Mario E. Fumero
La personalidad humana está compuesta de temperamento y de carácter.
El temperamento es una predisposición natural e innata para reaccionar de una determinada manera. Es un don de la naturaleza y, en último término, de Dios. Podemos ser coléricos o melancólicos, sanguíneos o flemáticos. Nacemos con un temperamento y no podemos cambiarlo: moriremos con las cualidades y los defectos de nuestro temperamento.
Sobre la base del temperamento, forjamos el carácter. El carácter está compuesto por virtudes, y las más importantes son: la prudencia, la fortaleza, el dominio de sí, la justicia, la magnanimidad y la humildad. Las virtudes son hábitos morales, fuerzas espirituales adquiridas y desarrolladas por la práctica. No hemos nacido con nuestro carácter: es algo que construimos nosotros.
La palabra «carácter» proviene del griego «charakter», que es una imagen grabada en una moneda. Las virtudes imprimen el sello del carácter en nuestro temperamento, para que este deje de dominarnos.
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