A menudo tengo que responder a la pregunta más extraña que alguien podría hacerle a un profesor de homilética (predicación): “¿Crees que la predicación puede ser enseñada?”. Siempre quiero responderles: “No, solo hago esto por amor al dinero”. Por supuesto, nunca lo hago, no solo porque es mejor no decir las cosas a lo sabelotodo, sino porque sé lo que quieren decir. En realidad no es una pregunta inapropiada.
Nadie niega que una clase de predicación y algunos consejos pueden ayudar a cualquiera a mejorar. Lo que cuestionamos es la posibilidad de que a alguien que no tenga un talento ni capacidad natural se le pueda enseñar lo suficiente hasta llegar a ser realmente bueno. Seguir leyendo










