Alejandro Peláez
La paternidad espiritual es un don de Dios con un propósito y un límite definido. Su función es acompañar al creyente en su crecimiento hasta alcanzar madurez espiritual. Cuando este límite no se reconoce, la paternidad deja de ser guía y se convierte en obstáculo para el desarrollo de la maduración del hijo. El apóstol Pablo lo expresa claramente: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; más cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño” (1 Corintios 13:11). Permanecer en la etapa infantil más allá del tiempo previsto es desviarse del propósito de Dios. La paternidad es sana mientras conduce al creyente a “dejar de ser niño” y caminar con discernimiento, responsabilidad y obediencia directa a Cristo.
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