Era una tarde cualquiera en un supermercado de barrio, uno de esos lugares pequeños donde los vecinos se cruzan y se saludan con un “hola” o un “qué tal”. El murmullo de las conversaciones llenaba el aire mientras familias compraban el pan, el aceite o algo para la cena. Revisaba mi lista de compras cuando una voz suave y algo temblorosa me sacó de mis pensamientos.
— Joven, ¿podrías ayudarme a ver la fecha de caducidad de esta margarina? Es que sin mis gafas no consigo leerla, y las he dejado en casa.
Me giré y vi a un hombre mayor, encorvado, con un abrigo desgastado. Sostenía una caja pequeña de margarina, ofreciéndomela con una mezcla de timidez y esperanza.
— Claro, no hay problema, — le dije mientras tomaba el paquete y me acercaba para leer las letras pequeñas. — Es válida hasta el 15 de abril del próximo año.
— Muchas gracias, hijo, — respondió con un suspiro de alivio, tomando el paquete con manos temblorosas.
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