Toda carga verdadera que el Señor me ha dado para llevar ha nacido de un encuentro profundo y transformador de vida en la presencia de Jesús.
En 1957, el Espíritu de Dios vino sobre mí como un espíritu de llanto. Vendí mi televisor, que era el que dominaba mi tiempo libre, y durante un año me encerré con mi Señor en oración. Pasé meses orando en mi estudio y en el bosque. Y mientras estaba en Su presencia, el me abrió su corazón y me mostró un mundo en sufrimiento. Luego me dio una orden: “Ve a Nueva York”. Obedecí, y mientras caminaba por esas calles Él me compartió su carga por las pandillas, los drogadictos y los alcohólicos. Seguir leyendo









