Ángel Bea
“Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.” (Luc. 1.20) (Publicado ya, hace más de dos años)
Una de las disciplinas más difíciles de llevar a cabo es la del silencio. Muchas veces tenemos una necesidad imperiosa de hablar y luego, lo que decimos no tiene la sustancia que debía corresponder a tal urgencia. Hablamos a destiempo, soltamos por nuestra boca “palabras ociosas” (Mat. 12.36) e inoportunas; adornamos nuestras conversaciones con el consabido y manido lenguaje “religioso-evangélico” y nos queda en nuestro interior el convencimiento íntimo de que somos muy “espirituales”. También solemos expresar incredulidad y negativismo a través de nuestro lenguaje y, muchos van más allá usando la crítica, la ironía y el sarcasmo en su relación con los demás. El análisis sobre el uso de la lengua cuando hablamos se haría infinito. Seguir leyendo




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