Mario E. Fumero
Los cambios producidos en nuestra mentalidad nos conducen a acciones que revelan claramente en que estilo de vida vivimos, así como en los enfoques teológicos y énfasis existentes. Una de las muchas influencias que predominan en las corrientes filosóficas y psicológicas del mundo de hoy, es que debemos alcanzar una meta, sin tomar en cuenta el «medio». Lo importante es «realizarnos en aquello que deseamos», sin considerar si nos conviene o no. De allí nació la idea de que «el fin, justifica los medios«, argumento que esgrimió el comunismo y hoy lo adopta el capitalismo despiadado que nos azota.
Cuando esta mentalidad nos embarga, comenzamos a desarrollar una dinámica donde las personas son como piezas en un tablero de ajedrez. Jugamos con ellas, las manipulamos y las usamos para obtener aquello que nos hemos propuesto. No evaluamos hasta qué punto puede o no ser de Dios el poseer, conquistar o adquirir lo que deseamos, y muchas veces nos encontramos que pedimos y actuamos mal, como dice Santiago 4:3-4: «Pedís, y no recibís; porque pedís mal, para gastarlo en vuestros placeres. ¡Gente adúltera! ¿No sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, cualquiera que quiere ser amigo del mundo se constituye enemigo de Dios». Convirtiéndonos en ese tipo de persona que se menciona en Filipenses 2:21: «Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo».
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