecnológicos, de las leyes físicas, morales y sociales etc. Somos seres creados para vivir en “dependencia”, desde que estamos en el vientre de nuestras madres, (atado al cordón umbilical), hasta el momento en que dejamos de existir, (cuando somos sepultados). No podemos ir por la vida de «libres». En la iglesia esta dependencia esta imperativamente establecida por el principio del cuerpo; «De manera que, si un miembro padece, todos los miembros se conduelen con él; y si un miembro recibe honra, todos los miembros se gozan con él.» (1 Corintios 12:26).

          En una función del cuerpo, lo menos que existe es independencia. Creo firmemente que los que proclaman la independencia, tratan de justificar una vida sin sujeción, en donde ellos desean ser cabeza de sí mismos y de los demás, y este principio aplicado a la vida de la iglesia puede dar origen a estructuras patriarcales o dictatoriales, que llegan a ser peores a las que se pueden formar en las estructuras asambleístas. Algunos proclaman la independencia para manejar y esclavizar a los que en torno suyo son sus seguidores. Otros para no dar cuenta a nadie, y vivir desordenadamente, sin responder por nada; auto ordenándose, auto diezmándose y proclamando ese esquema erróneo, por lo que afirman: «yo soy el gobierno, la ley y la organización, fuera de mí no hay nada más».

          Pero ahora viene el problema, que a veces, lo deja a uno desorientado: ¿Cuál y cómo debe ser la estructura ideal? Todo depende de la necesidad. Las normas son creadas por los conflictos y situaciones históricas del momento. Así que formamos asambleas, comisiones, consejos de ancianos, o diáconos, para trazar pautas en tal o cual asunto que tienen que ver con el funcionamiento de la iglesia, y su trabajo terrenal.

          Todas estas estructuras obedecen (en muchos casos) a necesidades específicas. Buscan resolver, prever y solucionar problemas reales y latentes en ese momento. Se les confiere poderes a un grupo o personas, se regulan sus acciones, se trazan pautas que nos ayudan a crecer» en orden, autoridad y armonía». De pronto estas estructuras extrabíblicas se imponen, enquistan y se establecen como “un todo” en la vida de la iglesia. Aparecen hombres que las «legalizan», y sin entender el espíritu de la estructura, la imponen como sistema rígido. Lentamente entran en choque con verdades bíblicas, y se establecen como un «derecho canónico»[2] en la vida del cuerpo. Sin darnos cuenta, nos hacemos esclavos de estructuras caducas, que oprimen y divorcian la conducta eclesiástica de la verdad Bíblica. ¿Cuál ha sido el mayor estorbo al mover del Espíritu en el inicio de los avivamientos del siglo XX? Las estructuras religiosas heredadas del pasado.

          Los poderes legislativos de una asamblea, la prosperidad de un movimiento, la falta de espiritualidad de los líderes, las ambiciones económicas y de poder, las influencias teológicas, y otras tantas cosas más pueden desvirtuar las estructuras denominacionales, y hacer de éstas más que un medio de unidad del cuerpo, un mecanismo opresivo para el mover del Espíritu, el quehacer de los ministerios y la edificación espiritual del cuerpo de Cristo. Es por esta razón que nacen muchos «grupos independientes»[3], que a su vez están en otro serio peligro. Estos mismos grupos se unen y comienzan a crear estructuras que llegan a ser peores que las existentes en las denominaciones. Debemos reflexionar y reconocer que no podemos andar «sueltos», pero tampoco «oprimidos». No debemos forjar reinitos individuales, ni debemos crear hegemonías eclesiásticas. Nos necesitamos, porque «en la unidad hay fuerza».

          Debemos buscar la unidad y estructurar la sujeción espiritual y humana dentro de un equilibrio que no anule la dirección de Dios en nosotros. Debemos someternos a toda autoridad (Rom 13:1-2), orar por ellas, pedir que el poder absoluto, que todo lo corrompe, no reine en nuestras iglesias. Confieso y reconozco que yo mismo, a veces, he creado estructuras, y sin quererlo, se han enquistado, y nos han causado problemas para crecer. Creo en las estructuras, pero, sobre todo, creo en la libertad del Espíritu, que debe guiar a la iglesia para hacer los cambios que estime convenientes y llevarnos así a la voluntad perfecta de Dios. No podemos ignorar que hay peligro de las estructuras radicales, así como del poder absoluto que nos acecha en estos últimos tiempos y debemos tener cuidado con estos dos males que causan tanto daño a la Iglesia Universal del Señor.


[1] – ANARQUÍA: Viene del griego “A” que significa sin y “ARKE” autoridad, entendiéndose “sin autoridad” por lo que es la falta de un gobierno dentro de un estado. Es sinónimo de confusión, flaqueza, desconcierto en el orden público. Como doctrina política propone la existencia de una sociedad sin gobierno, en donde la relación es el medio de armonía y convenios de convivencia, y se hizo muy popular antes de la guerra civil española.

[2]-Es el conjunto de reglas que gobierna la iglesia Católica Apostólica y Romana con su orden jerárquico y sus relaciones con los feligreses, así como con los fueros externos.

[3] – Cuando hablamos de independencia o dependencia enfocamos dos conceptos opuestos y peligrosos en su aplicación. Frente al peligro de ambos extremos algunos formulan la interdependencia como la mejor opción en las relaciones ministeriales y eclesiásticas.

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