Un día, en pleno otoño, un fuerte viento se desató sobre el bosque. Las nubes cubrieron el cielo y las hojas danzaban en un torbellino salvaje. En medio de esta tormenta, un cuervo que volaba sobre los campos chocó contra la rama de un viejo árbol. Con un graznido sordo cayó al suelo — una de sus alas colgaba sin fuerza.
El cuervo intentó levantarse, desplegar sus plumas, pero un dolor agudo atravesó su cuerpo. Comprendió que no podría hacerlo solo. Así que elevó su mirada al cielo, donde las aves giraban en círculos, y graznó esperanzado:
— Ayuda… no puedo volar…
Pasaba una urraca volando — vio al cuervo y solo bufó:
— Siempre fuiste orgulloso, volabas alto y te reías de nosotros. Pide ahora ayuda a ti mismo. Detrás de ella volaban un mirlo, un jilguero e incluso un arrendajo — todos miraban hacia otro lado, lanzando miradas cortas llenas ya sea de desprecio o indiferencia. El cuervo bajó la cabeza. Solo, hambriento y herido, comenzó a perder la fe. Pero entonces, de algún arbusto cercano, se escuchó una voz finita y delicada:
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