Un día llegué a mi casa completamente frustrado, sentí que no valía nada y una angustia me envolvía, me sentía inútil y me dispuse a conversar con mi papá. ¿Qué me había ocurrido, que me había puesto en esa condición tan deprimente? Ese día, sentí que ya no valía nada.
Lloré frente a mi padre y le conté que me acababan de despedirme del trabajo y estaba en crisis. Le conté todo.
Él me escuchó en silencio… Luego sacó un billete de 100 $ y me preguntó: —¿Lo quieres?
Lo miré, confundido.
—Claro que sí, papá… ¿Quién no lo querría?
Entonces arrugó el billete con fuerza. Me lo mostró y me dijo.
—¿Y ahora, ¿vale menos?
—Sigue siendo el mismo billete. Claro que lo quiero. – le conteste
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