Mario E. Fumero
La música es una combinación de melodías y expresiones que nacen del interior de nuestro ser o espíritu. Obedece a dos factores básicos que la originan:
–El talento: que es un don innato en la persona, y que se perfecciona por la práctica, el estudio y la influencia del medio en el cual se vive.
-La inspiración: que es la expresión sentimental de lo que hay en nuestro interior, y se nutre de las experiencias externas. La música es un arte, además de una expresión poética y emocional, combinadas en una sola expresión.
Tuvo su origen en el cielo, como medio a través del cual los ángeles alababan a Dios. En ella se expresa alabanza y honra al Creador: «Ellos entonaban un cántico nuevo, diciendo: «¡Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos! Porque tú fuiste inmolado y con tu sangre has redimido para Dios gente de toda raza, lengua, pueblo y nación.» (Apocalipsis 5:9). algunos afirman que es el idioma celestial. De lo que no cabe duda es que la música es el idioma universal que todos entienden.
DIMENSIONES DE LA MÚSICA EN EL CRISTIANO
En la vida cristiana, la música tiene una doble dimensión:
Primero: Es un medio para transmitir el estado anímico de nuestro espíritu en su comunión y relación con Dios, y expresar así un mensaje testimonial de nuestro ser. En este aspecto se convierte en un agente para la evangelización, pues se puede enseñar y predicar hablando, pero también se puede hacer lo mismo cantando. El poder de la música está en su atracción melodiosa, ya que muchos no creyentes están más abiertos a escuchar un mensaje cantado (que se denomina arte), ejecutado por una persona con talento, que recibir un sermón hablado.
En segunda dimensión, la música es una expresión de adoración y alabanza a Aquel que amamos. Nace de la inspiración espiritual, y en ella se funden dos elementos importantes, mi espíritu y el Espíritu Santo dentro de mi espíritu, para elevarnos y colocarnos delante del trono de Dios: «Ellos cantan un himno nuevo delante del trono y en presencia de los cuatro seres vivientes y de los ancianos. Nadie podía aprender el himno, sino sólo los 144.000, quienes habían sido redimidos de la tierra.» (Apocalipsis 14:3). En la vida de adoración, tanto del pueblo judío como de la Iglesia, la música era un elemento importante para rendir culto al Creador:
«La palabra de Cristo habite abundantemente en vosotros, enseñándoos y amonestándoos los unos a los otros en toda sabiduría con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando con gracia a Dios en vuestros corazones.« (Colosenses 3:16).
¿CREATIVIDAD O IMITACIÓN?
Si la música es un don natural al servicio del reino, ¿se debe mercantilizar su ejecución? Es aquí donde existen algunas «perversiones» en su ejercicio religioso, ya que la misma, para ser dedicada al servicio de Dios, debe estar desposeída de:
1- Una influencia imitativa a los estilos, modas o expresiones del mundo, imitando lo que tuvo un origen satánico para adaptarlo al Señor. Hoy día mucha música mundana, de origen diabólico, ha sido plagiada por los cristianos y con unas letras de un salmo, tratan de convertirla en religiosa ignorando el efecto permisivo y diabólico del ritmo y el origen de donde procede la misma. La música consagrada a Dios no debe ser robada al diablo. Dios siempre desea algo genuino, que nazca del sentimiento y del espíritu humano, impregnado por el Espíritu de Dios: «¡Cantad a Jehová un cántico nuevo! ¡Cantad a Jehová toda la tierra!» (Salmos 96:1, Isaias 42:10).
2- Una música atada tan sólo al pasado, sin expresiones nuevas, y dentro de un mismo marco melodioso. La música debe evolucionar de acuerdo con los estados anímicos. Debe de haber ritmos suaves, que lleven a la meditación y ritmos alegres, que levanten el ánimo, pero ¡cuidado!, no caigamos en lo profano, extravagante y excitativo[1], que lleva a los deseos carnales. Debemos evolucionar en el cántico de acuerdo con los momentos históricos que nos toquen vivir, acoplándolo también a nuestras raíces culturales:«¡Cantad alegres a Jehová, habitantes de toda la tierra!« (Salmos 100:1).
3- No debe usarse como una expresión artística tipo espectáculo, para explotarse y convertirse en un «espectáculo» o negocio, sino como un medio de ampliar el ministerio evangelístico y llevar a través del estilo artístico, un mensaje de salvación al mundo perdido. La mercantilización y la elevación de esta a un ministerio importante en la iglesia, está convirtiendo las iglesias en teatros, y el Evangelio tan solo en arte.
LA MÚSICA EN EL REINO DE DIOS
Así que la música dentro del reino de Dios tiene dos propósitos bien definidos en la Palabra:
Primero: Es un agente de expresión espiritual para la adoración, y en tal caso no es un espectáculo, ni un todo, sino un medio para entrar en comunión con Dios, ofrendándole por medio de la letra y melodías, alabanzas y exaltación al que es el Rey de Reyes y Señor de Señores. Por ella entramos a la presencia del Señor, y fortalecemos nuestro espíritu, a la vez que damos testimonio del Señor por medio de la oración y los cánticos: «Como a la medianoche, Pablo y Silas estaban orando y cantando himnos a Dios, y los presos los escuchaban»(Hechos 16:25). Es un recurso para enfrentarnos a los momentos difíciles de la vida. Jesús lo hizo al terminar la Santa Cena (Marco 16:26). También expresa la vida y el gozo del Señor. (Santiago 5:13). No es algo que se debe ejecutar tan sólo en el culto, sino también en el diario vivir.
Toda alabanza debe ser fresca y renovada, sin menoscabar las que hemos recibido como herencia del pasado. Existen algunos peligros frente a la nueva corriente de adoración, y debemos observar bien esto para mantener un correcto equilibrio. Debemos dar lugar a la modificación del cántico, y la forma en que ejecutamos el mismo, sin encerrarnos en una nueva liturgia musical muy rígida. No debemos permitir que la música en el culto se convierta en un «espectáculo» controlado siempre por un grupo determinado de músicos, en vez de ser un medio para llevar a toda la iglesia delante del trono de Dios. El otro peligro está en que nos encerremos con cánticos nuevos, muchas veces con un determinado estilo rítmico, y no demos cabida a otra variedad, o despreciemos los himnos del pasado, porque representan la etapa litúrgica de la cual salimos, pues todo lo nuevo se vuelve viejo y toda renovación se puede convertir en liturgia con el tiempo.
Una vez, en un culto con alabanza renovada, pedí a los músicos, después de predicar, que cantáramos el himno «Yo me rindo a Él», y me dijeron: -. Nosotros no cantamos esos himnos, porque pertenecen a la etapa litúrgica de la iglesia. – Yo pensé para dentro de mí -. ¿Y qué dirán los cristianos de estos cánticos dentro de 10 años? Seguro que exclamarán lo mismo; pues a través de la historia la música y su contenido ha evolucionado, de acuerdo con las circunstancias de cada época.
Segundo: La música debe ser un agente al servicio de la evangelización. En este caso el mensaje no va dirigido a Dios, como en la adoración, sino a las personas, expresado en ello un mensaje testimonial de índole personal y por medio del cual relato mi experiencia, o enseñanza, proclamando el amor, perdón, salvación, o cualquier principio doctrinal que nazca de la Palabra. Este tipo de mensaje debe estar impregnado de un sentido espiritual que mueva al que lo escuche a la aceptación de Jesús como Señor, y no tan solo satisfacer los deseos emocionales o carnales de los espectadores. Tampoco debemos explotarla, poniéndole precio, o valorando cada evento con contratos, al estilo mundano.
CUANDO LA MÚSICA SE MERCANTILIZA
Sin embargo, en estos tiempos la música cristiana ha caído en un mercantilismo brutal, desviándose en su propósito, para hacer de ella un negocio
Una vez hubo una experiencia con uno de estos cantantes que fue a dar un concierto a beneficio de un programa de rehabilitación en Honduras. Este puso precio a su intervención, cobrando $1,000 dólares por actuación, más los gastos de hotel y viaje. Los líderes aceptaron, pensando que iba a ser una actividad de ayuda, tanto para recaudar fondos, como para dar testimonio cristiano al mundo. Después de la actividad, al sumar los gastos, apenas quedaron ganancias, y para colmo, el cantante exigió su dinero en dólares, rechazando la moneda nacional. Al hacer el cambio al dólar, los gastos se dispararon, quedando el programa de rehabilitación en déficit. El cantante reclamo su dinero a toda costa, sin comprender la situación. Si hubo perdida, ¿no debería el cantante haber cedido en sus pretensiones de ganancias, reconociendo la realidad? Al enterarme de este hecho, aconseje no hacer contrataciones a cantantes para eventos evangelísticos que pusieran demandas económicas. El que sirve a Dios con la música, o cualquier otro ministerio, es digno de su salario, pero su talento no debe ser valorado, ni contratado, como los del mundo. Somos SIERVOS de Jesucristo, y debemos servirle con todo lo que somos, tenemos y sabemos y no podemos cotizarnos como en el mundo. Al respecto enseña Pablo: “…Estoy preparado para y a vosotros: y no os seré gravoso, porque no busco lo vuestro, sino a vosotros, pues no debe atesorar los hijos para los padres, sino los padres para los hijos, yo con mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más, sea menos. (2 Corintios 12:14-15
Desgraciadamente, existen casos en que pastores y líderes religiosos, que no son íntegros, invitan a predicadores o cantantes a sus iglesias, y se aprovechan de la situación para su propio beneficio, actuando incorrectamente con los que convidan. Se dio el caso de un hermano procedente de un lugar lejano, fue invitado a cantar, y no se le pagó ni el pasaje, ni se le cubrieron los gastos, ignorándose que vivía por fe, y que de él dependía una familia. Otras veces se levanta una ofrenda para el visitante. Al contarla se la recortan, dándole una miseria, pese a que Dios le había bendecido por medio de los hermanos. Por estos abusos, el amor se enfría, y algunos cantantes o evangelistas deciden poner condiciones económicas a su labor musical o ministerial, para no sufrir los malos tratos económicos de algunas iglesias que no estiman que el obrero es digno de su salario. Así que un extremo lleva al otro, pero ante los ojos de Dios, ni el uno, ni el otro, actúan correctamente. No debemos dejar que las adversidades de la vida endurezcan, cambien o alteren los principios para los cuales vivimos. Debemos decir como San Pablo: «Sé vivir en la pobreza, y sé vivir en la abundancia. En todo lugar y en todas las circunstancias, he aprendido el secreto de hacer frente tanto a la hartura como al hambre, tanto a la abundancia como a la necesidad.» (Filipenses 4:12)
UN CÓDIGO ÉTICO PARA LOS CANTANTES CRISTIANOS.
Debemos diseñar un código ético, para los que, teniendo talento, quieran usarlo para la gloria de Dios. Considero que en dicho código debería de haber tres principios básicos que estos hermanos tendrían que cumplir para poder ser apoyados en sus participaciones:
PRIMERO: Que sea miembro de una iglesia, y que se sujete a los ministerios de esta, cumpliendo todo lo requerido como tal; sujeción, mayordomía, y un período de formación cristiana antes de cantar.
SEGUNDO: Si se dedica, por medio de su talento, al servicio de la obra del Señor, que no se limite tan solo a cantar, sino que éste dispuesto a ministrar todo el consejo de Dios. Que, si vive de la música, mantenga sus cuentas «en luz», tanto con relación a la iglesia, como a las leyes vigentes en su país. Que comparta utilidades con otras necesidades de la obra; apoyar misioneros, obreros, ayudar a nuevas iglesias etc.
TERCERO: Que sea supervisada su labor, igual que cualquier otro ministerio, y que actué con humildad, no imitando a los cantantes del mundo, con demandas de contrato, modas extravagantes etc.
Creo que antes de invitar a un cantante, debemos informarnos si cumple estos requisitos y pedir referencia de él a sus padres espirituales o iglesia. Si fuera huérfano o insujeto, entonces tendríamos un gran problema si le damos el apoyo para actuar. Es triste ver como pastores han apoyado a cantantes, que andando mal y viviendo en pecado, se han enriquecido a costilla de los creyentes, para después volver al mundo haciendo afrenta de la iglesia. Dios nos ayude.
[1]– En experimentos hecho en hospitales psiquiátricos de los Estados Unidos, se ha podido comprobar que los ritmos musicales aumentan o disminuyen los niveles de adrenalina del cuerpo. La música rock aumenta la agresividad y hace que el cuerpo produzca más adrenalina, mientras que la música clásica produce un efecto contrario. Esto ha llevado al desarrollo de una terapía musical para los enfermos mentales.


