EL LLAMADO DE LEVÍ

Leví estaba sentado donde siempre: en el banco de los tributos. No era un lugar neutro. Era el espacio de su pasado, de su oficio, de su identidad social.  Como cobrador de impuestos, Leví cargaba con el desprecio de su pueblo, la sospecha constante de corrupción y el estigma de colaborar con el poder opresor romano.

Desde la perspectiva religiosa y social, era un hombre marcado, difícilmente redimible, alguien que no encajaba en los márgenes de la piedad aceptable. Y allí, precisamente allí, Jesús pasa. El texto es sobrio, pero profundamente radical. Jesús no le da un discurso, no le exige una confesión previa, no le impone condiciones. Solo  le dice una palabra: “Sígueme”. Sin embargo, esa palabra lo implica todo.

Seguir a Jesús significaba para Leví renunciar a una fuente segura de ingresos, abandonar una posición estable, dejar una vida construida, aunque moralmente cuestionada, para caminar hacia lo incierto. No era solo cambiar de ocupación; era romper con su pasado, con su reputación, con su seguridad.

El evangelio dice: “levantándose, le siguió” (Mr. 2:14). La sencillez de la frase no debe engañarnos. Levantarse implicó una ruptura real. El banco de los tributos no era un lugar al que uno podía regresar fácilmente después de abandonarlo. A diferencia de otros llamados, Leví no podía volver atrás sin un alto costo. Su respuesta fue total, inmediata y costosa.

Teológicamente, este llamado revela que la gracia de Jesús no se acomoda a nuestras seguridades, sino que las confronta. Jesús no llama a Leví para mejorar un poco su vida, sino para transformarla por completo. El discipulado comienza donde termina la autojustificación y donde se acepta que seguir a Cristo implica pérdida, renuncia y riesgo.

Este relato también nos confronta hoy. Vivimos en un tiempo donde muchos quieren a Jesús como acompañante, pero no como Señor; como salvador, pero no como aquel que redefine prioridades. Queremos el consuelo del evangelio, pero no el costo del seguimiento. Admiramos el llamado de Leví, pero nos cuesta imitar su respuesta. Nos cuesta dejar hábitos, comodidades, relaciones, planes o estilos de vida que sabemos que no armonizan con el reino de Dios.

El llamado de Leví nos recuerda que seguir a Jesús siempre implica dejar algo atrás. No porque Jesús disfrute de nuestra pérdida, sino porque no se puede caminar hacia el reino aferrados a lo que nos ata al viejo orden. Leví entendió que la voz que lo llamaba valía más que la mesa que lo sostenía. Hoy, la pregunta permanece abierta: ¿qué banco seguimos ocupando cuando Jesús nos dice “sígueme”? ¿Y qué estamos dispuestos o no a sacrificar para responder a su llamado?

#Dios #Jesús #Evangelio

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